Una recomendación cada viernes

‘Fingersmith’ de Sarah Waters

Al género gótico se le suele menospreciar por el mero hecho de haberse transformado con las décadas, tanto como para perder por momentos sus elementos constitutivos en favor de una mirada más ligera.

No obstante, durante los últimos años, la literatura gótica parece haber recuperado su núcleo estructural sin olvidar esa lenta evolución hacia una noción del miedo, la naturaleza humana y sus horrores mucho más real y poderosa. Una mirada hacia la oscuridad tan profunda como elocuente, tan compleja como sagaz.

Fingersmith (Doble identidad, en su título castellano) de Sarah Waters resume mejor que cualquier otra novela esa combinación de lustre antiguo con una novedosa perspectiva que dota al gótico moderno de una identidad propia. La mezcla de intriga gótica, locura y terror, con una inteligente dosis de una mórbida sexualidad, convierten a la historia de Waters no sólo en una mirada original sobre el denominado «neogótico» sino que, además, le brinda una doble lectura simbólica que transforma la historia en algo más de lo que aparenta.

Ambigua, extravagante y provocadora, por momentos confusa y, en sus puntos más altos, deslumbrante, Fingersmith analiza los mismos temas del gótico tradicional pero los conduce a una dimensión mucho más rica y dura. No hay nada sencillo en la mirada de Waters sobre el deseo, la lujuria, la soledad y lo femenino. Con una atmósfera sólida y adictiva, la novela avanza a través de los lugares comunes del género y los transforma en algo urgente y desconcertante, tan cercano al delirio que, por momentos, resulta dolorosa.

Waters logró encontrar un hilo conductor entre lo tenebroso y una vívida conciencia sobre el miedo y el dolor. Entre ambas cosas, Fingersmith encuentra su identidad y su poder de evocación.

Por supuesto, no se trata de una novela sencilla y mucho menos, condescendiente. Brutal, feroz y audaz, Waters avanza en la Londres decadente y venenosa de finales del siglo XIX para crear una atmósfera malsana en la que la pornografía, el abuso emocional y sexual, son parte del paisaje cotidiano. No obstante, se trata de una visión inquietante que la autora dota de especial belleza: el paisaje realista y brutal en el que sobreviven los personajes tiene un particular lustre. No se trata sólo de una batalla entre la tradicional visión del bien y el mal, la moral y el desencanto ético, sino de algo más cercano a un sinuoso laberinto emocional que la escritora utiliza como excusa para delinear a sus personajes. En medio de la narración, lo esencial del miedo, el horror, la frustración y la maldad, parece tomar una extraña fuerza para una perspectiva singular sobre los deseos y aspiraciones que nacen de la codicia y la falta de amor. El resultado es una extraña mezcla entre una historia sobre la desesperanza así como sobre las heridas abiertas de la violencia. Todo aderezado en un escenario opresivo y claustrofóbico.

No obstante, lo decadente en la obra de Waters no proviene únicamente del ambiente corrompido y marginal que rodea a sus personajes. Con un pulso firme e inteligente, la autora analiza las relaciones de poder entre ellos y las contempla desde una distancia helada y casi obscena. El crisol humano en la novela muestra la peor cara de la Londres Victoriana pero también, la desdicha que anima y sostiene su particular fauna callejera. Desde la matrona que adopta bebés abandonados para crear una pandilla de ladrones y asesinos pre-púberes hasta la forma como el crimen se analiza como única perspectiva de bienestar, Waters medita sobre el sufrimiento íntimo como una calamidad menor en medio de la debacle diaria. Cada uno de los rostros de la pobreza y la violencia que muestra en medio de la trepidante y rápida narración, parecen destinados a encarnar una visión sobre los matices del bien y el mal metafórico. Nada es por completo casual en medio de una historia tramposa, que utiliza los desvíos y el doble discurso como un recurso para demostrar lo retorcido del espíritu humano y sus espacios a la sombra. Waters no se conforma con mostrar la maldad: la construye desde un punto de vista realista y pendenciero que le brinda infinitas graduaciones. Una mirada analítica que se agradece y convierte la novela en algo mucho más complejo de lo que parece ser.

Pero por supuesto, Fingersmith también es una novela gótica y Waters utiliza cada recurso, figura y metáfora del género, para desarrollar su percepción sobre los horrores que esconde el espíritu humano y sus circunstancias. La mansión gótica en la que habita la doncella en desgracia se convierte en una mirada a la duplicidad, el erotismo y el dolor reconvertidos en un curiosa opereta sobre la condición humana. Lo que comienza siendo un cuento sobre infortunios, trampas y engaños, se convierte rápidamente en algo más perverso y tenebroso. Es entonces cuando el elemento gótico se hace mucho más denso, poderoso y emocional. La narración se abre en dos y de pronto destruye todo lo que narra en favor de un núcleo oscuro que supera con creces las primeras páginas de la novela. Con una habilidad que sorprende por su buen hacer, Waters encuentra un equilibrio pulcro entre los terrores ocultos bajo la superficie y la promesa del miedo convertido en un arma para subvertir el orden de todas las cosas.

Sin duda, el gran logro de Waters es combinar con enorme inteligencia tópicos que en manos menos expertas —o talentosas— podrían convertir la novela en una mezcla poco consistente de registros. Pero Fingersmith lo logra y supera escollos argumentales con una eficacia sorprendente: es una historia de suspenso pero también una de amor. Una especialmente apasionada, sexy y sorprendente además. Es un análisis sobre lo femenino, la sexualidad y la belleza pero también del horror. De los monstruos con rostros humano que llenan la galería de la imaginación. Como si eso no fuera suficiente, Waters se toma el atrevimiento de analizar la percepción de la belleza a través del erotismo y lo hace con un estilo desconcertante que resulta un híbrido casi imposible de describir entre lo provocador y lo conmovedor. Y qué moderna resulta esa mezcla de lenguaje refinado en medio de ideas contemporáneas sobre la lujuria, el sexo como forma de control y poder. Qué atemporal los escenarios repletos de farolas, carruajes, salones de piedra en medio de diatribas y discusiones sobre pechos atractivos, la lascivia como delicia oculta y la ambigüedad del amor en medio de la traición. El lenguaje se hace crudo, por momentos vulgar, para luego volver a una delicadeza obscena deliciosa.

Waters tiene una capacidad admirable para el detalle y es justo esa percepción suya sobre la importancia de lo pequeño y lo poderoso, lo que hace de Fingersmith una obra brillante y difícil de definir. Un largo trecho retorcido que cambia de ritmo y estructura a placer, que se hace satisfactoria y frustrante sin cambiar su durísimo punto de vista sobre la fragilidad y la ambivalencia del dolor humano. Lo perturbador que puede llegar a ser los subterfugios del odio, la lascivia y ¿por qué no? el amor. Y en ese páramo imposible, cruzado de referencias y momentos de dolorosa belleza, es que la novela encuentra sus mejores momentos. Una travesura críptica, elocuente y mordaz sobre lo que tememos, amamos y destruimos en busca de un significado que nunca llega a ser suficiente, ni tampoco tan poderoso, como para definir nuestra propia identidad.

A la novela se le ha llamado «tramposa » y también «descaradamente manipuladora » y quizá lo es. Pero esas argucias argumentales, el duelo entre lo que se sugiere y se muestra, lo que logra que se trate de una experiencia traviesa, abrumadora y por supuesto, inolvidable. Al final Fingersmith es un libro que se reta a sí mismo, que apuesta alto a sus propios dolores y defectos y logra triunfar.

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