Una sofisticada forma de violencia

‘Ichi The Killer’ (2001) de Takashi Miike

En ocasiones, nuestra cultura parece tener un sentido crítico muy limitado acerca de sus momentos bajos y complejos: por eso hablar sobre violencia siempre será complicado en cualquier género y bajo cualquier aspecto. Tal pareciera que hay una sensibilidad muy definida al momento de comprender un rasgo humano inevitable y peor aún, tan esencial de la conducta humana. Aún más si se trata de reflejarla bajo la visión de las artes y otras expresiones artísticas y de divulgación. ¿Qué ocurre con el mensaje que se envía? ¿Qué debe expresar o peor aún, mostrar un fresco sobre lo más primitivo de la conducta del hombre? ¿Necesita dejar claro un mensaje o puede mirarse simplemente como parte de una idea más amplia, como un análisis a esas expresiones infinitas de la mente humana? Nadie parece saber las respuestas a los anteriores cuestionamientos y aún así, la violencia continúa siendo una manera de comprender el mundo, una construcción de la memoria que sobrepasa cualquier prejuicio y temor.

Sin duda, ese es uno de los motivos por los cuales el director Takashi Miike —cuya trayectoria con más de cien películas a cuestas ha tocado todos los tópicos posibles— decidió crear, lo que se suele llamar, una épica a la ultraviolencia. No en vano el director parece obsesionado con la naturaleza del espíritu humano y sus infinitos matices. Desde sus pequeños experimentos de bajísimo presupuesto hasta su aclamada Audition (Odishon, 1999), Miike logró lo que pocos autores: construir un estilo que parece abarcar toda expresión cinematográfica, no importa el tema o la manera como lo aborde. Para sorpresa del mundo del cine, Miike hizo la transición entre el cine de bajo presupuesto del género fantástico a algo mucho más depurado. Una renovación del discurso visual del autor, que sin embargo, continuó insistiendo en su descarnada visión del argumento visual. Muy probablemente por ese motivo Ichi The Killer (2001) no sea sólo una película gore que intenta resumir lo mejor del género, sino además, un poderoso alegato visual que crea y construye su propio vehículo de expresión, una nueva manera de analizar la violencia, más allá de la visión moralista, de sus detractores y sus críticos. La violencia sólo por la violencia.

Además, el director —con esa visión sobre el mercado y la cultura pop que probablemente aprendió durante sus primeros años en el cine independiente— supo convertir a Ichi The Killer en un icono del cine gore incluso antes de su primera proyección en la gran pantalla. No sólo los rumores sobre sus durísimas imágenes y su propuesta transgresora se escucharon mucho antes de su estreno, sino que acompañó la campaña de promoción de la película con una serie de trucos de efecto que logró despertar un inusitado interés entre el público. Desde obsequiar bolsas para vomitar al público que asistía a las funciones donde se proyectaba en diversos festivales, hasta las noticias —nunca confirmadas— sobre desmayos y huidas de espectadores durante la proyección, debido a la crudeza de las escenas, el director logró crear una atmósfera alrededor de su obra que sorprendió al cinéfilo más incauto. No obstante, la película parece encontrarse a la altura de los rumores que produjo antes de su estreno: antes de los veinte minutos de proyección ya muestra al sorprendido espectador el motivo de tanta controversia con dos escenas difícilmente olvidables: Los créditos formados con semen que seguían con una paliza a una prostituta, y la tortura a Suzuki donde unos garfios para carne jugaban un importante papel.

Por supuesto, Ichi The Killer es realmente una película violenta, más allá de los trucos comerciales y la propuesta escénica de su director. Heredera de todo un género gore que parece reinventar y exagerar a niveles dramáticos, la película es una enorme deudora de un universo de personajes misteriosos, mezquinos, crueles y sanguinarios. Basado en el manga de Hideo Yamamoto homónimo, es una combinación de imágenes impactantes, donde la sangre, la crudeza y el despropósito parecen crear un atmósfera irrespirable, casi insoportable. Desde amputaciones, torturas de inimaginable crudeza y toda una sucesión de circunstancias que se entrecruzan para crear un discurso argumental descarnado y crudo, la película intenta provocar, asustar y desconcertar de todas las maneras posibles. Una agresiva puesta en escena hace el resto: Ichi The Killer se convirtió rápidamente en un clásico de lo obsceno, en una reinvención de lo fantástico y lo inverosímil en beneficio del terror y el discurso de la violencia.

Probablemente con toda intención, Miike presenta el mundo de los Yakuzas con una expresividad visual que sólo acentúa el ambiente terrorífico y malsano de la película. Policías corruptos, drogadictos, prostitutas, psicópatas y un minucioso fresco de la cultura del crimen asiático, construyen una sólida visión de un mundo de engaños —sangriento y ambiguo—, que el director transforma, con una asombrosa capacidad para construir escenas desconcertantes, en una espiral destructiva que obliga al espectador a cuestionarse sobre los límites y orígenes de la violencia, la crudeza y la deshumanización de la agresión. En el mundo de Miike nadie es inocente: cada personaje parece personificar un tipo de visión sobre la furia y la agresión que sobrepasa cualquier otra identidad humana. De manera que la violencia, se hace no sólo escenario de fondo sino una manera de comprender un tipo de realidad compleja, inquietante y perturbadora.

Así que Ichi the Killer no es sólo una película que celebra la violencia, sino que además, crea un discurso visual basado en esa visión intolerable de la crudeza del elemento sin cortapisas ni disimulo. Tal vez por ese motivo el crítico Tom Mes ha insistido que la película, más que un mero espectáculo sangriento, es una durísima reflexión sobre la relación entre el público y la violencia audiovisual. Sin duda lo es: nadie podría cuestionar la intención directa de Miike por escandalizar y cuestionar lo que se considera establecido y crear un poderoso alegato sobre lo que es la visión de la violencia y nuestra capacidad para comprenderla, sin querer entrar en discursos moralistas. Aunque sea una reflexión que duela, asombre y desconcierte, de manera metafórica y, lo más inquietante, también literal.