‘Verde agua’, de Marisa Madieri

Esta narración en forma de diario que desgrana recuerdos de infancia y juventud contados reflexivamente, al hilo de sucesos de la vida presente, es una verdadera joya.

La autora habla de una niñez truncada por la guerra, que la condujo a vivir lejos de sus padres y luego, con ellos, a un alojamiento para refugiados. Recuerda sus reacciones infantiles y adolescentes de dolor y de vergüenza. Describe comportamientos trágicos y cómicos de la gente que la rodeaba. Entre otras cosas señala con enorme fuerza la deuda contraída con su madre: «Las raíces de mi fuerza y de mi capacidad de no rendirme frente a las dificultades se hunden en su amor. […] Su amor total y definitivo por mi hermana y por mí es lo más puro y lo más incorruptible que la vida me ha dado». Y de cuando su madre empeña sus cosas para comprarle un conjunto con el que poder asistir a una fiesta de cumpleaños, un vestido «de orlón color verde Nilo», está tomado el título: «También verde agua se llamaba aquel color, que para mí es aún hoy el color del amor».

Con un estilo sobrio, lacónico y preciso, Marisa Madieri conmueve al lector por la elegancia con que, a la vez que desvela un duro pasado, le hace partícipe de sus propias dudas y temores, de sus amores y luchas. Esto queda resaltado por una escritura de categoría poco común, en la que un sabio uso de lo «no-dicho» y de la pausa, logra «momentos de indeleble y violenta intensidad, golpes de viento que hinchan la vela y quiebran el mástil», según analiza Claudio Magris en el posfacio. Además de su carácter evidente de libro testimonial de un exilio histórico, el de los italianos desplazados desde Yugoslavia, señala Magris que Verde agua es un gran ejemplo de libro que habla del «no-lugar de la mujer en la Historia» y, sin embargo, de su aceptación épica del destino de ser «portadoras del valor quizá más alto, la memoria, entendida no como nostalgia regresiva sino como salvación, como perenne y vivo presente de las personas, de los sentimientos, de las cosas, que simplemente son, más allá de los remolinos de sombra que los reabsorben continuamente en la muerte».

Aunque no sea su objetivo, pero quizá también por eso, Verde agua ofrece muchas observaciones de gran calado acerca de la educación de los hijos. Algunas se refieren al mismo papel educador de la narradora.

«Hoy no me encuentro en armonía conmigo misma y desearía poder alejarme de mí. Les he faltado a mis hijos; he hecho que se sintieran mal con un arranque de impaciente y agresiva estupidez. A veces el viento de la gracia sopla tan lejos de nosotros que nos volvemos malos y torpes incluso con las personas que más queremos.
No he escondido mi mortificación y ya me han perdonado. Los hijos, con frecuencia, saben ser más comprensivos y maduros que sus padres.
Algunas veces me siento incómoda en el papel de madre; me siento inepta, me parece que educo de forma descuidada, que hablo poco, que dejo escapar en vano estos preciosos años y días de convivencia con mis hijos, ya tan mayores. Los miro y los encuentro amables y guapos y pienso en el vacío que dejarán en mi casa cuando se vayan. Los miro y me parecen aún indefensos y quisiera poder asumir la carga de dolor que la vida les reserva, a ellos como a todos. De algún modo, me siento responsable de su felicidad y me pregunto si han recibido las armas y los instrumentos necesarios para hacer elecciones conscientes, para ser aguerridos en las pruebas, fuertes en las desilusiones, generosos en el éxito, para amar y vivir en el significado».

Otras observaciones en Verde agua se refieren a los adultos que trataron a la niña que fue la narradora, como en una ocasión en que fue acusada por una profesora de haber cogido tinta de un tintero que no era el suyo.

«Rompí a llorar ante aquella acusación injusta y acudí corriendo al jardín en busca de sor Giovanna para contarle lo ocurrido. Pero no pude hablar a causa de los sollozos que de tan convulsivos casi me ahogan. Como si el dolor del mundo entero me hubiese caído de golpe sobre los hombros, todas las lágrimas, acumuladas durante largo tiempo en el fondo de mi corazón en pequeños y duros cristales, se habían disuelto de golpe, formando un río impetuoso que me arrastraba.
Lloré la muerte de mis abuelos, el encarcelamiento de mi padre, la lejanía de mamá, el exilio y la soledad, la falta de besos, los agujeros en los zapatos, lloré el esfuerzo de crecer y la pena de existir.
Sor Giovanna estaba preocupada. Cuando logré explicarle lo que sentía, me consoló y me aseguró que se trataba de un malentendido y que nadie dudaba de mi honestidad. No comprendió las raíces de mi desesperación.
Aquella noche me fui a la cama con fiebre. A mi pesar, al día siguiente, la monja anciana, probablemente reprendida por la Madre Superiora, vino a pedirme perdón».

Marisa Madieri. Verde agua (Verde acqua, 1987). Barcelona: Minúscula, 2002, 4.ª impr.; 207 pp.; col. Tour de force; trad. de Valeria Bergalli; posfacio de Claudio Magris; ISBN: 84–95587–02–5.