‘Yo no’, de Joachim Fest

Joachim Fest, una importante figura de la vida cultural alemana —llegó a ser editor del Frankfurter Allgemeine Zeitung, escribió varios libros de historia sobre la época nazi—, publicó sus memorias de infancia y juventud pocos meses antes de su muerte y, por evidentes motivos, las tituló Yo no.

Al comienzo explica que no pretende, con ellas, «hacer una historia de la época de Hitler, sino plasmar su reflejo en un entorno familiar». Recuerda su infancia y juventud, su estancia en dos colegios, el crecimiento de su vida intelectual y de sus aficiones artísticas, su reclutamiento para el ejército, su internamiento en campos de prisioneros francés y norteamericano al terminar la guerra, y los reencuentros con su familia e inicios de una nueva etapa en los años inmediatamente posteriores. 
 
El personaje central de su relato es su padre, un católico de gran integridad moral. Debido a su manifiesta oposición al régimen nazi se le prohibió ejercer como profesor y director de un centro de enseñanza, y perdió su posición social y su bienestar económico. Siempre se negó a escuchar a quienes le aconsejaban que cediera un poco, incluida su mujer, y procuró ayudar a sus amigos judíos en lo que estuvo a su alcance. 
 
El autor explica que su padre «concebía la vida como una sucesión de obligaciones que había que cumplir sin aspavientos, con fuertes convicciones y del mejor humor posible» y que «su única compensación la encontró en el convencimiento de encontrarse en el lado correcto». Una vez que su madre le dijo que incorporarse a un partido no cambiaba nada pues, «al final, seguimos siendo los que somos», su padre le contestó: «¡Pues sucede que no! ¡Todo cambiaría!»; otra vez que su madre comentó que «la mentira había sido siempre el medio que tenía la gente humilde para enfrentarse a los poderosos», su padre le replicó: «Nosotros no somos gente humilde. ¡No en esas cuestiones!». 
 
Un día su padre estableció dos turnos para cenar: el primero para sus hijos pequeños y el segundo para los padres y los hijos adolescentes. El motivo era que quería poder decir en su casa y ante sus hijos lo que pensaba: «Un Estado que convierte todo en una mentira no debe entrar en nuestra casa. Al menos en el seno de mi familia no quiero estar sometido a la tan extendida costumbre de mentir». En realidad, añade Fest, «solo quería mantenernos a nosotros al margen de la hipocresía establecida por decreto». Y cuenta que una vez les dio un papel a cada uno y «nos dictó: “Etiam si omnes, ego non!”. Era de Mateo, nos explicó, de la “escena del monte de los Olivos”». Una sentencia que «formaba parte de toda vida verdaderamente libre: “¡Aunque todos participen, yo no!”».

Otro punto de interés del libro está en los comentarios de Fest en relación a cómo fue posible la complicidad de tantos en las barbaridades del régimen nazi. Hace notar que, en aquella situación, «cada cual buscaba una justificación para hacer la vista gorda ante los delitos que había por todas partes». Explica que «una creciente indiferencia empezó a extenderse incluso entre los que se oponían claramente a Hitler. En buena parte podía atribuirse al vocabulario minimizador que empleaba el régimen. Mi padre había sido “dado de baja”, como decían; otros habían sido jubilados “provisionalmente”; a las detenciones las llamaban “arrestos de seguridad”, ¿qué es lo que había de horrible en todo esto?». Señala que también «surgieron enemistades que, aunque generalmente tenían un fundamento ideológico, no reflejaban más que la envidia, la maldad o la bajeza natural». Su padre les hacía notar que «con nuestro silencio encubrimos los campos de concentración» y lamentaba tener que mantenerse al margen —pues su principal preocupación era que su familia y algunos amigos estuvieran a salvo y apartados de la infección totalitaria— pero, decía, «sé que en las circunstancias actuales no hay tierra de nadie entre el bien y el mal. El aire está envenenado. ¡Nos infecta a todos!». 
 
El Yo no del título es, también, una forma del autor de responder a las justificaciones o excusas que muchos dieron en los años de la posguerra. En relación a eso, en uno de los párrafos polémicos del libro, habla de los que, «en medio de sus lamentos, parecían dispuestos a calumniar a quienes no hicieran como ellos y se dieran continuamente golpes en su pecho pecador. Cuando Günter Grass o alguno de los innumerables autoacusadores manifestaban su sentimiento de vergüenza, en modo alguno querían llamar la atención sobre su propia culpabilidad, más bien sobre los muchos motivos de todos los demás para avergonzarse. No obstante, según ellos, para su escándalo y el de todos los demás, la gran masa no estaba preparada para esto. Ellos se sentían ya libres de cualquier reproche gracias al reconocimiento de su vergüenza». En cambio, dice Fest, «nosotros gozábamos del dudoso privilegio de seguir siendo los mismos que éramos, y, por segunda vez, eso nos situaba fuera de la fila».

Un aspecto más en el que conviene fijarse es el de la formación de Fest. 
 
En primer lugar como lector. Habla de la biblioteca de su casa, cuenta que «mi padre amaba los libros», y rememora la importancia que, durante su niñez, tenían «las lecturas y las “historias contadas”, como decíamos nosotros», que «pasaron muy pronto a ser lo mejor de cada noche». Indica cuáles fueron sus lecturas infantiles y juveniles: «ya antes de ir al colegio nos habían leído el Struwwelpeter y sabíamos recitar de memoria sus versos moralmente intimidatorios»; más tarde llegó Wilhelm Busch con relatos como, sobre todos, Max y Moritz, que le producían una satisfacción literaria con la que no podían equipararse «ni el Dr. Dolittle, ni las leyendas germánicas ni La cabaña del tío Tom». Tom Sawyer y Huckleberry Finn, de Mark Twain, fueron «las otras dos grandes vivencias literarias de esos años»; tiempo después, «con trece o catorce años, leí Moby Dick, la historia de la ballena blanca». Su padre les daba, a él y a sus hermanos, «una propina de un marco por cada diez poemas que recitáramos sin cometer error alguno»… 
 
En segundo lugar como alumno en dos colegios distintos: el primero, externo, en Berlín; el segundo, interno en un colegio católico al que tuvo que trasladarse por la presión del régimen sobre su familia. Señala que allí encontraron, él y su hermano, una «mayor franqueza por parte de los profesores a la hora de expresar opiniones políticas. Esto no había que atribuirlo solamente a la tradicional liberalidad de Baden, sino también al catolicismo consciente de ese Land, que constituía un respaldo para todos». Por ejemplo, «durante la clase de religión, y en relación con las pastorales del obispo Van Galen, se habló sin rodeos sobre los “asesinatos de la eutanasia”». Apunta cómo, en una conversación con un amigo, se dio cuenta de que «lo que la fe me proporcionaba en el fondo era el sentimiento de tener una especie de segunda casa que proporciona seguridad y que hace frente a todo». Con todo, en aquel colegio no encontró sustituto para su padre «a la hora de orientarme en la diversidad del pensamiento, ya se tratase de preguntas simples o rebuscadas, y fue entonces cuando fui consciente de esa carencia». En otro momento recuerda que su padre le dijo un día «que él solía dividir a las personas en los que preguntan y los que responden. Los nazis, por ejemplo, eran gente que siempre tenía una respuesta. Yo debía procurar estar siempre entre los que preguntan». 
 
En tercer lugar, las lecciones de valor civil que aprendió de su padre. Así, recuerda lo que su padre «decía ante cualquier decisión arbitraria tomada por gente que no era nada y que de repente se había crecido: “Soporta a los clowns”. Muy pronto se convirtió en una máxima familiar que para nosotros adquirió un significado muy expresivo. En cualquier caso, y de acuerdo con su afición a utilizar máximas como guías para la vida, nos recomendó la expresión como axioma para los años siguientes y, a ser posible, para toda nuestra vida. Una vez le oí terminar un relato sobre la época nazi con las siguientes palabras: «En circunstancias como esas, a veces hay que encoger el cuello. ¡Pero sin agachar la cabeza!». 

También su hermano Winfried, decía que su padre les había «inculcado en nuestros años jóvenes una especie de orgullo por la discrepancia, algo que ninguno de estos “don nadies engrandecidos” vislumbraba, y que tampoco ninguno de ellos había llegado a conocer. Cada vez que alguien me preguntaba por los principios que me guiaban, yo decía que tenía que referirme a mi criterio escéptico y a mi aversión contra el espíritu de la época y sus simpatizantes. Nunca me había parecido cuestionable el “Ego non!” de aquel día inolvidable en que mi padre instituyó los dos turnos para cenar». 
 
Así que, dice Fest, es cierto que «me educaron según los principios de un orden caduco. Ese orden me ha legado sus reglas y sus tradiciones y hasta su canon de poesía. Y todo eso me ha hecho apartarme un poco de mi tiempo, pero, a la vez, este orden me ha proporcionado una parcela de tierra firme que, en los años siguientes, me aportó cierta fuerza moral».


Joachim Fest. Yo no (Ich nicht, 2006). Madrid: Taurus, 2017; 296 pp.; col. Historia; trad. de Belén Bas Álvarez; ISBN: 978–8430618491.