Crecer en La Habana

Por Dazra Novak
La Habana es tan, pero tan pequeña cuando nos abre los ojos por primera vez. Es apenas una calle, un grupo de vecinos y conocidos que visitan la familia y se asombran de la manera firme en que sostenemos la cabeza. Vamos creciendo tan rápido que nos bastamos a nosotros mismos para apoyarnos en los brazos, alzar el tronco, avanzar. Poco tiempo después, ya andamos correteando con los amigos en algún parque cercano, alguna esquina, por el medio de la calle si tenemos la suerte de que no sea la nuestra una avenida principal.
Poco importa si hemos nacido en La Lisa, Pogolotti, el Cerro, Puentes Grandes, Cojímar, Miramar, La Habana del Este, Cotorro, Guanabacoa… La Habana, al principio, es apenas un puñado de calles que se van sembrando en nuestras vidas con una sola y misma banda sonora: el silbato del mensajero del pan; los pregones que venden flores, viandas y vegetales; los toques de tambor, la música a esa hora de la telenovela en que todos los vecinos se recogen en sus casas.
El día en que ya vamos, derechitos y solos, a buscar algún mandado a la bodega o a la panadería, eso significa que hemos crecido unos centímetros.
Y de repente lucimos un poco más altos al subir el pie en una ruta de guagua
— o varias — , como claro anuncio de que hemos dado el estirón, aunque no el definitivo. Mamá confía en nosotros y así vemos estirarse también a la ciudad con sus calles del Vedado pasando velozmente por las ventanillas. Un tilín más frescas, con más tráfico y vida cultural.
Con esa frente en alto de quien ya está bastante crecidito, entramos al cine 23 y 12, al Chaplin o al Yara. Al salir, el helado que nos tomamos solos esta
vez — quiero decir, con los amigos — en Coppelia, sabe mucho mejor.
Pagamos con el dinero exacto y, luego, recorremos incansablemente la Avenida G hacia abajo y hacia arriba hasta la hora que nos dure el permiso (de nuestros padres). No importa, aunque no nos permitan entrar todavía a ciertos lugares sabemos que, dentro de nosotros, ya somos grandes. Tan grandes como la ciudad.
Allí escuchamos todo tipo de historias, vamos comprendiendo que La Habana es más grande de lo que creíamos. Puesto que cada barrio es distinto del otro, todos no hemos vivido lo mismo. En algunos, como los de Centro Habana, la urbe ha crecido más hacia arriba, en barbacoas y serpentinas de pasillos con muchas puertas. Las calles y las aceras son más estrechas. Los sonidos, rebotan más. Hay edificios muy cansados en la parte más vieja, y balcones con rejas desde donde cuelga lo mismo una tendedera de ropas que una planta nacida por azar.
Entonces comprendemos por qué la gente de cada barrio capitalino es distinta y es igual. Allí donde algunos viven puertas adentro con puntales altos, o de más reciente construcción, otros lo hacen puertas afuera desde sus pequeñitos cuartos de solar, de casas divididas para que quepan más familias. Y, sin embargo, todos entendemos lo que significa montar una mesa de dominó, los carnavales de agosto, la fiesta del CDR, la carne de puerco para celebrar cada 31 de diciembre.
Hay tantas Habanas como gente reunida en ese pedazo de calle que llaman “de los frikis” y que, un buen día, comenzamos a extrañar. Justo cuando ya no tuvimos que convencer al custodio, porque en el carnet de identidad lo dice bien clarito. Ahora entramos a los cabarets donde se cantaba el filin de los años´50, al Café Cantante del Teatro Nacional, o a la Fábrica de Arte Cubano. Pero la ciudad, donde nos vuelve realmente grandes, es cuando empatamos la noche con el día siguiente sobre el muro del malecón.
Es ese el sitio por excelencia donde La Habana comienza a ser una sola. Es el lugar donde se desaguan los deseos y los encuentros. Donde algunas parejas se besan largamente, la gente canta, o piensa, o desea, o se lamenta. Donde todos recalan en algún punto de sus vidas, da igual si son grandes o chiquitos todavía, el muro no hace distinción entre edades o barrios. Allí el día y la noche, juntos, duran más de veinticuatro horas porque el tiempo se
detiene, o pongamos que no existe.
No obstante, pasa que un día nos preguntamos: ¿En qué momento crecimos tanto como para hacer nuestras las viejas plazas, las calles adoquinadas a la que dieron nombre los oficios y los usos? ?¿Cómo nos demoramos tanto para aprender que por estas mismas calles donde hoy paseamos y nos venden algodones de azúcar y rositas de maíz, antes se paseaban los carruajes y había fango, y esclavos con grilletes, y al caer la noche las calles quedaban casi sumidas en una oscuridad terrible, porque alumbraban muy poco las velas de sebo, las farolas de gas?
Cómo sentirnos mayores si pareciera que fue ayer mismo cuando nos decían las gentes: ¡Mira qué grande! ¡Cómo ha crecido!, mientras el barrio se nos iba quedando chiquito. Cómo creernos que la conocemos toda si más allá del Capitolio y la calle Obispo hay todavía tantos barrios, tanta gente por descubrir.
Al final ella ha escoltado nuestro avance para eso mismo, para demostrarnos que aquí el tiempo parece que no, pero sí pasa. Y en un abrir y cerrar de ojos hemos crecido tanto, que La Habana cumple ya quinientos años.











