Oda a la Lenin

Ilustración: Mayo Bous

Quisiera el adulto nostálgico volver sobre sus recuerdos y revivir sus épocas de gloria y placer. Tiene la Lenin sobre sus estudiantes y profesores ese efecto mágico que enamora y compromete, quizá ridículo para los no iniciados en esta cofradía juvenil.

No importa si se graduaron, si permanecieron un año o un mes: el argumento temporal resulta irrelevante. Porque si se tuvo la oportunidad de vivir allí, aunque haya sido un período corto, se saldrá prendado como amante imberbe ante la mujer maravillosa que te desflora para convertirte en un ser humano distinto, casi siempre mejor.

El Instituto Vocacional de Ciencias Exactas Vladimir Ilich Lenin cumple hoy cuarenta y cuatro años. Se escribe fácil y se dice más rápido todavía, pero sería injusto si pensamos en los miles de estudiantes que han pasado por sus aulas y albergues como meros datos de informe.

A la Lenin hay que evocarla en las sensaciones nuevas del primer día al recorrer, pasillo tras pasillo, sus edificios cómplices. En los amores furtivos y profundos, esos que nos estremecen el pecho y nos sonrojan el rostro si los recordamos. En las lágrimas de muchos ante la impotencia por no entender lo suficiente una materia que disminuyó — seamos sinceros y reconozcámoslo ahora — la calificación académica y también el orgullo personal. En las guardias “infames” los fines de semana; en los pases “quitados” por la acumulación de reportes; en las recreaciones caóticas, lo más parecido al significado de “fiesta”, incluso después de las experimentadas en mis años especiales de universidad.

En esos espacios recreativos de la Lenin aprendí a bailar casino y a corear a Silvio Rodríguez con cualquier guitarra tránsfuga. En la Lenin fumé por primera vez y en sus noches escribí mis primeros intentos de literatura.

La Escuela ha mostrado invariablemente cierta inspiración elitista. Es inútil negarlo. Desde las vías para acceder, hasta la división social y académica de sus grupos, todo apuntaba hacia la excelencia y exclusividad; pero también ha tenido vocación vanguardista. Ha querido –y en mi criterio ha logrado en general–, formar al estudiante más integral de preuniversitario. Este que conoce, con detalle superior a la media, las ciencias naturales y exactas, y a su vez, ha leído una buena cantidad de clásicos de la literatura o de la música tradicional y contemporánea. Por lo menos era así en los tiempos en que estudié.

Por ser la escuela vanguardista que nos abrigó la veneramos. Por desarrollar las habilidades potenciales de sus estudiantes, por hacernos crecer desde el estudio, el trabajo y la responsabilidad hacia nosotros mismos.

Es en la calidad humana e intelectual de sus mejores estudiantes donde reside la magia de la escuela Lenin. A más de una década de abandonada por mis compañeros de estudio, la Vocacional sigue graduando muchachos inquietos: muchachos que llegan a la universidad con ganas de “comerse el mundo”.

Tanto tiempo después, y con una importantísima parte de sus egresados residiendo fuera del país, se celebran fiestas donde se reúne gente con diferencias antípodas en muchos aspectos de la vida: ideológicas, sexuales, geográficas, pero unidas por el monograma circular rojísimo con un átomo en el centro, ostentado en la manga de la camisa, o de la blusa, durante el preuniversitario.

Aún me encuentro en las calles, guaguas, y cada vez más frecuentemente en Internet, a personas de mi año, a la cuales saludo sin otra cosa en común que reconocernos de aquel lugar. La Escuela ha quedado grabada en la memoria colectiva de sus estudiantes como una gran secta de amistad, una religión de la que pocos han renegado. Una manifestación hermosa de la memoria agradecida hacia el pasado.

En estos días no puedo entrar a recorrer la escuela como quisiera. Razones burocráticas me frenan. La Lenin se cae a pedazos y hay quienes justifican la desidia con argumentos increíbles. Duele mucho pero no importa, porque tengo tanto recuerdo acumulado, tanto amigo disperso por ahí, tanta canción evocadora de inocencia, que ninguna barrera puede evitar que cuando llega el Día del Egresado yo me sienta como la primera vez, estudiante leninista de nuevo y eternamente.

Somos Jóvenes

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Darío Alejandro Escobar

Written by

Periodista. Redactor de El Caimán Barbudo.

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