Parir en Pinar del Río (crónica embarazosa)

Foto: Elena Fernández. Tomada de Radio Guamá

Por Jesús Arencibia Lorenzo

Suponga que es medianoche y a su esposa embarazada le comienzan fuertes contracciones y dolores. La deben trasladar rápidamente de una sala médica regular de gestantes a otra de Cuidados Especiales (Intensivos) dentro del propio centro hospitalario.

Suponga que al llegar a esta última se encuentra con un pequeño obstáculo: no hay camas disponibles. En el cubículo que le toca a su compañera, destinado a la Fase Latente del Parto, existen solo cinco camas y nueve mujeres necesitadas; de tal forma que cuatro de ellas solo alcanzan butacas medio acolchonadas.

Usted pregunta, pero el equipo de Enfermería que la atiende le dice que no, que efectivamente no tienen más camas. Indaga por la Jefa Médica de la sala esa noche. Lo conducen hasta ella y se produce más o menos el siguiente diálogo:

— ¿Cómo es posible que no haya cama para mi esposa?

— No tenemos.

— ¿Y en otro cubículo de la sala?

— Están llenos, incluso con camillas en función de camas.

— ¿Y en el resto del hospital?

— Hay, pero es aquí donde están los equipos tecnológicos para darle atención en esta fase, así que debe estar aquí.

— ¿En una butaca?

— Bueno, tal vez rotándose con las otras para que descanse…

Y usted, al tiempo que se va cargando y crispando, afirma que es incorrecto, no debe ser, no está bien, es inconcebible, al menos en Cuba. Y la experimentada doctora, en medio de los afanes rigurosos de la guardia, le dice que lo entiende, que está de acuerdo, que lo comprende, pero qué se va hacer.

Veinte minutos más tarde, usted pregunta por el administrativo de guardia de la Dirección del hospital. Y vuelve a sostener un diálogo más o menos similar al que tuvo con la jefa de Sala, lo que esta vez con más detalles.

La administrativa, una amable enfermera, le habla de números de embarazadas y atenciones que sobrepasan los recursos de la entidad hospitalaria y usted sigue investigando si esto lo saben las autoridades de la provincia, y las del Programa Materno-Infantil (PAMI) a ese nivel y le responde que sí, que todo el mundo lo sabe.

— ¿Y qué hacen, qué hacemos?

Y sobreviene el silencio.

Y usted se rompe la cabeza, pensando. Penando.

Por supuesto, no encuentra explicación lógica, pero su esposa — que además padece de la columna, hipertensión crónica y fibromialgia, y ha sufrido tres ingresos durante la gestación — amanece sobre una butaca. Mientras, en la sala, diligentes y laboriosas, doctoras y enfermeras no han pegado un ojo atendiendo a cada paciente hasta que llega el relevo de la guardia.

¿Ya se imaginó todo? Pues yo no tuve que imaginármelo: lo viví junto a mi familia el pasado agosto, durante un ingreso extendido por 45 días, desde el 3 de ese mes hasta el 17 de septiembre. Y no fuimos los únicos. Antes y después de nuestra larga estancia he sabido de otras familias que han pasado y aún pasan por situaciones similares. Incluso peores.

Casi la totalidad de la maternidad de Pinar del Río, desde la punta de Mantua hasta Los Palacios, se concentra en el bloque materno del Hospital Abel Santamaría, que es, según supimos tras la visita del Presidente cubano a la provincia, el hospital más grande — en cuanto a camas de ingreso — que hoy tiene la nación.

En Sandino, me aclara un amigo médico, hay servicio de Ginecología pero no de Neonatología; entonces, ante cualquier mínima alarma médica del recién nacido, han de correr infante, mamá y familia para la cabecera provincial.

Prácticamente la totalidad de la maternidad de Pinar del Río, desde la punta de Mantua hasta Los Palacios, desborda ese bloque materno. Y hay salas de Medicina General (como la S, la T, la A) que han debido variar su función y reconvertirse como espacios de gestantes para poder dar abasto, incluso adaptando como cubículos de enfermos sitios de la sala que antes eran destinados a la estancia de estudiantes y galenos.

Pero hay más: los ginecólogos tampoco alcanzan, y a veces uno de ellos debe pasar visita en la mañana a tres salas, cada una con aproximadamente 30 pacientes. Por lo cual, como puede inferirse, aunque el especialista ponga su mayor empeño — como es el caso — , termina haciendo literalmente lo que en el argot popular y jocoso se llama “visita de médico” (con la que, dicho sea de paso, no llega a ahondar y familiarizarse con muchos de los casos que debe valorar).

Y como el problema resulta un encadenamiento de factores, el salón de partos y el de cesáreas, y los correspondientes de recuperación de ambos, también se desbordan. De tal suerte que a veces hay recién paridas o cesareadas que deben solidariamente acomodarse dos por cama, y esperar horas y más horas en esas condiciones; así como otras, cuya cesárea fue anunciada para la mañana y están preparadas para eso todo el día hasta que a las 4:00 o las 5:00 p.m… les realicen la intervención.

Hablando de intervención: en mi larga estancia y en los meses siguientes, hasta hoy, comprobé — varios casos mediante — que ese es un tema al rojo vivo en el centro. De unos tiempos en los que tal vez se “derrochaban” cesáreas, quizá sin toda la justificación médica para ello, se ha pasado a otros en los que, siguiendo férreos protocolos, prácticamente debe demostrarse que la gestante lleva una bomba atómica en el vientre para aplicar el bisturí.

Y que los especialistas tienen que fundamentar, pedir autorización, aunar firmas de superiores, para poder “cortar por lo sano” cuando se requiere cortar. Y a veces, tristemente, la acción no llega cuando se necesita.

Cualquier persona mediamente informada conoce los riesgos que una operación implica; y sabe que lo mejor, siempre, es lo natural, para lo que venimos preparados biológicamente. Pero si la ciencia halló hace décadas el método para abrir una ventana segura a la vida cuando la puerta originaria, por los motivos que fueren, permanece cerrada o defectuosa, no parece cuerdo dudar en la opción. Una vacilación, una demora, un pestañeo a destiempo han terminado muy mal.

Ante este amplio y complejo cuadro de circunstancias embarazosas, uno, que no por gusto tiene memoria, se pregunta qué se hicieron los dos hospitales de Maternidad que tenía Pinar del Río antes de que se ultraconcentrara este proceso de los paritorios en el bloque del Abel Santamaría.

Uno, terco para recordar, se cuestiona qué fue de esos salones quirúrgicos, que según evocan galenos experimentados eran de lo mejor que tenía Vueltabajo en atención médica. ¿Y las maternidades en algunos municipios, para atender aunque fuese los casos de menor complejidad? Y en cuanto a las cesáreas, ¿será que estamos haciendo gala de aquella frase atribuida al Generalísimo Gómez de no llegar o pasarnos?

Seguramente, cuando se decidió cerrar las instituciones de marras, u otorgarles otras funciones — como hogares maternos incluso — , se hizo con las mejores intenciones y esperando loables resultados. Pero a la vuelta de los años, al parecer, una vez más, las megaconcentraciones han demostrado su ineficacia.

Seguramente cuando se tomó la decisión — valoraciones científicas 
mediante — de “protocolizar” al extremo el uso de la intervención quirúrgica, se consensuó, de igual forma, en aras de lo mejor, lo más humano, que es en definitiva lo que ha guiado a nuestro sistema de salud. Ahora de poco vale buscar culpables de aquel o el otro método fallido, de aquel o el otro plan ilusorio…

En un país cuya natalidad ha descendido, con la población de adultos mayores creciendo; en una Isla que está reclamando enérgicamente a las parejas que se dispongan a concebir, el panorama pinareño no parece el más estimulante para planear los alumbramientos. ¿Acaso la concepción familiar podrá, en dichas condiciones, alcanzar el súmmum de amor y felicidad que debe ser?