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FUERZA MÉXICO. VIVA MÉXICO. CHINGÓN MÉXICO

Mientras en el Caribe se sucedían huracanes de gran poder destructivo. En cuestión de tres semanas, la alarma antisísmica sonó en toda la Ciudad de México hasta en tres ocasiones. 32 años después, la población capitalina daba una nueva lección de lo que unidos son capaces de hacer.

El suelo no debiera moverse. Tampoco agrietarse. Las paredes no tendrían por qué crujir. Ningún techo correr la suerte de desplomarse. Ninguna persona debería presenciar su casa en ruinas. Nadie debería quedar atrapado por días o morir sepultado por escombros.


En 1985, un devastador terremoto asoló la Ciudad de México. 32 años después, ese mismo día, la superficie de la megacapital — también la de otros Estados vecinos — volvía a estremecerse. Apenas unas semanas antes, el suelo osciló debido a la fuerza de otro temblor, cuyo epicentro se localizaba frente a las cosas de Chiapas y Oaxaca. No muy lejos, en el Caribe, numerosas islas quedaban igualmente asoladas.

Bien es cierto que septiembre tradicionalmente hace de anfitrión para la temporada de huracanes. Es igualmente verdad que la República Mexicana se encuentra ubicada entre cinco placas tectónicas. Pero es innegable que hacía mucho que la todopoderosa fuerza de la Naturaleza no se manifestaba así.

Cuando mi suelo se volvió a agitar, sentí que algo muy superior, al casi siempre insolente, ser humano nos estaba avisando o regañando o haciendo ver que nuestro comportamiento no puede seguir así. Un amigo mexicano me dijo que el planeta estaba vivo. Vivo a pesar de todos los intentos por terminar con él. Quizá el suelo se estremeció una vez más para no dejarse morir.

Los desastres naturales se multiplican en todas partes y cada vez se muestran con más violencia. Yo me atrevo a decir que no es casualidad. Lo verde y lo sostenible no puede quedarse en mera estrategia para vender más. Llevar una vida verde y sostenible es una necesidad si queremos seguir respirando por muchas generaciones.

Dicho esto, el pueblo mexicano, después de la tragedia, ha vuelto a dar toda una lección de solidaridad y civismo. Solo falta desear que sus autoridades estén, algún día, a la altura de su ciudadanía. Ya en el 85, el periodista José Comas, para EL PAÍS, se refirió al “orden civil frente al desorden oficial”. No ha cambiado mucho desde entonces.

Hubo zonas de la Ciudad de México donde apenas se reportaron incidentes. Lugares donde sí hubo daños y la ayuda arribó de inmediato. Y áreas donde la catástrofe dejó derrumbes, heridos, víctimas y desaparecidos y donde no han llegado ni ayuda ni periodistas.

Otra amiga mexicana puso, muy acertadamente, en una red social que no por ir a ayudar a las Colonias Roma o Condesa — epicentros del modernerío capitalino — uno o una se iba a convertir en hípster. Y es que pareciera que hasta la solidaridad estuviese sujeta a los vaivenes de las modas mal entendidas.

Cuando las imágenes de los derrumbes dejen de ocupar los principales titulares de los noticieros, se abrirá paso la fase de reconstrucción. Sin duda, una fase más discreta, pero igual de importante y comprometida. Una reconstrucción honesta y ordenada permitirá ir recuperando cierta normalidad y sentará las bases para levantar unas edificaciones más seguras. Cuando los focos de la actualidad se dirijan hacia la siguiente noticia, miles de familias damnificadas seguirán necesitando la misma solidaridad que nos llenó de orgullo momentos después de los temblores.

No, no será fácil, pero si se consiguió una vez, la siguiente deberá estar a nuestro alcance.

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