Sergio Marín
Jan 25, 2018 · 8 min read

Cuenta el relato del Génesis cómo Dios, tras haber comprobado cómo Adán y Eva -haciendo caso omiso de su consejo- comían del árbol del conocimiento del bien y del mal, decide expulsar a ambos del Jardín del Edén y evitar así que el hombre “extienda su mano, tome también del árbol de la vida, coma y viva para siempre” (Gn, 3:22). Al margen de lo enigmático del pasaje, siempre me ha llamado la atención la cercanía en el texto de estos dos conceptos: conocimiento y vida. Parecería como si un mayor conocimiento, de lo bueno y de lo malo, fuera la antesala de un estadio de vida más pleno, más feliz.

Esta relación entre conocimiento y vida la encontramos repetida en múltiples
ocasiones a lo largo de la historia. Platón pone en boca de Sócrates la pregunta “¿podríamos saber qué arte le hace a uno mejor si no sabemos en realidad lo que somos?” (Alcibíades I, 128e). Michel de Montaigne, al escribir los Ensayos, asume implícitamente la tarea de ocuparse de sí mismo: “El que hubiera de realizar su deber, vería que su primer cuidado es conocer lo que realmente se es y lo que mejor se acomoda a cada uno”.

En todos ellos, el conocimiento, en concreto el conocimiento propio, aparece como la principal tarea que el hombre tiene delante de sí antes de dedicarse a cualquier otra ocupación y, en sentido estricto, como la tarea que el hombre ineludiblemente ha de llevar a cabo para alcanzar una vida buena.

Conocerte: la mejor inversión que puedes hacer

El pasado diciembre Ryan Stelzer, co-fundador de Strategy of Mind, publicó un artículo titulado “How to know your role at work” en el que ponía de relieve la importancia de conocer la función que cada uno desempeña dentro de una organización: conocer nuestro cometido nos permite trabajar con mayor eficacia, centrándonos exclusivamente en aquello que nos corresponde, y nos ahorra todo tipo de tensiones y malentendidos propios de ambientes de trabajo en los que las responsabilidades y competencias de cada uno no están bien definidas.

Creo, sin embargo, que este proceso de role characterizing -tan necesario para lograr mejores dinámicas de trabajo en equipos y organizaciones- puede ser completado por cada uno de nosotros de manera personal. ¿Cómo? Identificando, más allá de nuestro desempeño profesional, quiénes somos realmente: cómo es nuestro carácter, qué gustos y aficiones tenemos, cómo nos gusta descansar, qué nos alegra o entristece, etc. Preguntarnos a nosotros mismos cómo somos constituye la mejor manera de comenzar a plantearse, a su vez, preguntas como qué tipo de trabajo nos gustaría realizar o dónde nos gustaría estar dentro de cinco años.

El Pensador, de Auguste Rodin

En ocasiones este análisis personal necesitará de la ayuda de los demás. Un compañero de trabajo, un familiar, un amigo… Alguien, en definitiva, con quien tengamos confianza puede ayudarnos a conocer cómo somos: a veces lo más difícil de ver es precisamente lo más cercano, lo que tenemos siempre frente a nuestros ojos. Por eso puede ser de gran ayuda contar con el punto de vista de otra persona y conocer cómo nos percibe él desde fuera. Nuestra forma de actuar revela a los demás mucho más de lo que a menudo imaginamos.

Sea como fuere, conocernos a nosotros mismos es una tarea que no compensa
retrasar. De hacerlo, siempre corremos el riesgo de tomar decisiones que más tarde haya que enmendar, y todo por no tener claro en el momento de tomarlas qué dirección queríamos seguir. En uno de los diálogos más conocidos de Alicia en el país de las maravillas, la joven Alicia se encuentra ante un cruce de caminos intentando decidir qué senda tomar, momento en el que aparece el gato Chesire:

- ¿Podría decirme, por favor, qué camino debo tomar?
- Eso depende de a dónde quieras ir -respondió el Gato.
- Lo cierto es que no me importa demasiado a dónde… -dijo
Alicia.
- Entonces tampoco importa demasiado en qué dirección vayas -
contestó el Gato.

Mutatis mutandis, difícilmente podremos saber cuál de todas las opciones desplegadas ante nosotros es la que más nos conviene si no tenemos claro cuál querríamos que fuera nuestro punto de llegada, para lo cual se hace imprescindible, al mismo tiempo, conocer nuestro punto de partida, es decir, conocernos.

Por desgracia, este proceso de conocimiento personal en el que ponemos en claro nuestro punto de partida -quienes somos- para fijar después nuestro punto de llegada -quiénes queremos llegar a ser-, a menudo lo llevamos a cabo de manera inversa e incompleta. Es decir, a menudo adoptamos primero un modelo a seguir o un referente profesional sin tener claro previamente cómo somos en realidad y, por ello, sin saber con seguridad si ese camino que estamos siguiendo es el que de verdad nos convence. Y es cierto que a andar se aprende andando, pero antes que ponernos a correr como pollos sin cabeza y arriesgarnos a estrellarnos puede que valga la pena intentar examinarnos antes a nosotros mismos.

3 pautas para tu proyecto profesional: acepta, arriesga, reinventa.

Un ejercicio tan sencillo como dedicar unos minutos diarios a la reflexión en silencio pueden marcar una gran diferencia, y se ha constituido ya como una práctica común entre muchos directivos. En un artículo publicado el pasado octubre en la Harvard Business Review, Martin Reeves, director del Henderson Institute de Boston Consulting Group, aconsejaba desarrollar una pequeña rutina en la que, mediante la reflexión pausada o a través de preguntas inspiradas en el método socrático, podamos clarificar mejor nuestras prioridades y, así, tomar mejores decisiones y lograr una mejor gestión de nuestros recursos.

El conocimiento propio es una de las competencias transversales en la metodología de trabajo de Strategy of Mind, que a menudo solemos dividir en estas tres fases:

I) Limitaciones, no, delimitaciones: cuando comenzamos a pensar qué queremos ser sin tener en cuenta cómo somos, puede darse la situación de que, a la luz de una forma de ser que hayamos tomado como modelo, nos parezca que somos demasiado limitados para alcanzarla o que no tenemos la capacidad, habilidades o recursos necesarios para llegar hasta allí. ¿Quién no ha sucumbido bajo el desánimo al comprobar que era prácticamente imposible obtener tal puesto de trabajo, reunir las condiciones necesarias para un ascenso o adquirir una determinada capacitación?

Con frecuencia, lo que subyace tras estas experiencias de desaliento es, en el fondo, una visión de nuestras propias limitaciones como algo negativo que nos cuesta aceptar y que preferimos dejar de lado: nos negamos a aceptar cómo somos realmente y optamos más bien por vivir de espaldas a nosotros mismos.

Paradójicamente, nuestras limitaciones constituyen sobre todo nuestras
delimitaciones
. Es decir, no nos limitan, sino que definen quiénes somos, nuestra verdadera identidad. Y de nuestra identidad depende, en última instancia, nuestra felicidad: aquello que despierta nuestros deseos de mejora, el afán de lucha y un espíritu optimista ante la realidad. Por eso, sin aceptar quiénes y cómo somos realmente, difícilmente podremos encontrar un trabajo que nos motive y nos haga crecer. Sin esta relación pacífica con nosotros mismos, trabajaremos siempre a regañadientes, desmotivados y con ganas de que llegue cuanto antes el fin de semana.

En otras palabras, no es nuestra forma de ser la que ha de adaptarse a nuestro trabajo, sino todo lo contrario. El buen trabajo es aquel que se sigue de nuestra particular forma de ser, arrojando como consecuencia un fruto único y original que solo nosotros podemos dar. De ahí que a menudo se afirme que el éxito ha de estar siempre medido en clave personal: nuestras metas y proyectos profesionales han de partir siempre de quiénes somos, no de modelos imaginarios, de líderes de los que muy poco sabemos o de prejuicios que no se corresponden con nuestra verdadera identidad.

En una de las charlas TED con más reproducciones de la historia, The power of vulnerability, Brené Brown explica cómo nuestra vulnerabilidad -nuestra intimidad- es, al mismo tiempo, el lugar de donde emana nuestra creatividad y alegría. Y esto por el simple hecho de que todo aquello que hacemos -nuestro obrar- está estrechamente relacionado con quienes somos -nuestro ser-, no guste más o menos, lo aceptemos plenamente o vivamos tratando de darle la espalda. Brown lo afirma sin tapujos: aquello que hagamos nos hará felices en la medida en que sea coherente con quienes somos. De lo contrario, concluye Brown, viviremos de espaldas a nuestra verdadera identidad, esforzándonos por ser algo que no somos, lo que implica cercenar cualquier posibilidad de ser feliz, de disfrutar con lo que hacemos o de tener relaciones duraderas con los demás, en definitiva, de ser libres.

II) Arriesga, innova: la consecuencia directa de saber quiénes somos es, precisamente, saber que, en cierta forma, estamos dotados de una originalidad irrepetible: somos poseedores de una forma de ser que nadie más posee y que, por tanto, todo cuanto hagamos por nosotros mismos será en cierta forma también único irrepetible. A la originalidad que cada persona es le sigue una creatividad igual de única e irrepetible. No ha habido en la historia nadie como tú ni lo habrá jamás.

Quien, en efecto, se conoce a sí mismo, conoce también el potencial inexplotado que se posee, el diamante en bruto que se es y que, con el debido trabajo y pulido, podría llegar a ser una gran joya. Este conocimiento de lo que se es y de lo que se puede llegar a ser nos pone en disposición de arriesgarnos, de atrevernos a cuestionar el status quo en busca de nuevas formas de trabajar y vivir que mejor se adapten a quienes somos.

Así ha sucedido a lo largo de la historia: los grandes agentes del cambio han sido siempre personas con una fe ciega en sí mismas, dispuestas a traer a este mundo un elemento nuevo, disruptor, original. Esta misma idea es la que inspira la obra de Adam Grant, Originals: How Non-Conformists Move the World, en la que se invita al lector a descubrir sus propias virtudes y habilidades, y a poner en tela de juicio los paradigmas e ideas existentes.

III) Reinventa: las circunstancias cambian, las personas a nuestro alrededor, nuestras habilidades y recursos también. Ante una realidad cambiante, la exigencia del que cree en sí mismo es la de ser inconformista. El mundo exige a quienes trabajan en él adaptarse una y otra vez a nuevos entornos, reinventarse a sí mismos ante nuevas situaciones. En definitiva, buscar continuamente formas novedosas de materializar en nuestro trabajo y en nuestras relaciones una identidad única que no cambia: la propia de cada uno.

Un vistazo a las compañías con más de cien años de historia nos revela, precisamente, que la clave de su éxito a lo largo de tantos años ha sido su capacidad de reinventarse en cada época de una manera distinta sin dejar durante este proceso de ser coherentes con su identidad. De forma análoga, se puede afirmar que es impensable desarrollar una carrera profesional -ni mucho menos vivir una vida buena- sin un constante proceso de renovación y aprendizaje.

Conocerse: posiblemente la competencia más necesaria para un entramado
empresarial cada vez más cambiante puesto que capacita a quien la posee para aceptar(se), innovar(se) y reinventar(se). La creciente incertidumbre laboral y la transformación del empleo constituyen la invitación idónea para que cada uno comience, de forma personal, esta peregrinación hacia propuestas profesionales novedosas y originales. Peregrinación, digo, pues en este proceso lo único que se tiene en claro es el objetivo final -la identidad: quién se es ahora y quién se quiere llegar a ser mañana-, pero se desconoce por completo qué camino habrá que tomar para alcanzarlo, qué camino, en definitiva, habrá que crear para hacerse paso.

Strategy of Mind

Hablamos de liderazgo, de empresa y de virtudes. Nos apasionan las humanidades, la dirección y la comunicación. Apostamos por la excelencia humana.

Sergio Marín

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Escribo sobre dirección, carácter, trabajo, tecnología… y filosofía. Trabajo en Strategy of Mind e investigo en el IESE Business School.

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