Sergio Marín
Jul 12, 2018 · 9 min read

Siempre me ha llamado la atención cómo, en muchos diálogos socráticos, los distintos personajes que van apareciendo a lo largo de la conversación suelen ser connotados mediante su oficio o profesión: Sófocles el poeta, Dédalo el artesano, Gorgias el sofista, etc. En la República, por ejemplo, la sociedad entera aparece dividida por Platón en tres estamentos distintos en función de la profesión que se realice –artesanos, guerreros y gobernantes-, división que responde a las distintas necesidades en una sociedad ideal.

En cierto modo, también hoy en día el oficio o profesión sigue siendo una de las maneras más sencillas que tenemos para “ubicar” rápidamente a las personas que nos rodean. No es casualidad que una de las primeras preguntas que formulemos al conocer a alguien por primera vez sea, precisamente, ¿a qué te dedicas? Sin embargo, entre la Grecia de Sócrates y Platón y nuestros días distan ya más de veinticinco siglos, y aunque el trabajo parezca ser un fenómeno universal -algo que han hecho los hombres de todas las épocas-, la forma que adquiere ese trabajo en una época y en otra es, a primera vista, bastante distinta.

El pasado 2 de julio pude asistir al XX Simposio de Ética, Empresa y Sociedad, organizado por el IESE Business School en su campus de Barcelona y que trató, precisamente, sobre el sentido del trabajo en la Cuarta Revolución Industrial. Las ponencias abordaron temas como la inteligencia artificial, el futuro de las profesiones y el management o la sostenibilidad. A pesar de lo diverso de los enfoques y el contenido, en todas ellas aparecieron -como música de fondo- dos ideas centrales que encuadran bastante bien la reflexión actual en torno al trabajo y las profesiones. La primera es que la identificación entre trabajo y empleo es un fenómeno reciente (apenas cuenta con siglo y medio de antigüedad) que no refleja necesariamente todo el sentido y riqueza del trabajo humano. La segunda es, justamente, que los cambios en la industria, la irrupción de la inteligencia artificial y la aparición de nuevos empleos han puesto encima de la mesa la pregunta acerca de cómo y qué tipo de trabajos queremos realizar. Ambas ideas son, en realidad, las dos caras de una misma moneda: la desaparición de muchas profesiones constituye el momento idóneo para preguntarse en qué consiste esto de trabajar y cómo nos gustaría hacerlo de ahora en adelante.

La identificación entre trabajo y empleo es un fenómeno propio de las sociedades postindustriales. No consiste solamente en que en ellas la forma de ganarse la vida sea, de hecho, la de poseer un empleo, sino también que el trabajo adquiera las características propias de cualquier elemento expuesto a un lógica mercantilista: un bien cuyo valor es fijado por el mercado, sujeto a la oscilación de la oferta y la demanda e inserto en un entorno competitivo. Es así como el trabajo se convierte en una commodity más. Se convierte en empleo: en una moneda de cambio mediante la que obtener una serie de bienes -principalmente un salario- y cuyo valor queda estipulado por la cantidad -cuantas más horas se trabaje, a priori, más dinero se obtendrá a cambio-, por la calidad -a mayor cualificación del trabajador mayor remuneración- y, sobre todo, por el mercado en el que esa commodity se intercambie, pues para determinados empleos el ratio oferta/demanda es mayor, lo que provoca que el empleo posea una mayor remuneración (este es el caso, por ejemplo, de empleos relacionados con el diseño de software, marketing digital, big data, etc., se trata de empleos en los que la demanda por parte de las empresas es mayor que la oferta de trabajadores con esos conocimientos).

No quisiera entretenerme analizando las consecuencias de esta manera de entender el trabajo. Brevemente, son quizás dos las que más saltan a la vista. En primer lugar, ante el abanico de posibilidades que se nos presentan para trabajar el reto ahora es justamente el de encontrar sentido al propio trabajo. Cuando trabajar pasa de ser una necesidad imperiosa que no cabe eludir a una elección que debemos tomar, el trabajo como tal se problematiza. Son tantas y tan diversas las maneras de ganarse la vida que lo que adquiere relevancia ahora es que el trabajo que se escoja esté alineado con quién lo realice, que el individuo encuentre en su profesión la manera de autorrealizarse, en definitiva, su vocación. En segundo lugar, comprender el trabajo como una commodity sujeto a la ley de la eficiencia y la competitividad supone muchas veces penalizar la creatividad en el desempeño del propio trabajo o generar dinámicas y formas de trabajar dañinas para la propia salud.

Aunque sería necesario desarrollar estas ideas, me parece más interesante traer ahora algunas de las reacciones y síntomas que atestiguan que algo de cierto hay en todo esto. Sin ir más lejos, la presión por hacer de la profesión la expresión acabada de nuestra identidad, unido a veces con lo repetitivo y mecánico de muchos puestos de trabajo, está creando una auténtica epidemia de neurosis, problemas de estrés y ansiedad entre muchos empleados. En un estudio reciente llevado a cabo por el Yale Center for Emotional Intelligence, en el que se entrevistó a una muestra de 1085 trabajadores en Estados Unidos, se puso de relieve cómo casi el cincuenta por ciento de los trabajadores que afirmaban estar altamente implicados en su trabajo afirmaban también estar agotados y con ganas de abandonar.

El pasado mes de marzo, Jeffrey Pfeffer, profesor de organizational behaviour en la Stanford Graduate School of Business, publicaba el libro Dying for a paycheck, en el que aborda explícitamente las enfermedades, desórdenes y conflictos que las modernas dinámicas de trabajo están provocando entre las personas. Algunos de los datos recogidos por Pfeffer son sorprendentes: en Estados Unidos, el ambiente de trabajo es la quinta causa de defunción entre la población; en un estudio realizado con distintos empleados, el 7% afirmó haber sido hospitalizados por causas relacionadas con el trabajo; los índices de satisfacción laboral elaborados por The Conference Board se encuentran desde hace años en continuo declive.

Ryan Avent publicaba el pasado marzo en The Economist un reportaje titulado Crafting a life. En él, Avent entrevista a distintos trabajadores cualificados en la costa este de Estados Unidos que, en un momento dado, decidieron dejar atrás una exitosa carrera profesional y un trabajo muy bien remunerado para abrir pequeños negocios de destilería, cerámica o bisutería. ¿La razón? Dar con un trabajo que les permita estar en contacto con el mundo físico, llevar una vida tranquila y producir algo auténtico.

A raíz de las distintas entrevistas, Avent reflexiona en torno al capitalismo y la revolución industrial. A su modo de ver, esta última trajo grandes beneficios: los bienes se abarataron y la riqueza alcanzó a mayor número de personas. Pero estos avances tuvieron a su vez un coste, pues la producción exigía imponer la lógica de la eficiencia y la uniformidad. El nivel de riqueza y bienestar aumentó, pero a costa de un sistema de producción despersonalizado en el que el trabajo quedaba desprovisto de la profunda satisfacción que este puede proporcionar al hombre.

Todos estos testimonios nos hablan de que hay algo que no es sano en la actual forma de trabajar y de que el trabajo no puede ser identificado, sin más, como un medio para la supervivencia.

Distinguir trabajo de empleo puede ayudarnos a darnos cuenta de que este último no agota la realidad del trabajo: empleos hay miles y de muy diversos tipos, pero ello no quiere decir que todos sean igual de válidos o que satisfagan de igual manera las necesidades que el hombre ve colmadas al trabajar. A su vez, distinguir trabajo de empleo puede ayudarnos también a ser más conscientes de que las formas de empleo existentes están sujetas a cambio y dependen, en último término de nosotros mismos. Como señaló Anne Maria Engtoft, investigadora en el World Economic Forum, el pasado lunes en Barcelona, la pregunta por el futuro del empleo -en particular, por el futuro del empleo en la Cuarta Revolución Industrial- es, sobre todo, una pregunta política, esto es, una pregunta cuya respuesta no está sujeta a ningún tipo de determinismo tecnológico o económico, sino que depende por completo de nosotros y del tipo de trabajo que queramos crear para las generaciones presentes y las venideras.

Pero entonces, ¿cuáles son entonces esas necesidades que el trabajo puede colmar? O, dicho de otro modo, ¿por qué podemos decir que determinados empleos son mejores que otros, son más humanos? Los testimonios aducidos más arriba ponen de manifiesto que lo que diferencia un buen trabajo de otro que no lo es no es únicamente la cuestión salarial: elegir abrir una destilería de whisky en lugar de seguir trabajando como consultor es un indicio de que en la ecuación del buen trabajo la remuneración no es el único elemento.

En su artículo, Avent señalaba la autenticidad como ese plus que los trabajadores buscaban al decidir dedicarse a estos negocios artesanales. Otros como Yuval Harari, han señalado que el elemento clave en todo trabajo es la creación de sentido, sentido que sería posible encontrar en las realidades virtuales o en la religión. Frente a estas propuestas, creo que existe una figura que puede servirnos de gran ayuda a la hora de configurar la moderna forma de trabajar: se trata de la figura del artesano.

En el ideario de mucha gente, el artesano ejemplifica una forma de trabajar con un atractivo claro, y esto por dos razones: el artesano habitualmente formaba parte de un gremio, esto es, su trabajo tenía sentido en el seno de una comunidad de la que se sentía miembros; y, en segundo lugar, desempeñaba su trabajo mediante el recurso de las manos o de herramientas que él mismo debía saber emplear con destreza, esto es, llevaba a cabo un trabajo original y creativo.

Comunidad y creatividad. Estas son las dos características que, a mi parecer, pueden ayudarnos a dar con formas de empleo más humanas para el s. XXI. De un modo u otro, todos buscamos formar parte de una comunidad de personas dentro de la cual nuestro trabajo cobre significado. Sin embargo, algunas de las formas de trabajar en boga en estos días, arquetítpicas de la llamada economía compartida -teletrabajo, todo tipo de trabajo freelance, trabajos con mayor autonomía- apuntan justamente en la dirección contraria. No es casualidad que gran parte de las personas que trabajan de forma autónoma e individual señalen que una de las grandes dificultades para realizar su trabajo es la falta de compañeros y personas a su alrededor.

Por otro lado, la demanda de autenticidad que reclamaba Avent en su reportaje bien puede traducirse por la demanda de creatividad: al trabajar, todos buscamos producir algo que tenga que ver con quienes somos, con nuestra identidad. No nos basta con realizar el trabajo que pudiera realizar cualquier otro. De hecho, a nadie le gusta que le llamen ‘empleado’, pues esa palabra da a entender precisamente que no somos imprescindibles en nuestro trabajo, sino que en cualquier momento podríamos dejar de ser ‘empleados’ por la empresa y ser sustituidos por cualquier otra persona. Preferimos darnos a conocer por títulos más especializados: ‘big data analyst’, ‘due diligence consultant’, ‘marketing and sales specialist’, etc. De un modo u otro, todos aspiramos a que la creatividad, nuestra creatividad personal, desempeñe un papel central en nuestra forma de trabajar, pues es esa creatividad la que nos convierte en indispensables: si aquello que hacemos depende exclusivamente de quienes somos, nadie más podría llevarlo a cabo de igual manera.

Quizás, el mayor reto que tengamos por delante de nosotros sea el de integrar estas notas de creatividad y comunidad en la actual forma de trabajar, tan a menudo reñidas por valores contrarios a estos como el individualismo, la homogeneidad y la eficiencia. Pues de lo que se trata aquí no es, en modo alguno, de dejar de lado lo que ahora hacemos y comenzar a modelar arcilla o pulir madera: se trata más bien de transformar los modernos empleos y puestos de trabajo desde dentro, convertirlos uno a uno en una renovada forma de artesanía.

Strategy of Mind

Hablamos de liderazgo, de empresa y de virtudes. Nos apasionan las humanidades, la dirección y la comunicación. Apostamos por la excelencia humana.

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Escribo sobre dirección, carácter, trabajo, tecnología… y filosofía. Trabajo en Strategy of Mind e investigo en el IESE Business School.

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