COVID-19. Lo que se cuenta en mis redes. Parte I.

Mi propia cuarentena.

Blanca Parra
Apr 1, 2020 · 6 min read
Increíblemente, es una tarea en una universidad, en pleno siglo XXI, a modo de “educación virtual”. Evaristo Galois preferiría volver a morir.

Nací con propensión a la reclusión y al aislamiento. Desde que nací, cuenta mi madre, fingía estar dormida cuando algunas vecinas iban a ver a la bebé y a tratar de mirar sus ojos; algunas no lo consiguieron. Hasta la pubertad, aparentemente, logré pasar desapercibida en círculos sociales, especialmente para los varones. En mi casa disfrutaba de encerrarme en la recámara de mi abuela, ubicada en el jardín, apartada de la casa y con cerradura interna, para leer y escuchar música sin interrupciones. Viviendo sola en CDMX desde los 15 años, enviada a estudiar desde el bachillerato en el Instituto Politécnico Nacional, mi tendencia al disfrute de mi soledad fuera de la escuela ayudó mucho a mi desarrollo y a mis estudios. Así hasta mi vida adulta, luego acompañada por un hijo único que tiene las mismas tendencias y con quien comparto muchos disfrutes. Pensionada desde hace ocho años, con ese hijo viviendo en otras tierras desde su graduación en 2006, mi vida no cambia mucho.

Por la misma razón acostumbro a surtir mi despensa cada cuatro meses, aproximadamente, de manera de salir de compras lo menos posible. Por otra parte, tomando en cuenta que mis comidas atienden al antojo del momento, en el congelador hay una variedad de preparaciones y precocidos inimaginable en una persona “normal”, y un buen surtido de abarrotes. Mi pequeño huerto me provee de limones, chiles serranos, cebollas, hierbas aromáticas, etc. Yo preparo mi pan, mis mermeladas y mis conservas. Para todo lo demás están los pequeños comerciantes que pasan frente a mi casa cada día.

El 5 de marzo, un día después un agotador viaje de trabajo y de la animada charla con El Muelle de la Sal, salí a hacer unos pagos y decidí caminar por el centro comercial y, luego, entrar al Costco ubicado en la misma área para comprar un par de cosas y algún antojo. Salí con el carro de compras repleto con artículos de limpieza, latas de atún, aceite vegetal regular y de olivo, papel sanitario, y muchas otras cosas.

Comenzaban a llegar las noticias de lo que sucedía en China, en Europa, pero parecía lejano. El chofer del Uber en el que me dirigí a mi casa, con mi cargamento, escuchaba en la radio lo que localmente repetían los comentaristas. Le pedí que observara a la gente en las esquinas: indígenas llegados de Chiapas, una de las regiones con mayor pobreza y atraso social del país, mujeres cargando bebés y llevando a otros pequeños de la mano, pidiendo monedas; por la mañana, antes de abordar el autobús urbano rumbo al centro comercial, había visto a una de estas mujeres ocupada en abrir y cerrar la puerta de uno de los Oxxo’s de la colonia (tiendas de conveniencia, hay cuatro alrededor de esta pequeña comunidad) en busca de un apoyo económico. Al entrar a la colonia vi que ella seguía ahí. Lo comenté también con el chofer y le planteé algunas preguntas: si ellos enferman y mueren, ¿quién contará sus muertes? ¿Cómo sabremos que la mujer que está en esa esquina es la misma de hoy, o un reemplazo? Si ellos se contagian, ¿cuántos clientes de esa tienda serán contagiados al abrir la puerta por sí mismos? Y desde ahí, el contagio vía las monedas, el contacto entre los colonos, en los camiones urbanos, etc. El hombre pareció sorprenderse, pero no respondió.

Entré a mi casa y guardé mi mandado. Leí las publicaciones en Twitter, conversé con mi hijo vía WhatsApp, quien comenzaba a vivir el drama inglés y a prepararse para una posible suspensión de actividades laborales presenciales, y supimos que vendrían tiempos muy difíciles.

Anticipando las compras en el tianguis dominical, donde en una calle de unos 4 m de ancho se instalan tres filas de vendedores de todo lo que se le pueda a uno ocurrir, y son muchas calles, decidí indagar a través de mis contactos en Facebook la posibilidad de hacer compras de frutas, verduras y semillas en línea. Casi inmediatamente me dieron los datos de un pequeño comerciante que tiene su página para levantar pedidos, una cuenta de WhatsApp para contactarse con los clientes y al que se puede pagar en efectivo, con vales, transferencias bancarias o tarjetas de crédito. No pasó mucho tiempo antes de que me respondiera que tenía registrado mi pedido y lo entregaría el sábado por la mañana (era jueves).

Mis exalumnos y amigos de otras localidades comenzaron a preguntarme si sabía si en sus ciudades era posible tener ese tipo de servicio. La misma red proporcionó las respuestas.

Faltaba asegurar una dotación suficiente de café. Usualmente tengo de tres tipos diferentes de molido -prensa francesa, espresso y turco- y dos tipos de grano -de mi pueblo natal, Tepic, y del de Chiapas, que venden amigos de mi hijo en esta ciudad. Tenía poco más de un kg de café nayarita, de Tepic. Pedí un kg de café para prensa y ½ kg de espresso. Todo cubierto. El 1 de marzo habían llenado el tanque estacionario de gas y acababa de pagar los servicios de agua y luz.

A partir de ese momento comencé a monitorear las noticias a través de Twitter, periódicos internacionales confiables, periódicos nacionales confiables (Animal Político, Excelsior, El Universal), el noticiero de Pascal Beltrán del Río en la radio, con cápsulas oportunas de las infumables conferencias mañanera del remedo de gobierno de este país y con entrevistas a personajes clave en el desarrollo económico, político y social de México.

En Facebook fui eliminando, y haciendo que me eliminaran, aquellos que creen en las mentiras cada vez más patéticas y criminales de parte del gobierno; los que encuentran justificación para cada atropello, cada dislate, cada mentira que el que funge como presidente (aunque no dé la cara cuando se necesita) les cuenta mientras sigue insistiendo en sus proyectos faraónicos y deja indefensos ante la pandemia a los más pobres y desmantela la economía.

Me salí del grupo de WhatsApp de miembros del Comité de Colonos, del cual soy secretaria, que se convirtió en recuentos de conspiraciones y cadenas de oración. Aparte, mantengo contacto con la presidenta del comité, mi vecina y amiga, quien tampoco hace caso de esa serie de comunicados y con quien continúo trabajando en equipo, junto con otros dos o tres colonos.

Con mi hijo converso de los futuros que vislumbramos desde nuestras respectivas posiciones. El caso mexicano es trágico:

· la terrible desigualdad social -> la cantidad de personas en el comercio informal;

· los miles de pequeños comerciantes que ya no pueden continuar -> los cierres y despidos en todo tipo de empresas -> las escuelas privadas, todos los niveles, que verán un decremento notable en la matrícula -> el incremento de la demanda en las escuelas públicas y la falta absoluta de capacidad y de calidad de éstas;

· la falta de medidas sanitarias en esta contingencia-> la acentuación de los problemas de salud colectiva;

· la obstinación del presidente en no seguir protocolos -> el ejemplo que cunde más que los discursos y hace que los menos letrados crean que no pasa nada, hasta que pasa.

Algunos miembros de mi familia, incluyendo a uno de mis hermanos, son médicos, al igual que muchos jóvenes y brillantes exalumnos, algunos trabajando en Estados Unidos. Algunos familiares, incluyendo a uno de mis hermanos, o los padres de algunos exalumnos u otros exalumnos, son pequeños comerciantes que ven sus ventas desaparecer, día a día, sin otro ingreso. Otros han quedado en el desempleo o sus empresas, aquí o en Estados Unidos, están en quiebra. Algunas noches mis exalumnos me escriben vía Messenger y me cuentan de alguna manera sus preocupaciones y las de sus padres.

Para mí, la única opción es continuar con mis hábitos de toda la vida. Y no puedo hacer mucho ni por mi madre ni por mis hermanos ni por mi hijo, excepto confiar en que saben cuidarse y atender a las recomendaciones sensatas. Por lo demás, tiempo me falta para disfrutar de todo lo que se ha puesto gratuitamente a disposición del público: libros, óperas, conciertos, conferencias, etc. Además, para no aburrirme, tengo que dar seguimiento a cosas que ya no tienen sentido: la revisión y retroalimentación de trabajos de docentes que, incluso inmersos en esta muestra estridente de la urgencia del cambio en educación siguen buscando que el alumno resuelva 30 ejercicios de Ecuaciones Diferenciales, que el Wolfram Alpha resuelve paso a paso en segundos; o que declaran que esperan que el alumno sea capaz de enunciar un conjunto de reglas comerciales, etc. Los mismos docentes que claman por el regreso a clases, asumiendo que todo será como haber puesto pausa momentánea al streaming llamado vida, mientras vamos a por un café.

Que el mundo no volverá a ser el mismo no parece estar a la vista de todos.

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Blanca Parra

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Matemática, docente/investigadora, madre. Vivo en León, Mexico. Me encanta cocinar, leer, caminar y conversar. https://about.me/BMPM1

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