COVID-19. Lo que se cuenta en mis redes. Parte III.

Una estructura al descubierto

Blanca Parra
Apr 14, 2020 · 8 min read

Como gotas de un grifo descompuesto caen los días de abril; no se puede abrir para dejar fluir el líquido de manera regular. Seguramente desespera a la mayoría, aunque es un recordatorio del paso del tiempo que no necesita de otro cronómetro que la salida del sol y la llegada de la noche. Los que salen a tratar de vender productos que siembran o que manufacturan a partir de ellos están acostumbrados a esperar a los clientes, hasta que terminen de vender o que se haga de noche y tengan que regresar a sus hogares; ellos tampoco necesitan otro reloj. Están los que trabajan porque es esencial que lo hagan, atendiendo enfermos y sepultando muertos, por ejemplo. Los días así deben pasar casi desapercibidos, dentro de un hospital u otro centro sanitario, aunque el cansancio, la desesperanza y la impotencia tal vez les haga querer disponer de más tiempo y energía para cumplir con su trabajo y su vocación.

A cambio, en las redes vemos cómo el tiempo se vuelve una carga para muchos de los amigos o familiares, quienes viven en desesperación cada día que pasa. Primero, los padres que apenas comienzan a conocer a sus hijos-de-tiempo-completo y que no disponen de herramienta alguna para proponerles actividades interesantes de cualquier índole; generalmente mujeres de clase social media alta y alta, acostumbradas a que entre la escuela y las nanas (más de una para una familia con dos hijos, me consta) ellas disponían de tiempo para pasar horas en un café, después del ejercicio mañanero en “el club”, seguido de la visita al salón de belleza, las compras, etc., sin tener que ocuparse ni de la casa ni de la comida. A ellas dedica el noticiero local del mediodía, Noticiero en Línea, un espacio diario: temas de salud, manejo del estrés, etiqueta, fitness, imagen, manejo del tiempo, etc. Por supuesto, los temas son dictados por socialités locales y por un cura que transmite desde el Vaticano.

Están las madres profesionistas, algunas en cuarentena o trabajando desde sus hogares mientras lidian con los hijos y hasta con el eventual marido; algunas trabajando de nuevo, pasadas las vacaciones de Semana Santa, en empresas u oficinas municipales. Muchas docentes de todos los niveles están en este grupo; son mujeres con otro estilo de vida, pero no todas se hacían cargo de los hijos, full time, ni de preparar comidas, y eso depende del nivel educativo en el que laboran y de si la institución es pública o privada, entre otras cosas.

Y están las mujeres que laboran en pequeñas empresas o en supermercados, tiendas de conveniencia y mercados, y las que viven de lo que producen y venden cada día en tianguis y placitas, muchas veces con los hijos por un lado.

La realidad es distinta para cada una, y lo que les preocupa también es diferente: de “ya necesito un corte de pelo, un tinte, salir de vacaciones, ir al gimnasio” a “si no vendo, o si no trabajo, en mi casa no habrá comida”, pasando por “me urge que regresen los niños a la escuela”. Una petición que va creciendo entre esta selecta comunidad: ya no queremos saber de cosas tristes, pongan solamente cosas positivas. Y pasan de juego en juego: pon un punto, reto de la madre amorosa/orgullosa, cuántos triángulos, cuántos 3, etc. Según mi percepción, tan distorsionada como se quiera, es eludir la idea de que la muerte, la propia y la de los que queremos, ronda muy cerca. Como si la vida no tuviera justamente esa certeza única.

Entre mis contactos, en Facebook, hay todas esas categorías y están también los exalumnos que son médicos y enfermeras en activo, algunos terminando apenas sus internados; jóvenes que cuentan la realidad tristísima que se vive en los hospitales que dependen del sistema de salud pública los cuales, si bien nunca han sido modelos de atención, se enfrentan ahora al desabasto más tangible y cruel que no puede seguir siendo ocultado.

Antes, uno sabía por parientes propios o de algún amigo que la atención a los pacientes hospitalizados en el IMSS y el ISSSTE (un poco más grave en hospitales de salud pública regionales, no afiliados a los grandes sistemas, para quienes no están en la nómina de una empresa, así sea propia, o de alguna dependencia gubernamental) dependía de los familiares del paciente, quienes tenían que proveer las medicinas y los cuidados; que la salubridad al interior no era precisamente de inspirar confianza. Simplemente atravesar la sala de urgencias de una clínica del IMSS me significó pescar un contagio de influenza, apenas hace un año.

También en los servicios de salud se hacen distinciones, por supuesto, y también lo he experimentado: siendo la hija del Profe Parrita fui intervenida quirúrgicamente un par de veces, en el hospital del ISSSTE de Tepic, con atención inmejorable: habitación privada, comida que me llevaban de mi casa, a mi gusto, y cuidada por una enfermera que había sido mi compañera de primaria. Pero en CDMX, donde nadie me conocía, me desmayé haciendo fila para sacar ficha (turno) para poder ser atendida por un médico; las personas que hacían fila conmigo se hicieron cargo de reanimarme, sin intervención del personal de la clínica. Algunos adultos mayores han muerto en ese proceso de esperar a ser atendidos, sentados en las bancas de las clínicas, en diferentes partes del país.

Para muchos de mis contactos en Facebook esta realidad pasa desapercibida. Otros, relativamente jóvenes y supuestamente intelectuales de izquierda -autoproclamados- aparentan no saber que esto es parte de lo que ha prevalecido en este país gracias a los acuerdos y manipulaciones políticas que buscan, sobre todas las cosas, el control de los más desprotegidos, los de abajo, los invisibles, los de siempre.

Es cierto, somos un país con muchos y muy marcados contrastes, pero de mantener el status quo, que prevalece desde antes de la Revolución Mexicana de 1910, se han encargado el mismo Estado y cada uno de los partidos políticos que han competido por, y se han hecho con, el poder. Hacer prevalecer los usos y costumbres de los pueblos, en lugar de llevar educación y servicios de calidad sin demeritar u olvidar las culturas autóctonas, ha rendido buenos frutos en términos de votos.

Los modos de tomar las grandes decisiones en este país, por el presidente y en el momento actual, corresponden a la descripción que se hace en el documento del enlace anterior, Capítulo 7. La costumbre contra la democracia. Los atuendos son acordes a la comunidad que se visita:

“Con frecuencia, el discurso indianista y antropológico opone un modelo de democracia comunitaria, centrado en el consenso, al de la democracia occidental, que descansa principalmente en el principio de mayoría. El consenso apunta no a un estado de cosas, a una base de partida, sino al resultado de un largo proceso de deliberación. Ninguna decisión importante puede tomarse fuera de la asamblea comunitaria y sin llegar a un acuerdo unánime de las personas reunidas.” Texto acreditado a Carlos Lenkersdorf, Los hombres verdaderos, Voces y testimonios tojolabales, p. 79.

Ángel Verdugo se refiere a este estilo caciquil de López Obrador en su cápsula Efecto perverso del COVID-19: Los caciques pueblerinos. (09/04/2020;392). Recordemos que López es egresado” del PRI (viejo, en declive ahora) donde no tuvo las posibilidades de hacer una carrera política a la altura de sus aspiraciones y a partir de lo cual creó primero el PRD, con Cuauhtémoc Cárdenas como candidato visible para aprovechar el carisma de Tata Lázaro, su padre. Con este partido López se lanzó a la presidencia de la República, la cual no obtuvo, para luego fundar Morena siempre con el mismo objetivo.

El ”pueblo bueno y sabio” -como el Peje, López Obrador, se refiere a ese enorme grupo de gente sin educación, sin recursos, sin posición real en la vida social y económica de este país- se fue con la finta y creyó en todas las promesas de campaña; una campaña de 18 años que, incluso, logró convencer a muchos “intelectuales” que sienten que son de izquierda, aunque muchos no tengan idea de lo que significa, algunos de ellos deseosos de vivir una gesta heroica, como la del 68, por ejemplo, o de emular el desatino del asalto al cuartel Madera, en 1964. Para las mayorías marginadas se trata de seguir apegados al modelo paternalista, dependiendo de lo que buenamente el gobierno quiera otorgarnos. Para los autollamados intelectuales de izquierda, la culminación de anhelos que, imaginaban, llevarían a este país por una ruta de progreso socialista. La realidad es terrible para unos y otros.

La pandemia del Covid-19 ha dejado al descubierto la debilidad extrema del sistema de salud pública, particularmente, al mismo tiempo que los ataques a los que están expuestos los médicos, enfermeras y personal de apoyo por parte de esa masa de gente sin educación, que prefiere la magia y las estampitas sobre la racionalidad científica.

El 13 de abril Kattia D’Artigues publicó un tuit, y el enlace a una de sus colaboraciones visibilizando un documento que ha estado vigente desde tiempo atrás y que detalla las instrucciones para el personal médico: priorizar a los jóvenes.

El comentario de Ángel Verdugo (sí, fue mi maestro de Álgebra I, al iniciar la carrera, y compañero de lucha en 1968) coincide con lo que yo había escrito al respecto, esta mañana.

El Covid-19 también puso al descubierto que dependemos, más que nunca, de las “buenas” intenciones de Donald Trump (en asuntos petroleros/económicos, esta vez).

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Blanca Parra

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Matemática, docente/investigadora, madre. Vivo en León, Mexico. Me encanta cocinar, leer, caminar y conversar. https://about.me/BMPM1

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