Hojas sueltas. Parte I.

Manos y mente ocupadas en las semanas de encierro, y van cinco.

Blanca Parra
Apr 10, 2020 · 5 min read

No es que yo resienta estar encerrada, más bien es todo lo contrario, pero nunca había pasado tanto tiempo sin ir al mercado o al tianguis. Ir de compras a esos lugares obedece, en parte, a la necesidad de surtir la fruta y la verdura para mis comidas durante una semana regular y porque me encanta ver las plantas y las macetas artesanales, escuchar el habla de la gente del pueblo -del pueblo en el que me encuentre-, comprar antojos extraordinarios en mi dieta (pulque, chapulines, acosiles y similares) y, especialmente, la fruta silvestre local, traída a la ciudad por campesinos de las regiones cercanas. Por otra parte, es mi ocasión de caminar con un propósito y como si estuviera haciendo ejercicio: pasos largos y rápidos, etc., y regresar cargando unos cuantos kilos manteniendo ese paso.

En estas semanas he descubierto que tengo manías de hormiga, derivadas de mi escasa afición a salir, almacenando cantidades grandes de todo tipo de productos de limpieza, de aseo personal, de productos para cocinar que se encuentran en un abarrote, de preparaciones dulces y saladas hechas por mí misma, y hasta de fruta “de temporada” de mi pueblo natal, una temporada que este mes y el próximo debería estar en su apogeo. Excepto por las naranjas, de las cuales quedan unas cinco, no falta nada; ni siquiera vinos, cervezas, tequilas y mezcales.

La fruta y la verdura no duran tanto tiempo como el piloncillo o el frijol, por ejemplo, y hay que surtirlas al menos cada dos semanas, lo cual resolví con un comerciante local que hace entregas a domicilio. La carnicería de la colonia entrega carnes, pollo y quesos regionales (fresco, ranchero, de Oaxaca), crema fresca y jocoque. He aprovechado para hacer conservas de tomates y tomatillos, salsas y moles, además de las mermeladas y jaleas que comenzaban a escasear, en prevención de lo que pudiera ocurrir en las próximas tres o cuatro semanas que se espera que sean críticas. También he precocinado algunas carnes y tengo una buena cantidad de latas de atún.

Faltaba el pan, el cual me gusta comprar al día, cuyo antojo es una debilidad. No pasteles sino pan. El poeta Ramón López Velarde dedica unos versos de su Suave Patria a este deleite nacional:

En el Primer Acto:
Tu barro suena a plata, y en tu puño
su sonora miseria es alcancía;
y por las madrugadas del terruño,
en calles como espejos se vacía
el santo olor de la panadería.

En el Segundo Acto:
Suave Patria: te amo no cual mito,
sino por tu verdad de pan bendito;
como a niña que asoma por la reja
con la blusa corrida hasta la oreja
y la falda bajada hasta el huesito.

El olor a pan, ciertamente, es como una bendición y, sin duda, una tentación. Por otra parte, es un recuerdo casi genético, metido en mi memoria desde mi nacimiento. Mis tíos-abuelos maternos, de apellido Aldaco, fundaron las panaderías en mi pueblo, pequeñísimo en la época tomando en cuenta que las dos fotografías que aparecen a continuación muestran mi ciudad natal en 1954, cuando yo tenía 4 años y asistía al jardín de niños desde un año antes.

Tepic, Nayarit, mi ciudad natal, vista desde el Cerro de San Juan , al pie de la Sierra Madre Occidental
Tepic, Nayarit, mi ciudad natal, vista hacia el Cerro de San Juan , al fondo.

Fotografías tomada de The Changing Urban Functions of Tepic, Nayarit, Mexico, de John M. Ball. Revista Geográfica. №64 (Junio de 1966), pp. 123–135. Pág. 131 y 132

Mis tíos Pedro y Luciano eran los hermanos varones mayores de mi abuela, nacida en 1892. Uno de los hijos mayores de mi tío Pedro, mi tío Carlos, fue mi padrino de bautizo; viviendo en el mismo sector de la ciudad, a un par de cuadras unos de otros, era mi privilegio, desde muy niña, entrar hasta el fondo de su panadería para cachar el pan blanco (bolillos y chololos) en mi regazo. Las conchas son el pan de dulce que prefiero.

Cuando renuncié a mi trabajo como investigadora en el CINVESTAV y a las becas nacionales de investigación, en 1991, sin saber todavía dónde iría a trabajar para criar a mi hijo, tomé un curso de panadería en La Baguette, que es todavía una empresa exitosa. Nunca tuve necesidad del diploma para buscar empleo, por cierto, pero quedó el aprendizaje, el cual se reforzó con consultas a los descendientes de la gran familia Aldaco acerca de panes particulares, como los morrongos que solamente se encuentran en Tepic. Estas semanas, para caer dulcemente en la tentación he puesto manos a la obra, literalmente, confeccionando los panes de mis antojos. A eso añadimos las pastas, ravioles y lasañas, para tener un menú variado y saludable.

De paso, mi hijo ha descubierto esos placeres culinarios, de modo que nuestras videoconferencias y chats se animan intercambiando recetas.

Hacer pan, cocinar, cuidar de mi jardín y atender a los colibríes que me visitan son actividades que me ayudan a concentrarme en lo que no se hace con las manos; mientras manipulo masas, bebederos, palas, cucharones y la inevitable limpieza al terminar, voy discurriendo sobre los textos, los trabajos, las retroalimentaciones y los proyectos en los que estoy metida. Sentarme a teclear es el final del proceso.

Mientras tecleo, por trabajo o por socializar, escucho el noticiero. No son buenas noticias en este país, y menos en estos días.

También del Primer acto de Suave Patria:

El Niño Dios te escrituró un establo
y los veneros del petróleo el diablo.

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Blanca Parra

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Matemática, docente/investigadora, madre. Vivo en León, Mexico. Me encanta cocinar, leer, caminar y conversar. https://about.me/BMPM1

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