Té nocturno

La Fábula de la mosca y el zorro

Tengo una gran suerte de vivir en un entorno rodeado de naturaleza, decirte que no siempre ha sido así, quizás por eso lo valoro e intento disfrutarlo siempre que puedo.

Cuando el horario y el clima me lo permite, voy a dar un largo paseo con mi bicicleta de montaña por estos bosques que me rodean.

Es alucinante observar el paisaje en constante cambio con el transcurso de las estaciones, eso me ayuda a mantenerme conectado con el Tao y con mi compromiso de ir comprendiéndolo cada vez un poquito más.

En cualquier rincón del bosque, si mantengo mi atención enfocada, la naturaleza puede regalarme alguna sorpresa; de repente a escasos metros por encima de mi cabeza bajo la bóveda de las copas de los arboles un águila majestuosa pasa rompiendo el silencio del bosque con el sonido de sus alas cortando el aire. Son unos segundos, pero lo suficiente, es como si el águila me prestase un poco de su energía y mi vista pudiese agudizarse por unos instantes viendo el bosque desde otra perspectiva.

Más tarde, ya estaba de vuelta y la verdad que había acelerado bastante la marcha mientras pasaba cerca del río. Con el placer adrenalínico de la velocidad y la agradable sensación de el viento fresco de la tarde acariciándome el cuerpo, había perdido todo el foco de esa práctica de atención consciente al paisaje.

Fue entonces cuando esa mosca entró en mi ojo. De repente un terrible escozor me dejó literalmente ciego, a duras penas pude frenar en seco sin estamparme contra alguna encina .

Ya parado me limpie el ojo con agua, mientras maldecía a esa pobre mosca que al fin y al cabo había llevado peor suerte que yo.

También apareció por mi mente ese crítico interior que espera cualquier oportunidad para salir y tomar las riendas de mi conciencia por un instante, preguntándome por qué diablos nunca me acuerdo de coger las gafas para andar con la bicicleta; una mosca, un frenazo y la tormenta perfecta en mi mente, yo: el meditador, el seguidor del Tao, en ese instante ya no estaba en el bosque.

Di un trago al agua y de repente, apareció el personaje que falta. Un zorro saltó desde unas rocas cruzando por delante mío, era precioso verlo desaparecer por el bosque con esa ágil elegancia.

Yo ya estaba de nuevo en el bosque, con mi Tao, con mi atención consciente y con mi lección del día aprendida.

Moraleja: A veces las moscas en el ojo, son necesarias para poder ver al zorro.
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