La tortura

Recuerdo que…

Recuerdo que el sonido del agua me provocaba miedo. La áspera toalla blanca, casi beige, doblada sobre la tapa del escusado confirmaba lo que iba a suceder. En breve estaría dentro del agua y mi cuerpo cubierto de burbujas. Escapar era inútil, me sostenían durante todo el proceso. A pesar de saber que la lucha era en vano, siempre intenté escapar. Las manos apretaban mis extremidades con fuerza. Después de diez minutos caía el chorro de agua tibia hasta quitar cualquier rastro de suciedad. Al salir, la áspera textura me dejaba seca y finalizaba la tortura. Una vez acostada en el sillón me sentía mejor, mucho mejor; pero, por alguna extraña razón, no puedo adjudicar mi mejoría a esa experiencia terrorífica. La comezón cedía y reinaba la tranquilidad por el resto del día; a veces la sensación placentera duraba casi toda la semana.

Sigo sin entender por qué ocurre, sólo sé que es cosa de cada semana y que después siento alivio. Jamás pensé que una tortura sería posteriormente tan satisfactoria. Quizás piensan que estoy loca, pero es justo como lo vivo. Se ha vuelto una rutina: el sonido del agua, el pánico, las burbujas, el chorro de agua y la aspereza de la toalla.