Los tres “Goyas” de Valladolid condenados a clausura

La abundancia suele aliarse con el desprecio. Quien posee más monedas de las que puede gastar, ni se agacha a recoger alguna que se escurra entre los dedos. Quien tiene más pasado del que se ha esforzado por conocer suele acabar ignorando y abandonando tesoros con los que soñarían otros. A Valladolid le sobra historia que contar. Sus calles y sus plazas guardan con tanta naturalidad el paso del tiempo que a simple vista parece que no fue capital, que no albergó la boda de los Reyes Católicos, que no acogió a Colón, que no resguardó a Cervantes, que no aspiró a una Catedral descomunal, que no vio nacer a Felipe II, que no admiró los trabajos de Gregorio Fernández o Juan de Juni, que no alumbró a José Zorrilla, o disfrutó de Miguel Delibes.
Avatares del tiempo… el paso de los siglos ha maltratado las huellas de ese magnífico pasado, el centro de Valladolid fue perdiendo algunos de los edificios históricos que hace unas décadas fueron sustituidos por modernos bloques de viviendas que han desteñido su belleza sobria y serena. Aún así, la ciudad del Pisuerga y del Esgueva sigue disfrutando de joyas únicas de la arquitectura o la escultura, que bien merecen más de una visita.
Un recorrido por Valladolid tiene muchas y variopintas paradas obligatorias, pero una de ellas está condenada a desaparecer. Porque cerrar las puertas a los turistas y a los vecinos es convertir el arte en un mausoleo sombrío. El Monasterio de San Joaquín y Santa Santa, a unos metros de la Plaza Mayor, hasta ahora mantenía abierto un museo privado que debería estar subrayado en rojo en cualquier guía de viaje. Tres cuadros de Goya (los únicos que hay en Castilla y León), el imponente Yacente de Gregorio Fernández, la sobrecogedora Dolorosa de Pedro de Mena y la preciada iglesia de Sabatini a la que incluso atribuyen poderes mágicos al estar construida en un punto que concentra fuerzas telúricas. Después de 36 años, la comunidad religiosa dice que no puede más, que no puede seguir costeando mantener abierto el museo. Sin ayudas de las administraciones, los 8.000 visitantes anuales (realmente pocos para lo que guarda) solo permiten recaudar poco más de la mitad del dinero necesario para su mantenimiento, unos 40.000 euros anuales.
Que Valladolid pierda este tesoro abierto al público es un pecado cultural imperdonable. Mientras el Ayuntamiento busca nuevos atractivos para los visitantes como el polémico ascensor de la torre de la Catedral (409.000 euros de inversión), un espacio único quedará bajo siete llaves, solo para el disfrute de sus religiosas. Mientras estudia como mantener abierto un artificial Museo del Toro que solo visitaron 2.400 personas el último año (50.000 euros de presupuesto anual), los Goyas se borran de la lista de imprescindibles. Hagan números y verán que hay de donde sacar la ayuda para Santa Ana.
Valladolid no necesita inventar atractivos, solo tiene que releer más sus libros de historia. El Monasterio de San Joaquín y Santa Ana no puede quedar oculto, como no deberían seguir abandonadas por ejemplo las Arcas Reales que fueron la más importante obra de ingeniería civil en su época y ahora agonizan entre graffitis y malas hierbas.
Madrid (que tampoco es manca en patrimonio) etiqueta huesos, sean de Cervantes o de cualquiera de sus dieciséis compañeros de cripta, para diseñar una ruta para japoneses por el Barrio de las Letras. Que haría con tres nuevos “Goyas” o con la patética perfección del Yacente. Que no haría con las leyendas que dicen que la cúpula de Sabatini es capaz de sanar.
“La abundancia me hizo pobre”, dijo el poeta romano Publio Ovidio Nasón. Valladolid será un poco más pobre si el legado del Monasterio de San Joaquín y Santa Ana queda finalmente para la clausura.
Originally published at comuniteca.wordpress.com on March 19, 2015.