Hackeo mental

Llevo tiempo masticando algunas cosas lentamente, a rafagas que van de mayor a menor intensidad, dando cabida a muchas preguntas y a unas pocas conclusiones. Estas no llegan de pronto para instaurarse en terrenos hasta entonces desconocidos, sino que se van afianzando lentamente a base de convicciones.

La tecnología e internet han ocasionado un cambio importante en nuestras vidas. El modo en que ocupamos nuestro tiempo ha sufrido una metorfosis. El gran abanico de conocimiento a un clic de distancia traía en el paquete una vorágine de clics de entretenimiento.

El entretenimiento es sano y necesario. El problema que he ido viendo en este sentido en mi uso de internet no ha sido que uno de sus usos sea entretenerme, sino que los pasatiempos habían tomado total protagonismo en mi día a día, asfixiando la calidad de todo lo demás. ¡Ese es el tema que me he puesto sobre la mesa los últimos meses!

En estos meses he leído buenos libros, he disfrutado más de las cosas cotidianas, he desacelerado mi ritmo vital y aligerado un estrés que venía sin causa real. Hasta que he parado no me he dado cuenta hasta qué punto el ritmo vertiginoso de consumo de contenidos orientados al entretenimiento había hackeado mi mente. El hack no era ningún labado de cerebro o algo que fuera extraño, sino el hábito neurológico a los continuos y acelerados estímulos que ofrece incansablemente el ecosistema de entretenimiento de la red. Cualquier otra cosa se tornaba aburrida y la vagueza pedía a gritos el retorno al timeline de twitter, el vistazo rápido de feeds (que solía terminar con 100 feeds marcados como leídos y sin leer, y 5 guardados en Pocket para leer en algún momento que pocas veces llegaba). Si eso quedaba vacío era momento para entrar a Instagram a marcar algunos “me gusta”, a Youtube para ver alguna review de algún teléfono nuevo… Y entrada la noche, enganchar un capítulo tras otro de alguna serie que uno no sabía por qué, pero me tenía enganchado.

Y así llegó un momento en el que me vi 20 años adelante pensando que mis canas estarían anunciando que ya pocas vueltas al sol quedarían, si es que ese momento siquiera llegaba algún día. Sin duda habría estado muy entretenido, pero ¿Qué clase de vida habría vivido? Esa pregunta sigue rondando mi mente, tratando no de poder responder, llegado el momento, con un gran repertorio de éxitos vitales, sino de no mirar atrás deseando regresar para hacer las cosas de forma distinta.

He cambiado el uso que le doy a mi teléfono, y a la tecnología e Internet en general. He instalado y desinstalado las mismas aplicaciones varias veces. He tratado de buscar un uso productivo. Y lo curioso es que sigo dándole vueltas, tratando de aprovechar lo bueno que tiene la red pero sin perderme en sus telarañas. He descubierto que no se trata de substituir la tecnología por el pensamiento. Da lo mismo entrar a Feedly para echar un vistazo de novedades para frikis que de artículos profundos. Tanto da Twitter con los geeks que Facebook con sus vídeos de gatitos y otras chorradas. La cuestión en este caso es más el cómo que el qué. El ritmo lo es todo. Necesitamos un ritmo más pausado para poder aprovechar, sacar partido y disfrutar internet. Y eso con un cacharro siempre conectado en tu bolsillo, con su catálogo de redes sociales y contenidos rápidos y entretenidos, no es tarea sencilla. Al menos no es algo que a mi me surja por inercia…

Desconectarse no es la mejor de las opciones, aunque ahora con la perspectiva de estos meses creo que haberme aislado este tiempo ha sido bueno para ahora buscar un uso de la red completamente nuevo. Más pausado, más diverso, elegido y enriquecedor… Aunque seguimos de beta.

Fotografía por Freaktography bajo licencia Creative Commons