El día en que volvimos a confiar en otros.

Creo que está de más comenzar explicando el simulacro al que nadie atendió con la cautela necesaria un par de horas antes…

Después de todo el show y agradecer por haber perdido treinta minutos aproximadamente de clase, nos dirigimos al salón a tomar nuestras pertenencias, platicar un momento sobre el sismo de aquel 19 de septiembre de 1985. Caminé hacia mi siguiente clase cansada y con un dolor molesto en el vientre. No había desayunado (a pesar de la hora), recuerdo que en la siguiente clase la profesora llegó puntual como cada martes, por muy extraño que fue ella empezó a hablar de los sismos. Realmente no recuerdo qué dijo, porque entre dolor de vientre y hambre no podía atender la clase.

Llegó el punto en que el dolor fue tan intenso que decidí esperar a que pasara para llamar por teléfono a mi mamá para decirle que me iría a casa. Estaba recostada en mi banca, apretando con fuerza mi estómago, casi con lágrimas en los ojos. Cuando de repente giré muy enojada hacía atrás porque alguien me había empujado y porque aquella persona no se había disculpado.

Volteé y para mi sorpresa no había nadie, empecé a sentir que me mareaba y enseguida recuerdo ver a todos mis compañeros levantarse como si ya lo hubieran practicado antes, todos al mismo tiempo. Ya me había levantado de mi asiento, di el primer paso, pero recordé que necesitaría comunicarme con mi familia, tomé mi mochila, agarré mi celular y dejé caer la mochila. Salí lo más rápido que pude. Esto fue en menos de 10 segundos fue tan rápido.

Al momento de caminar por el pasillo y llegar a las escaleras, un estremecedor ruido nos paralizó a todos los psicólogos que estábamos en el tráfico humano, las escaleras tronaron, salió polvo de las escaleras, en el baño se prendieron y apagaron las luces, se escucharon cómo se rompían los vidrios o tal vez eran las ventanas. Yo miré hacia atrás de mí, vi una columna y me aseguré ahí. Una compañera se quedó en medio del paso con las manos arriba, la jalé y seguricé conmigo.

De repente, alguien que juntó sus manos y guió hacia su boca, gritó “bajen rápido”; Fue en ese momento en que reconocí lo que pensé y lo que sentí. Pensé que no debía bajar porque todo se iba a caer; pero pensé que también podía morir si me quedaba ahí, porque el edificio A, se iba a caer. Bajé rápidamente, tuve mucho miedo, el dolor de vientre había desaparecido, o tal vez no, pensé en mi mamá principalmente, porque en casa siempre dicen que soy muy exagerada en todo, cuando sonaba la alarma me decían “relájate Karla, no va a pasar nada”por eso yo estaba segura que mamá no había salido de casa.

Logré bajar e intentar pensar que mi mamá y mi familia estaban bien, mandé mensajes a mi papá y mi hermana, le marqué a mi mamá pero no contestaba. Me encontré a un amigo de la Facultad y me abrazó, intentó tranquilizarme, pero no funcionaba, hice varias respiraciones, mi hermana y papá dijeron que estaban bien, le mandé mensaje a mi novio y dijo que estaba bien. Media hora después me avisó mi hermana que mamá estaba bien. Me quedé mas tranquila, pero pensando aún en el caos que podría existir en la ciudad, por que en CU los temblores no se sienten.

Tardé tres horas en llegar a casa, por mi ruta no habían edificios tirados, pero sí había mucha gente, mucha desesperación. Al llegar, pude darme cuenta que ya no tenía dolor de vientre, en casa mamá y mi hermana lloraron por la unión que vieron en la calle de la gente que quería ayudar, que resguardó a otros, que confiaron en otros para subir a sus carros y transportarlos. Sin duda, fue un día extraordinario. Fue el día en que volvimos a confiar en otros.

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