Szymborska, frío y un tecito (pt. 1)

Sonó la alarma. Abrí los ojos y me resistí al frío de la mañana envolviéndome en el cobertor como un burrito humano. El tiempo seguía fluyendo mientras me endormecía en el calor de la cama.

Sonó de nuevo. Sentí la gripa.

Como el adulto responsable que soy (?), me apuré en el ritual matutino, tomé un Theraflu y me fui caminando al trabajo con Therion de fondo.

En medio de mi paréntesis oficinoso, empecé a sentirme demasiado cansada; al final, la “gripa” es una normalizada batalla del cuerpo contra el virus de la influenza.

Regresé a mi casa temprano. Me puse pijama, hice té, me envolví en una cobija y retomé este libro de Szymborska que el Azar me regaló.


No creo en los párrafos que pretenden reseñar un libro: el autor siempre tiene el sesgo de interpretar a partir de su existencia personal, única y contenida. Para mí es como intentar describir el sabor de un platillo.

Así que mejor voy a compartir algunos bocados:

La eternidad de los muertos dura
mientras se les paga con memoria.
Rehabilitación

Algo evidente
Henos aquí, amantes desnudos,
bellos, y mucho, para nosotros mismos,
solo cubiertos con hojas de párpados,
recostados en una noche profunda.
Pero saben ya de nosotros, saben,
estas cuatro esquinas, este quinto horno,
esas sombras sagaces sentadas en las sillas
y la mesa con su muy significativo silencio.
Y saben los vasos por qué, en el fondo,
el té se enfría sin que nadie se lo tome.

Swift ya no tiene ninguna esperanza:
nadie lo leerá esta noche.
¿Y los pájaros? No te hagas ilusiones:
ayer vi cómo en el cielo
escribían abierta y claramente
el nombre con el que te llamo.
¿Y los árboles? Dime qué quiere decir
su murmullo infatigable.
Dices: tal vez el viento tenga a bien saber.
¿Y cómo supo el viento de lo nuestro?
Entra por la ventana una mariposa nocturna
y con sus alas velludas
ensaya despegues y aterrizajes
zumbando terca sobre nuestras cabezas.
¿Acaso ve más que nosotros
con la agudeza de su vista de insecto?
Yo no lo presentí, tú no lo adivinaste:
nuestros corazones brillan en la oscuridad.

Expulsado del paraíso antes que el hombre
por tener unos ojos tan contagiosos
que, al pasear la mirada por el jardín,
hundía en la tristeza imprevisible
a los mismos ángeles.
Mono

El resto
Ophelia cantó sus desquiciadas canciones
y salió corriendo de la escena, inquieta:
que si se le quema el vestido, que si sobre los hombros
le cae el cabello de la forma adecuada.
Para verdadero colmo, se lava las cejas
de esa negra desesperación y, como auténtica hija de Polonio,
cuenta las hojas que ha arrancado a su cabello, para mayor seguridad.
Ophelia, que a ti a mí nos perdone Dinamarca:
moriré con alas, sobreviviré con prácticas garras.
Non omnis moriar de amor.

El sexo se difumina, los secretos se marchitan,
las diferencias se encuentran en las semejanzas
como en el blanco todos los colores
.
¿Cuál de ellos es doble y quién falta aquí?
¿Quién sonríe con dos sonrisas?
¿La voz de quién suena a dos voces?
Bodas de oro

En las púas del alambre
se balanceaba el hombre.
Cantaba con tierra en la boca. Un bello canto
que habla de cómo la guerra llega directamente al corazón.
Campo de hambre cerca de Jaslo

Se hizo un violín de cristal porque quería ver la música.
Arrastró su barca hasta la cima de una montaña y esperó a que el mar llegara hasta allí.
Por las noches estudiaba el Horario de trenes; las estaciones de destino le sacaban lágrimas de emoción.
Criaba rosas con dos erres.
Escribió un poema para el crecimiento del cabello y otro para lo mismo.
Estropeó el reloj del ayuntamiento para detener de una vez por todas la caída de las hojas de los árboles.
En una maceta donde vio crecer hierbabuena quiso hacer excavaciones para encontrar una ciudad.
Anduvo con la Tierra a sus pies, sonriente, despacio, como dos y dos son dos: feliz.
Cuando le dijeron que no existía, al no poder morir de pena, tuvo que nacer.
Ya anda viviendo por ahí: parpadea y crece.
Prólogo de la comedia

Esto que tengo en los dedos
son arañas que mojo en la tinta
y arrojo al lienzo.
De nuevo estoy en el mundo.
Florece un nuevo ombligo
en el vientre del artista.
Retrato

Faltan labios para pronunciar
tus nombres fugitivos, agua.
Agua

En el río de Heráclito
el pez ama al pez,
tus ojos, le dice, resplandecen como peces en el cielo.
Escribo por momentos pececillos
sobre escamas plateadas y por tan corto tiempo
que, tal vez por eso, parpadea en su turbación la oscuridad.
En el río de Heráclito

{Hay algo de collage en poner en negritas ciertas palabras.}

Pronto la continuación.