Cinco días en Snapchat

Vamos a hablar de Snapchat, que en menos de una semana ha conseguido lo que a Tinder le costó casi un mes: fascinarme. Y eso que siempre digo que odio las apps.

Lo tuve claro ayer por la tarde, cuando me vi buscando en Google y en Youtube tutoriales para usarla. De Snapchat sabía varias cosas, todas de oídas: que es la cuarta startup más valorada del mundo (en quince mil millones de dólares, por detrás de Xiaomi, Uber y Palantir), que Alibaba (la gigantesca empresa china de comercio electrónico) acaba de invertir otros 200 millones en ella, que muchos dudan de su viabilidad porque aún no ingresa un duro, que a los adolescentes americanos les encanta, que en España no tira tanto, que a los mayores (a los que empezamos a socializar en la era Myspace) nos cuesta entenderla y que si triunfa es porque las fotos y mensajes son efímeros y los chavales de hoy en día son celosos con su privacidad.

Se me ha ocurrido buscar qué se ha publicado en España sobre el asunto y es justo eso lo que preocupa a otra parte de los mayores: su efimeridad, dicen, crea una falsa sensación de seguridad, fomenta el sexting y el acoso online.

Total, que me la bajé. Mi hermana — 19 años y el filtro perfecto para saber cuándo, en este ajetreado mundo de constantes cambios de hábito, estoy mirando algo con ojos de vieja o no — también me había contado que la usaba para hablar con sus amigos. Snapchat tenía que tener algo. Pero en mi cabeza era aún una simple aplicación de mensajería (una más, porque aún no teníamos suficientes) con el único añadido de que los mensajes desaparecían.

Error.

Snapchat tiene tres capas: una de interacción con tus contactos (la de mensajería, donde el material se autodestruye, donde puedes hacer el tonto sin que tus fotos y vídeos se guarden y donde si se te ocurre sacar captura te pillan, porque la app avisa), otra de contar tu vida y ver la de otros (una especie de timeline donde el contenido tampoco es eterno, aunque aún no tengo claro cuánto permanece) y otra de descubrimiento que introdujeron hace dos meses, donde medios como el Daily Mail, MTV, National Geographic, Vice o la CNN tienen su espacio para publicar.

Me hacen gracia varios detalles, de esos sutiles sobre cómo y qué información mostrar: en la mensajería privada, indica cuándo el receptor ha visto el mensaje (el dramita del doble check de Whatsapp, sin lloros de los usuarios) y envía notificaciones cuando alguien “está escribiendo”, no sólo cuando ya ha escrito. En la parte de contar tu vida no hay corazones o likes: hay visitas con nombre y te informa puntualmente sobre quién ha visto tu publicación. Pero lo que me más me atrae y sucede en toda la interfaz es cómo ves el contenido: la app te obliga a mantener la pantalla pulsada, mientras un contador indica cuántos segundos faltan para que termine. Te obliga a estar atento a lo que otros cuentan.

Un youtuber usando Snapchat, que también lo explica bien.

Snapchat va de contar historias. Lo dicen ellos mismos una y otra vez: cuando anuncian que la pestaña de descubrimiento no es una red social, no piensa en clicks ni en compartidos, sino en formato y narrativa editada por expertos (o storytellers, una palabra que me da rabia) o cuando explican en qué consiste la propia pestaña de Historias, que une tus Snaps (vídeos o fotos) para “crear una narrativa de las últimas 24 horas” y “honra a la verdadera naturaleza del storytelling — un orden secuencial con principio, nudo y final”.

Tengo una amiga fotógrafa, tan joven o tan mayor como yo, que viaja mucho y sube cada día varios snaps. A través de fotos y vídeos a los que añade texto de colores, trazos o emojis, sus Historias narran su vida: oigo y veo su desayuno, la habitación en la que se ha despertado en París, el trayecto que hace en coche o a su perro cuando sale a correr con él. La narrativa es más cercana que Instagram porque es sobre todo vídeo y porque no queda profesional (MEJOR). También he visto retransmisiones de deporte o pasarelas de moda: el punto de Snapchat son los eventos y el “broadcast pachanga”, me dice un amigo; Snapchat ha dado en el clavo con el vídeo nativo en el móvil, escriben en Quartz. Y, al tiempo, explican la lucha de otras apps — la propia Instagram o el invento twittero de Vine — por ganar ahí.

Aún no he pillado de todo cómo contar (por eso buscaba instrucciones ayer), pero de momento me parece todo un descubrimiento. Sobre todo porque lo que había oído (“app que destruye mensajes para garantizar privacidad”) me resulta simplista al lado de lo que he visto durante estos cinco días. Y si no termino de pillarla — como me pasa una y otra y otra vez con Tinder, esa idea e interfaz maravillosa a la que jamás he sacado partido real — siempre podré observar y escribir sobre ella. Que también es justo lo que hago con Tinder. Como una mayor.