probabilidad de lluvias

aquella tarde que vimos al cirque Eloize


Anto* me dijo, “te invité a ver el circo” y agregó, “no se si querés venir, yo ya te invité. Había conseguido un 2x1 en entradas.

Un rato antes, mientras tomábamos mate en la cama, por el rabillo del ojo la ví renegar con ticketek, trataba de conseguir las dos entradas para el Cirque Éloize .

La tarde anterior me había envíado un SMS pidiendome, explícitamente, que averigüe que era y como se veía ese circo apadrinado por el Cirque du soleil. Me dormí después de leer ese mensaje, al rato me desperté pero colgué, razones más que suficientes y justificativas para que, por no averiguar aquello que me habían solicitado, no me hiciera merecedor de una invitación.

Así y todo, Anto* me invitó y como yo me encontraba en una situación económica ajustada, que podemos denominar, menos que cero, deficitaria o con un abultado saldo deudor. Salió todo de su bolsillo.

***

Esa noche, mientras hacíamos tiempo antes de entrar al Gran Rex, me invitó a comer a BK.

Durante un tiempo prudente y sobre todo mientras gozábamos del tiempo medido únicamente por el hedonismo que nos otorgaron nuestras respectivas indemnizaciones, conocimos y visitamos el barrio chino y aprovechamos el 2x1 en combo italiano de BK que venía de regalo con los boletos del tren que lleva a Belgrano C.

Acaso nuestras visitas a la casa de comidas rápidas era sólo para eso, para gastar la promo o, en contadas ocasiones, para remontar una resaca notable.

Sin embargo, la noche del circo entramos para comer algo “rápido”, lo cual es bastante obvio, y salir para el teatro. Pero no fue así, tardamos más en la cola que en tragar la hamburguesa de pollo con papas fritas. Aparentemente, los empleados habían sido sobrepasados por la cantidad de gente que abruptamente se llegó hasta el local de comidas rápidas para deglutir eso que llaman hamburguesas y las dos supervisoras tuvieron que comenzar a trabajar un poco más fuerte. Una de ellas me llamó poderosamente la atención, lucía una extensa cabellera castaña, una extensión ordinaria que se veía como un montón de pelo pegado sobre el suyo.

***

¿Qué puedo decir?

No se mucho sobre el arte circense, pero si se que delante de los tres telones apareció un hombre, fibroso, chaparrito y bastante despeinado que comenzó a hablar en un español atravesado por todas las lenguas anglosajonas.

Contó, a manera de introducción, la historia que hilvanaría todo lo que iba a suceder sobre el escenario y en medio de eso dejó escapar que, quizás el atractivo más interesante no iba a estar. No iba a llover en el escenario. Pidió disculpas livianamente e hizo un gesto; explicó que “eso” iba a representar la lluvia, “eso” más unos retazos cuadrados de tela roja y otros de tela blanca que reverberaban bajo las luces.

Había que conformarse y, a pesar de todo, parecía que no iba a estar tan mal. No como aquella vez que fui a ver al circo que había llegado a santa teresita.

***

Tenía seis o siete y ese verano había llegado el circo del canguro boxeador o algo así.
No recuerdo mucho más salvo que había animales, payasos, domadores de felinos y látigos y un canguro flaco que tiraba patadas y trompadas con unos guantes de box. Me gustó, me reí, pero lo del animal deportista me produjo un sinsabor que no pude racionalizar y explicar. Sólo se que cuando me volvieron a invitar a ese circo, al que le quedaban poco días en Santa Teresita, pude inventar alguna excusa me sirvió para no ir.

La emoción y la curiosidad por ver a un animal atleta como en los dibujitos animados había desaparecido.

***

Esa noche con Anto* vimos piruetas, malabares, demostraciones de destreza física, confianza y todo lo que puede conseguir mucho entrenamiento: hacer parecer como lo más natural, las pruebas más difíciles.

Así, bajo este precepto, estos elementos circenses, daban vueltas por el aire, saltaban sobre una delgada superficie oblonga que se pandeaba pero no se quebraba, se colgaban de telas, rotaban y se sacudían dentro de un aro, de a uno, de a dos, en fin, todo parecía natural, incluso, la lluvia (ese gesto y los retazos de tela que caían desde lo alto reverberando bajo el azote de la fulminante luz).

Después vino el receso y muchos corrieron a fumar un pucho, a estirar las patas, a tomarse una línea o simplemente a darle la mano a un amigo. Anto* y yo, cada uno en su asiento, dedicamos unos minutos de criticar a las chicas que estaban detrás, a una señora que refunfuñaba contra el acomodador y a una pareja que, con una sutileza bastante atroz, avanzaba ocupando asientos que no habían pagado. Sólo los detuvo alguien que si había pagado por sus lugares y que estos sujetos pretendían ocupar.

***

El intervalo terminó y el show volvió a empezar.

El piano en vivo volvió a sonar y la historia plagada de recuerdos de infancia siguió su curso, una multitud de voces que confundían en un murmullo inintelingible pero decían, al únisono, que las cosas en el pasado eran mejores, y el piano que había vuelto a sonar se aceleraba y el bullicio se transformaba en canción y los remates, explotaban por donde no se lo esperaba, así fue que el acróbata que salio disparado en sentido opuesto y quizás, sumado a eso, una desprolijidad adrede, fueron una honesta forma de borrar la solemnidad para volver a los hombres del circo, más hombres.

La segunda parte, quizás esto me pasó sólo a mi, pero me pareció más corta. Apenas reaccioné una mujer danzaba dentro de un aro que pendía y giraba sobre sí misma. Y de repente, al bajar al suelo, agua.

Sí, era una treta. La perorata de la falla técnica era una pura mentira. Sin embargo, todavía tenía la duda de si llovería. Quizás pensé, tratando de no ilusionarme, sólo estará el agual en el piso. Pero no, me volví a equivocar y, al ritmo de la música, entonando de a ratos esa canción que atravesó toda la obra y jugando como chicos con ese balón rojo que los remontaba a su pequeñez, todos terminaron en el suelo. Patinando sobre el agua, riendo, simulando pelear, jugar y por sobre todas las cosas, divertirse como decían que lo habían hecho.

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