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Que la vuelta a La Plata dependa de otra persona, acaso por esto se me puede acusar de insoportable, me pone tenso; más aún, si eso implica que Anto* llegue tarde a su trabajo. Cuando entro en esa situación, mi panza hace ruido, no puedo estar quieto y, por ende, me cuesta disfrutar de las cosas. Sin embargo, y a fuerza de voluntad, decidí relajar. El día anterior confirmamos la hora de vuelta, la hora precisa de la mañana a la que íbamos a salir. Sin embargo, hubo un ajuste, esa mañana, SMS mediante, coordinamos que a las 15 salíamos.

A sabiendas del tiempo que nos quedaba, hicimos playa, caminamos con el agua salada hasta las pantorrillas, compramos empanadas y una bolsa de Lays que comimos en la costanera bajo el rayo de un sol ameno que preludiaba un buen día. Una vez terminado el almuerzo, y sin ansias, recorrimos las dos cuadras que separan la playa de mi departamento. Subimos la empinada escalera verde, soportamos, aguantando la respiración, el pescado frito que cocinaba mi vecina y ordenamos unas pavadas dentro del depto: desenchufé la heladera y aseguré las ventanas y Anto* pasó apenas la escoba. Revisamos por última vez todos los cajones.

Faltaban quince minutos para las quince y un SMS nos hizo saber que la partida estaba demorada tres horas que fueron casi cuatro. Volvimos a meter las patitas en el mar, a caminar otro poco, a leer otro tanto y a juntar paciencia sabiendo que la ruta estaba repleta de autos y que el trayecto que debíamos de recorrer en algo más de tres horas, lo haríamos, con suerte, en el doble de tiempo.

***

Durante los primeros diez kilómetros creí estar equivocado; pensé que había exagerado y que la ruta no sería un infierno, un mar muerto de autos que apenas avanzaban y en el que las infracciones, las imprudencias y el riesgo de accidentes crecería exponencialmente. Creí estar equivocado; para transitar dieciocho kilómetros demoramos más de dos horas. El tiempo que faltaba para llegar a destino crecía de manera inversamente proporcional a medida que se reducía la distancia.

Una vez pasadas las dos horas las monotonía se volvió aceptable. Charlamos, sacamos fotos, tuiteamos y sobre todo renegamos por la gran cantidad de imprudentes que,sin más, avanzaban por la banquina de pasto o en contramano. A todo esto, el atardecer se volvía más y más rojo, en las curvas podía verse un hilo delgado de un rojo que no cesaba de reverberar y la luna, para no desentonar, parecía un ají picante que las cámaras digitales no pudieron apresar.

El plan era el siguiente: atravesar el enjambre de autos estoicamente hasta llegar al empalme con la ruta nacional número 2, a partir de ahí, evitar a la multitud y tomar por la ruta provincial 36, poco transitada debido a su mal estado. Esto implicaba un riesgo adicional que fue minimizado por Nicolás, el chofer y dueño del auto, debido a sus ganas de llegar.

Paramos diez minutos para ir al baño, cargar agua para el mate y seguir con la segunda mitad del viaje. Comimos unas empanadas y tomamos unos pocos mates. Llegamos a la rotonda y elegimos la ruta 36. Anto*, que viajaba en el asiento trasero, se durmió después de rechazar el último mate. Tuvo la fortuna de no despertarse hasta que entramos a La Plata por la avenida 66.

***

Entrar en la ruta 36, a esa hora de la noche, fue como meterse de lleno en la vacuidad. El cielo estaba completamente negro, las estrellas brillaban menos y el escaso tránsito volvió todo un escenario inmutable, parecía que no avanzábamos.

Cómo todo el viaje, aquello que a priori parecía tomar una forma se volvía como su opuesto. Los primeros quince o veinte kilómetros los atravesamos a más de 130 km/h lo que me dio la esperanza, y la ilusión, de recuperar algo del tiempo perdido en el embotellamiento. Sin embargo y sin aviso, Nicolás bajó la velocidad a 80 km/h; después, en la curva siguiente, dobló demasiado cerca de la doble línea amarilla y del ómnibus que venía de frente. Lo miré fijo y había agarrado el volante marcando las dos menos diez y volteaba su cabeza lentamente hacia adelante. Le hablé de algo que no recuerdo y me respondió que le ardían los ojos por las luces de los autos que venían por la mano contraria. Me ofrecí a tomar el volante, pero Nicolás tiene la “política” de no prestar su auto.

La segunda vez que lo desperté, tomé la parte más baja de la circunferencia del volante y saqué el auto del medio de la ruta y lo interpelé en voz alta: “Nicolás, dejame manejar”. Respondió nuevamente que no, que estaba bien, sólo le dolía un poco el cuello, que le pesaban los ojos y que tenía menos reflejos que los habituales, pero que podía seguir manejando. Podía haber comenzado a gritar, a sacudirlo, incluso pegarle, pero quería llegar y quizás, como un iluso, tuve la esperanza de que no se volviera a dormir o que me dejara manejar en algún momento. Esperaba que después de haber criticado durante todo el viaje a los automovilistas irresponsables, él reflexionara y me pasara el volante. Esperé en vano, tuve que despertarlo dos veces más y escuchar su negación y la declaración de capacidades vigentes: la pesadez de los ojos, la disminución de los reflejos y la tozudez de su decisión de permanecer conduciendo.

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Fue el tramo más largo que me tocó circular y también el último que voy a hacer como acompañante de Nicolás. Apenas bajamos del auto y después que Anto* se alejara me pidió disculpas por sus “cabezazos”, a lo que yo asentí levemente. Al mediodía siguiente, un mensaje de texto repitió la disculpa a lo que yo respondí “Todo bbien, no hay prroblem”. Ayer al mediodía, Rafa, me contó que había cenado con Nicolás y aseguró que sus “cabezazos” habían sido dos y reforzó su “política”. Bajo ningún punto de vista presta su auto.

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