La Cárcel y Yo. Filipinas.

Altos muros de hormigón, menos guardias de los que me esperaba y pequeñas celdas repletas de presos. Mi primera visita a una cárcel ha sido aquí, en Filipinas, donde vivo hace más de siete meses.

La República de Filipinas enfrenta un problema de sobrepoblación en sus centros penitenciarios desde hace muchos años. Ahora, el problema se está agravando desde que Rodrigo Duterte llegó al poder y amplió su campaña de lucha contra las drogas, la cual ya había llevado a cabo en la ciudad de Davao, donde era alcalde antes de ser elegido presidente. Esta campaña, conocida como #WarOnDrugs y que hasta el momento ha acabado con la vida de más de 7000 personas, también ha supuesto el arresto y encarcelación de muchísimos filipinos.

El pasado verano, medios como Daily Mail o la CNN se hicieron eco de la situación de las cárceles filipinas, mostrando el que es sin duda uno de los mejores ejemplos de este problema de superpoblación, la Cárcel de la Ciudad de Quezon (Quezon City Jail). Se trata de una cárcel construida para alojar a 800 presos, pero en ella se encuentran más de 4000. Aquí podéis ver un pequeño reportaje de Ivan Watson para la CNN en el que muestra las condiciones en las que viven los presos.

Patio interior de la Cárcel de la Ciudad de Quezón

Conociendo la situación, tenía gran interés en visitar alguna cárcel para conocer de primera mano la vida de los presos filipinos, y en diciembre tuve la oportunidad gracias a un grupo de voluntarios que conocí y visita a los presos a menudo.

Antes de entrar, me explicaron algunas cosas importantes que debía saber:

  • Los presos de la cárcel a la que yo iba a ir no eran convictos, es decir, no habían sido condenados aún.
  • No podía vestir ropa amarilla. En Filipinas, los presos visten camisetas amarillas para que sea fácil distinguirles dentro de la cárcel.
  • Por una cuestión de seguridad, no debía tener contacto físico con ellos. A la hora de la verdad no vi ningún problema en darles la mano a varios de los presos a través de los barrotes, es un gesto que apreciaron mucho.
  • En la medida de lo posible, debía intentar evitar también el contacto físico con las personas que me acompañarían en la visita. Este es un punto que me costó comprender, pero se refiere a gestos afectivos. Debido a que la visita fue en época navideña, había presos a los que les podría afectar emocionalmente.
  • No debía regalar nada a un preso si no tenía el mismo regalo para todos los demás. Hacer esto podría generar problemas y llevar a discusiones entre ellos. Por este motivo es difícil donar ropa o productos de primera necesidad a la cárcel. Por ejemplo, si una persona quiere donar cepillos de dientes y hay 300 presos, lo mejor es que entregue 300 cepillos para que todos disfruten por igual del regalo.
  • Para hacer fotos o grabar vídeo debía solicitar permiso a los guardias. Si tenía intención de publicar el material estaba obligado a pixelar las caras de los presos.

La cárcel que yo visité no era muy grande, al entrar me cachearon y me pidieron que dejara en una taquilla los objetos personales que llevase encima, como el teléfono móvil o las llaves. Me dejaron entrar con la GoPro y más adelante me dieron permiso para grabar con las condiciones que ya he mencionado.

Al subir a la planta en la que estaban las celdas, pude comprobar la realidad en la que viven los presos. A pesar de que la cárcel era relativamente nueva y no tenía un gran problema de sobrepoblación como la de Quezon, los presos estaban hacinados dentro de las celdas. Las mujeres estaban en celdas separadas y vivían en las mismas condiciones que los hombres.

Al verme, muchos presos me empezaron a dar a través de los barrotes unos pequeños sobres hechos a mano, algunos de ellos con su nombre y el número de celda, en pocos minutos recogí más de cincuenta. Un guardia me explicó que los sobres eran para que yo metiese dinero y se los devolviese, a modo de aguinaldo — una de las palabras que el tagalo heredó antiguamente del castellano — . Obviamente, no había llevado dinero a la cárcel y no pude darles lo que esperaban.

Una de las fotos que pude hacer con la GoPro. La decoración navideña estaba hecha por los presos.

En la cárcel los presos no estaban divididos por los delitos cometidos, les mezclaban aleatoriamente, salvo algunas excepciones. Había de todo. Madres con más de cinco hijos que habían robado para intentar darles una mejor vida, chavales de menos de 20 años que estaban allí por peleas… Y otros con casos más graves, como un joven de veintitantos años apodado Hill Boy, acusado de 14 asesinatos. Con muchos de ellos tuve la oportunidad de hablar un rato y conocer sus historias, algunos llevaban varios años esperando para ser juzgados.

En cuanto a los que habían sido encerrados por la guerra contra las drogas de Duterte, muchos afirmaban que estar allí les hacía sentirse seguros, ya que la policía también podrían haberles matado como a muchos otros. Esta afirmación puede ser difícil de entender para alguien que esté fuera del contexto de la situación actual en Filipinas, pero la realidad es que muchas de las personas arrestadas y asesinadas por la policía debido a #WarOnDrugs eran completamente inocentes. La policía en varias ocasiones asesina a sangre fría sin tener ningún indicio real de delito o relación con las drogas. Y voy más allá, sé de buena mano que hay comisarías a las que se les da un número o cuota de personas que deben arrestar en un determinado periodo de tiempo. Esto ha llevado a que en algunos casos se arreste a personas inocentes utilizando pruebas falsas solo para llegar a ese número.

Sin duda alguna, visitar una cárcel filipina y conocer las historias de algunas de las personas que estaban allí fue una gran experiencia. Todos ellos me trataron muy bien y me ofrecieron su mejor sonrisa. Quizás influyó que creían que les daría dinero o simplemente el ambiente navideño, aunque la realidad es que desde que llegué a Filipinas el hecho de ser extranjero me facilita mucho relacionarme con la gente. Después de hablar con varios de los presos pude conocer las increíbles historias que se escondían detrás de los barrotes. Como se suele decir, la realidad supera a la ficción.

Charlando con muchos de ellos, hablamos sobre las segundas oportunidades y la posibilidad de empezar de nuevo. Hay casos como el de Hill Boy en los que uno se pregunta si una persona así podría volver a vivir una vida alejada del mal, y cómo aceptarían su libertad los familiares de las víctimas. Precisamente, en Filipinas está abierto el debate sobre la pena de muerte, y es un tema que está dando mucho que hablar.

Dentro de mí, conocer tan de cerca a muchos de estos presos me acercó a un mundo que realmente desconocía. Descubrí que cada caso es muy distinto y muchos de los reclusos habían vivido situaciones que les condujeron a delinquir. Por supuesto, todo aquel que infringe la ley debe cumplir la condena que se merece, y ojalá aquellos que sean declarados culpables se arrepientan y consigan reinsertarse en la sociedad después de cumplir su condena. Todos merecemos una segunda oportunidad.


1 de mayo de 2017: A día de hoy he visitado a los presos en cuatro ocasiones más. Siempre que voy es un placer poder hablar con ellos y conocerles mejor. Nunca me hubiese imaginado que una experiencia así pudiese darme tanto, lo recomiendo sin ninguna duda. Me alegra enormemente ver que el artículo ha sido recibido con mucho interés y ha alcanzado ya más de 1600 visitas aquí en Medium.

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