Habría hojas de otoño, aunque pudiera parecerme eterno… y en ese mismo instante… es donde yo me pierdo, me dejo llevar por el vaivén y caracoleo aparentemente caótico en sus luchas al tocar el suelo. Es como si pudiera ver la escalera hacia el cielo, que tan bien escondida se encuentra entre las cosas cotidianas de nuestros días. Es nostálgico porque pensamos que hemos perdido algo, es como escuchar de nuevo el chirriar de las llantas de alambre de tu vieja bicicleta, aquella compañera con la que recorrías el pueblo lleno de conocidos extraños que te saludaban. Eran días de calor tórrido y veranos eternos, de vacaciones provincianas y de rodilleras en los pantalones de chándal y los relojes eran para vacilar porque la hora realmente no importaba nada…

El Sol, en aquellos días, siempre caía temprano, las nubes eran de formas conocidas y cuando llovía, abrías la boca para que te cayera dentro. ¡Ay cómo me duele recordar lo que recuerdo! Pero me enorgullezco de tan florida infancia.

Siempre me gustó la tierra, aquello de realizar hoyos acá y allá para hacerlos pasar por túneles por donde mis coches de metal o construir barreras en la costa de la playa con las que intentaba cortar el paso de parte de alguna ola perdida, todas eran obras tempranas de ingeniería, lo que me hace pensar en cierta forma que “todos somos ingenieros”. No obstante, si me hago en el esfuerzo no ha sido esa la única profesión a la que me di, ya que también fui soldado, mago, médico, cazarrecompensas espacial, superhéroe, villano, pirata, tendero… ¡Si hasta dejé de ser persona para ser animales! Es curioso como en nuestra infancia lo éramos todo y éramos buenos en lo nuestro, en ser nosotros y no como ahora, que andamos intentando copiar fielmente lo que resulta bueno para otros.

Fueron en mis calles, que a la vez eran de todos, donde se gestaron los pilares de mi vida, donde se dieron todas aquellas pequeñas historias con las que mi personalidad se fue configurando, si soy más mentiroso es porque otros lo han sido conmigo, si me muestro impaciente es porque me han dado en muchísimas ocasiones las cosas antes de pedirlas… no puedo negar que mis yos son vuestros.

Tirando de mí a todas horas, todos los días ¡y los que me quedan! Si fuera por mí, devolvería los acid a las camisetas, las pegatinas de la Pandilla Basura a mis bolsillos y la canasta de basket oxidada a mi patio. Y es que es curioso que por mucho que odiáramos al colegio, a la vez a él volvíamos para saltar sus verjas casi todos los fines de semana y jugar en sus porterías, sentarnos en sus soportales a charlar de las cosas más importantes del universo y pintarrajear nuestros amores en sus muros. Ahora, al parecer, sólo las excusas nos justifican para hacer las cosas y los sueños por los que nos movíamos los hemos sustituido por los ideales opresores de la sociedad. He reflexionado mucho sobre ello y creo que hacemos mal, creo que ser médico sin curar, villano sin maldad, pirata sin barco, soldado sin matar y tantas paradojas más, era lo correcto, al mago sin magia… no lo incluyo, porque indudablemente… magia en aquellos días… sí que teníamos.