MI MUJER Y YO VAGABUNDEANDO POR ESLOVENIA

Jošt Gantar www.slovenia.info

Cuando eres autónomo no existen jefes, horarios fijos ni tarjetas para fichar. Sólo existe el trabajo. Trabajo, trabajo y más trabajo. Yo lo sé muy bien, porque desde que me hice autónomo ya no hay sábados y domingos, ni días laborales y festivos. Me paso todos los días trabajando: a veces diez o doce horas, otras tres o cuatro, con lo cual nunca consigo desconectar de verdad. Pero la semana pasada mi mujer me obligó a tomarnos unos días de vacaciones. Era eso o el divorcio. Yo he sopesado bien los pros y los contras, y al final me he decidido por las vacaciones… ¿sabéis cuánto cuesta un divorcio en tiempo y dinero? :-)

Así que decidimos irnos. ¿Pero dónde? Normalmente nos gusta viajar por Italia, descubrir los pueblecitos poco visitados por los turistas, o perdernos por alguna ciudad lejos de los típicos circuitos. Pero esta vez nos apetecía ir al extranjero, explorar un sitio totalmente nuevo. Yo quería ir hacia el sur, a Grecia o Chipre, mientras que ella quería ir hacia el norte (destinos propuestos: Varsovia, Suecia, Viena… ¡qué va!); a ninguno de los dos nos apetecía Francia o Suiza, así que al final decidimos ir hacia el este. A Eslovenia, que a pesar de estar muy cerca, no la conocíamos.

Fuimos en tren hasta Trieste, allí alquilamos un coche y condujimos hasta Liubliana. Tengo que decir que las carreteras eslovenas me han sorprendido positivamente; contrariamente a las alemanas, que son una locura (algo entre una autoescuela de masas y Mad Max), las eslovenas funcionan bastante bien. Claro, hay que comprar los sellitos antes de entrar en el país, algo que muchos extranjeros olvidan hacer, pero por lo demás todo perfecto.

Luca Aless CC

Para dormir en Liubliana escogimos un hotel muy elegante en el caso antiguo, a un minuto del Banco de economía cooperativa que tiene una fachada de colores realmente muy bonita. Otra grata sorpresa fue el precio, ¡un par de noches allí costaban menos de lo que creía! Total, que una vez dejadas las maletas, lo primero es lo primero he dicho yo, y nos hemos ido a comer. Porque las galletas integrales con las que había almorzado mi mujer yo no las cómo ni muerto, vamos).

Así que fuimos a un restaurante cuyo nombre es impronunciable, pero donde se come muy, muy bien y por un precio realmente asequible. Ella pidió una sopita biológica bastante deprimente, yo un caldito de buey con tallarines, y luego pollo con cole hervida (crauti) y patatas. Una comida abundante y sabrosa que he acompañado con un vino blanco de la región eslovena de la Istria que no estaba nada mal. Después de comer mi mujer seguía con hambre (normal, por otra parte, después de la triste sopa que había pedido) así que nos metimos en una cafetería donde ella tomó un café y una porción de tarta mientras que yo probé la tradicional potica (probablemente uno de los dulces más buenos que he comido nunca). La única decepción fue el espresso… que en Italia es mucho mejor.

Por la tarde nos dedicamos al arte y a la cultura. El centro de Liubliana es pequeño pero muy sugestivo gracias a la mezcla de arquitectura barroca, liberty y moderna (un nombre por recordar: Jože Plečnik, el gran arquitecto y padrino ad honorem de la capital). Hay vistas estupendas, y la que se tiene desde el Castillo es excepcional. Hablando de castillos: yo no soy su gran estimador, tal vez porque mi padre está obsesionado y siempre me ha obligado a visitar con él todos los castillos donde iba (al menos hasta que tuve quince años), pero el caso es que yo no voy a verlos casi nunca. Pues tengo que decir que el de Liubliana es realmente estupendo, y dentro hay un museo sobre la historia de Eslovenia que por sí solo merece una visita.

Aleš Fevžer www.slovenia.info

Por la noche nos concedimos una fantástica cena en el restaurante del hotel (yo un filete con pimienta verde, una ensaladita y una birra local muy buena; ella, el tradicional gulash) y luego un paseo sin rumbo por las calles de la capital. Dicen que Liubliana es la “ciudad del amor”, y la verdad es que es muy romántica, con sus colores suaves y el río Ljubljanica, que a la luz de la luna es un espectáculo casi hipnótico. Plaza Prešeren, con la estatua dedicada al poeta nacional France Prešeren, es un pasaje obligado, sobre todo para las parejas con un débil por los amores atormentados: él es una especie de Cervantes esloveno, y todos conocen la historia de su amor (nunca correspondido) por la bella Julija Primic. Hoy la estatua del poeta dirige la mirada hacia la ventana donde Julija, hija de un rico mercante, solía asomarse.

La mañana siguiente mi mujer insistió para que fuéramos a la Galería nacional, que para Liubliana es un poco lo que El Prado es para Madrid. Me han gustado sobre todo los Impresionistas eslovenos, y especialmente Rihard Jakopič, que en Italia es casi desconocido pero en Eslovenia es un auténtico mito nacional. Por su parte mi mujer ha apreciado mucho una pintora más tradicional, tal Ivana Kobilza, otro icono del arte eslovena. Tras un rápido almuerzo en un bar sobre el río, a pocos metros del famoso Puente de los dragones, fuimos al parque Tivoli, el Central Park de Liubliana. No hacía nada de frío, es más, en el sol la temperatura era perfecta. Nos sentamos en el césped como dos estudiantes y nos quedamos allí un rato, yo echando una siestecita y mi mujer leyendo una novela ambientada justamente en Liubliana (“Veronika decide morir” de Coehlo).

Por la tarde fuimos al Museo de arquitectura y diseño (MAO), que para ella que tiene una auténtica pasión por el design era una etapa obligatoria del viaje. Voy a ser sincero, yo no me he enteré de casi nada, me sentía como un vegano en un festival del solomillo, pero ella estaba encantada, le brillaban los ojos. Normal, por otra parte, porque Liubliana es una de las capitales europeas del diseño, donde cada dos años se celebra la Bienal del Diseño que atrae a talentos y expertos de cada rincón del planeta. Por la noche volvimos a cenar en el excelente restaurante de nuestro hotel y luego fuimos a dormir pronto, porque el programa para el día siguiente era madrugar para ir a Bled.

Jošt Gantar www.slovenia.info

Y así fue. El lago de Bled, del que todo el mundo en Italia me había hablado como de un zafiro engastado en un paisaje de cuento, es efectivamente maravilloso. Además de ser super romántico, en este lago de origen glacial surge la única isla de Eslovenia: una pequeña colina de tierra boscosa con una iglesia que muchas parejas eligen para casarse (según la leyenda tocar la campana de la iglesia hace que se cumpla un deseo). Pero Bled es famoso también por su castillo, el más antiguo de Eslovenia. Ya lo he escrito, los castillos no son mi pasión, pero el de Bled es realmente sugestivo, y desde allí arriba el panorama es espectacular.

Comimos en Bled. Algo “ligerito”: cola de buey hervida, salchichas y cerveza. La verdad, hemos tardado un poco en recuperarnos, a mí me ha ayudado un licorcito de la casa (fuertísimo pero eficaz), y mi mujer se ha tragado medio litro de agua con gas… y luego ¡de paseo por los alrededores, admirando la naturaleza y respirando el aire puro! Pasamos la noche en un hotel con spa y a la mañana siguiente salimos hacia Postoina y su célebre cueva.

Alen Kosmač, Sidarta www.slovenia.info

Bien, para los amantes del género fantasy como yo, la cueva de Postoina es una etapa obligatoria en Eslovenia. Decir que es fantástica no es suficiente, allí abajo se tiene verdaderamente la sensación de estar sumergidos en un universo paralelo, donde viven enanos, elfos y demás criaturas misteriosas. También los Proteus anguinus (unos pequeños anfibios ciegos típicos de la cueva) son animales bastante extravagantes, dignos de la pluma de Tolkien. A pesar de no ser especialmente bonitos, a mí me han transmitido mucha tranquilidad: si unas criaturitas tan pequeñas consiguen sobrevivir incluso un siglo en las vísceras de la Tierra, ¡los seres humanos con nuestras super capacidades podremos resistir a cualquier catástrofe ambiental provocada por nosotros mismos!

La última etapa de nuestro viajecito por Eslovenia fue Nova Gorica, la hermana eslovena de la italiana Gorizia. La verdad es que nos ha sorprendido: es una ciudad muy bonita, llena de verde por todas partes. Claro, no tiene la belleza de Liubliana, pero tiene el encanto de las ciudades de frontera, con la identidad híbrida, suspendida en el tiempo y en el espacio. ¡Nos ha gustado muchísimo! Lo cual, creo, dice mucho de lo raros que somos como pareja.