Un verano con el 10

Pipe Olcina
Tres de añadido
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7 min readJun 8, 2021

Vedere Napoli e dopo morire es el modismo más famoso, implantado por Goethe, para referirse a una ciudad que a nadie deja indiferente. Encandilado por sus atractivos para Stendhal, a sus ojos y sin comparación, era la más bonita del universo. Matilde Serao, fundadora de Il Mattino, la describió como pasional, antigua y compleja y Anna María Ortese escribió en “El mar que no baña Nápoles”, que cuando la miraba no podía apartarse del horror y la fascinación que le provocaba una ciudad herida y mágica. Hoy, para Pérez-Reverte, de todas las de Europa, es su favorita mucho más que París, Sevilla o Venecia. “Una ciudad hormigueante de vida, caótica hasta el disparate, incluso peligrosa para quien no conoce el territorio o ignora las reglas”. Sin embargo, ninguno hizo mención al componente de vida que hace latir y funcionar a una ciudad frenopática: el fútbol.

Sin ir muy lejos, en el acmé de la pandemia y a falta de ver al Napoli con el “pezzotto” o acudir al San Paolo, hasta se organizó un torneo de fútbol apoyado por Paolo Cannavaro, haciendo caso omiso a las medidas del Gobierno. Por eso, la mejor frase que he leído sobre Nápoles la dijo el ex-entrenador Ottavio Bianchi: “Nápoles es más que una fe, es vida, una ciudad que anhela la redención a través del éxito futbolístico”. Todo porque hubo una vez un D10S pagano que consiguió que los napolitanos se sintieran vistos y comprendidos de una manera que nunca antes lo habían sido. De ahí, que el fútbol se haya convertido en un vehículo de adhesión para la identidad, memoria y orgullo del pueblo napolitano. Sin importar el rango de edad.

Feligreses de San Gennaro y devotos de Maradona, en Nápoles se mezcla lo sagrado con lo profano y todo se multiplica con una pasión de enjundia desmesurada, única como el Vesubio e inmensa como el mar. Ni el confinamiento o el alto número de contagios en la región de Campania fueron objeción para salir a despedir al Diego por las calles de la ciudad en plena pandemia, el día que este decidió irse a descansar a un lugar más tranquilo porque en Nápoles Maradona nunca murió.

En el sur de Italia siempre es mejor decir que Maradona nunca murió, en vez de decir que Maradona no ha muerto. Porque para hablar de Diego, hay que conjugar el verbo en pretérito perfecto simple, como hacen los argentinos, siempre seguros que lo que dicen ya está definido y no se puede cambiar. “Jugó, venció, meó… y nunca murió”. Sin Maradona, Nápoles costaría de situar en el mapa y sin Nápoles, Maradona sería una leyenda, pero nunca una deidad. Cuando se fue a descansar, quién sabe donde, la ciudad se llenó de esquelas como si hubieran perdido a un padre, un hermano o un amigo, el Napoli le homenajeó poniéndole su nombre al estadio y se hicieron todavía más murales en el corazón y la periferia de la ciudad, como en Quarto o en Frattamaggiore. Como escribió el poeta Miguel D’Ors: “Se fue, pero qué forma de quedarse”.

Mural homenaje a la figura de Maradona en Quarto (periferia de Nápoles), realizado por Jorit Argoch

De Frattamaggiore, a veinte minutos de Nápoles, es Lorenzo Insigne, capitán y emblema del Napoli que hoy conocemos. Suyo fue el primer gol que se marcó en Nápoles cuando Maradona dijo basta y su celebración fue tan emotiva como sincera besando la camiseta conmemorativa al Pibe de Oro.

El rostro de Maradona en la pierna izquierda de Insigne

Fue el penúltimo acto de perdón, antes de tatuarse el rostro de Maradona por toda la pierna izquierda, con tal de quedar absuelto de un pecado que arrastra desde la infancia cuando su admiración rendía pleitesía no a un argentino sino a un brasileño, Ronaldo “Il Fenómeno”. Tardó tiempo Insigne en entenderlo todo: “Soy napolitano y aquí solo hay un rey”. Lo que le costó más fue creer que podía hacer carrera como futbolista.

Rechazado por Inter, Juve e incluso Napoli, a la primera, casi deja el fútbol antes de vestirse de corto. Todos decían lo mismo: “Es bueno, pero es bajito”. Su 1,63 metros siempre fueron una barrera para valorar su grandeza. Subestimaron al enano y eso nunca hay que hacerlo.

No fueron fáciles los inicios. De familia humilde, había veces que Lorenzo se quedaba dormido en el vestuario porque se pasaba todas las mañanas trabajando en el mercadillo con su primo con tal de llevar a casa 50 euros a la semana. A la segunda que lo intentó, el Napoli se lo quedó y cuando firmó su primer contrato (en categorías inferiores) dejó el mercadillo. Como no había ido a muchos partidos, siempre pedía ser recogepelotas para poder ir al San Paolo y su sueño siempre fue jugar un partido ahí: “Si un día pudiera jugar un solo partido aquí con la camiseta del Napoli me moriría feliz”, dijo en The Player’s Tribune.

Sentir la camiseta como un tifoso ha sido una carga horrible para el 24 napolitano con una sensación casi cotidiana de que el corazón jugaba más que su cabeza y sus piernas. Con los años, Insigne ha sido un parangón de pensamiento fácil y terrible castigo con el Diego en el imaginario colectivo del pueblo napolitano. Inocentes algunos de que podía volver a ocurrir y ahora, con alguien de la casa. Insigne ha jugado mucho tiempo con un pavor ineludible en sus piernas por no fallar. Por eso, como dijo Julian Barnes, habría que preguntarle, ¿preferirías amar más y sufrir más o amar menos y sufrir menos?

Insigne, llorando después de fallar un penalti contra la Juventus

A Insigne se le nota el sufrimiento en los poros. Más vehemente que larvado, se ha pasado la vida llorando. De pequeño, cuando perdía dejaba de comer, se enfada y lloraba. Y en la élite, con un sentido de pertenencia inusual quiso cargar con el peso de la ciudad y eso le hizo un futbolista (casi) siempre frustrado. Quizás su cruz fue haber nacido allí, muy cerca de donde Maradona obró milagros, en una ciudad que ahora es santuario porque hasta en la cafetería de la esquina se expone un pelo del Diez como “Capello miracoloso”. Entre el popolo (la gente), siempre se le valoró menos y se le exigió más por ser de allí. Aunque incluso algunos lo llegaron a despreciar por no ser de la ciudad como si Frattamaggiore estuviera más cerca de los Alpes que del volcán. La prensa le catalogó como irregular, que desconectaba rápido y el último que le entrenó dijo que sufría “mutismo selectivo”. Por eso, durante muchos años, Insigne ha sido como un pato en un estanque: en la superficie todo parecía normal, pero debajo del agua… era un manojo de nervios, un mar de dudas y un ciclón de tormentos.

Y eso que nunca jugó con el 10. Nadie lo volvió a hacer en la élite con el Nápoles tras Maradona. Porque como el anillo de poder, ese dorsal cuando el Pelusa se lo enfundaba tenía magia, pero le debilitaba tanto cuando dejaba el campo… Maradona sólo fue libre jugando, porque luego como él dijo “le cortaron las piernas”. Por eso, por miedo y por respeto a partes iguales, Insigne lo tuvo claro cuando le preguntaron si quería vestir el 10 en Nápoles: “Es justo que nadie vuelva a usarlo”.

Insigne celebra con rabia un gol contra el Cagliari

Sobre el campo, salta a la vista que los centímetros que le faltan los llena con talento y ahí se nota que todo lo que le hace diferente a Insigne lo aprendió en la calle, donde no hay alturas que valgan. Loren lleva la cazzimma impregnada y allí empezó a poner en práctica ese tiraggiro, marca de la casa. Sin embargo, cuando le preguntan que aprendió de esa escuela, lo primero que dice es “a no rendirme nunca, y a transmitir toda la garra y la felicidad que siento cuando juego”. Hoy, llega a la Eurocopa después de hacer su mejor año, fortalecido en personalidad y maduro en juego, superando incluso los 17 goles que hizo con Sarri, el que dijo que tenía faccia di culo (jeta) suficiente para aguantar la presión.

De Insigne toda Italia recuerda cuando los ojos encendidos de Daniele De Rossi insinuaron que era él el que tenía que salir a evitar la debacle contra Suecia. No jugó Insigne y no hubo Mundial. Pero, ahora se presenta como el líder de una Italia renovada y con el 10 a la espalda, “digno vástago de un dorsal mítico, después de años de vacío”, escribe La Gazzetta. Pero ocurre que Insigne, sin ser familia política de Maradona como lo es Agüero, tiene que ver más con el Diego que con Baggio, Totti y Del Piero.

Insigne con la camiseta conmemorativa a Maradona

Insigne como su Nápoles no deja indiferente a nadie. Es hormigueante con el balón y caótico por dentro. Herido, mágico, pero sobre todo pasional y complejo. Cuando uno mira a Insigne ve a dos hombres: el hombre que es y el que debería ser. Algún día esos dos se encontrarán para destrabar al tiempo. O no. El final siempre sorprende, aunque esté escrito desde el comienzo. Quizás sea este un castigo eterno por pecar de pequeño o solo parte de un relato mágico que se alimenta de su sufrimiento. Como dijo Máximo en Gladiador, antes de enfrentarse al Emperador: “No nos ocurre nada que no estemos preparados para soportar”.

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