Pequeño análisis sobre las obras “Lolita” de Vladimir Nabokov y “Muerte en Venecia” de Thomas Mann

Por: Adriana María Elizondo Monsivaís

Casi todas las naturalezas artísticas

tienen esa innata tendencia malévola que

aprueba las injusticias, engendradoras de belleza –Thomas Mann

Nunca es fácil definir un adjetivo, sobre todo cuando se busca atribuírsele a una persona con el fin de lograr una descripción de su personalidad. Habrá instituciones, como la Real Academia Española que su trabajo es ponerle apellido a todo tipo de palabra habida y por haber para que estas puedan ser parte del vocabulario sin ser cuestionadas, se pueden basar en la etimología de la propia palabra o en sus raíces, sin embargo, es posible que en ciertas situaciones la definición otorgada a la palabra no sea la justa o adecuada para la ocasión en que se busca utilizarla. El significado que le da un lector a cierta palabra depende de las referencias anteriores y de los conocimientos o cargas emocionales personales que traiga consigo, es por eso que existen tantas maneras de leer un libro, no hay uno sino mil Quijotes, tantos como lectores hay, cada quien crea su propio libro.

Por ejemplo con el adjetivo inteligente, alguien podría juzgar de inteligente a una persona graduada de la universidad y con un doctorado, mientras que alguien más puede pensar que una persona que busca invertir su dinero en vez de gastarlo en la universidad es una verdadera persona inteligente ¿Cuál es el verdadero inteligente? Dice Borges sobre Menard en Pierre Menard, autor del Quijote “La verdad histórica para él, no es lo que sucedió; es lo que juzgamos que sucedió” (Borges 61).

Sería un poco atrevido decir que definir este tipo de palabras es un trabajo para un artista, un trabajo para alguien que tenga los sentimientos un poco más aguzados que el resto y que sea capaz de darle a cada palabra una frondosa explicación con la cual la libere para ser usada en cualquier tipo de ocasión pero que al mismo tiempo este sostenida por un significado, sin embargo seria igual necesario definir lo que es un artista primero y se corre el riesgo de caer en un juego de nunca acabar. Un espacio privilegiado en donde se puede dar la tarea de definir palabras al gusto, es decir, dotarlas de significados propios sin necesidad de registros o reconocimientos, es la literatura. El escritor tiene el potencial de construir mundos y sociedades utilizando palabras a las que él mismo les da significados. La forma en que el autor decida cómo introducir a sus lectores a este mundo es muy importante, ya sea a través del narrador, de uno de sus personajes o de ambos. Puede ser que el lector nunca logre llegar a ser parte del viaje y no sea capaz de dar el salto de su realidad al mundo del libro. En este caso, se queda en un nivel intermedio entre la incomprensión, en donde no le encuentra sentido a la historia, y la vida propia, que no se ve afectada en ninguna manera por el texto. En cambio, cuando el lector logra adentrarse en la propuesta del texto que lee, forma parte de un nuevo escenario y vive situaciones dentro del relato, que al estar de vuelta en la realidad, esta se ve transformada a través de unos ojos afectados por la historia leída. Así sucede con las obras de Thomas Mann y de Vladimir Nabokov. Con La muerte en Venecia el lector presencia la obsesión de Gustavo Aschenbach, un señor de cincuenta años, por un niño, a través de un narrador y desde los ojos del adulto, y en Lolita, la historia es contada a través del personaje Humbert Humbert, al mismo tiempo narrador y obsesionado con una niña de 12 años de nombre Lolita.

Para Nabovok, el narrador es la puerta principal que va ayudar al lector a que se adentre en la historia hasta lograr que olvide sus juicios y valores y se deje llevar por la convicción con que se plasma el modo de vivir y de pensar de los personajes. Para hablar de Lolita, es necesario adelantar unas cuantas ideas clave para tener una base de dónde partir. Puede ser que el lector, al terminar de leer el libro, se dé cuenta de que se ha adentrado tanto en un mundo que no es el suyo que al momento de querer explicar la historia se vuelva algo complicado de comprender para quien no ha leído nunca el libro. Desde que inicia el texto, Nabokov se toma el trabajo de atribuir definiciones a palabras que va a usar durante el texto, y lo hace claramente “Ahora creo llegado el momento de introducir la siguiente idea: hay muchachas, entre los nueve y catorce años de edad, que revelan su verdadera naturaleza, que no es la humana, sino la de las ninfas […] Propongo designar a esas criaturas escogidas con el nombre de nínfulas” (Nabokov 24). Después explica “Hay que ser artista y loco, un ser infinitamente melancólico con una gota de ardiente veneno en las entrañas […] para reconocer de inmediato […] al pequeño demonio mortífero” (Nabokov 25). La descripción hace imposible que el lector divague con otra ideas acerca de lo que se está presentando, el autor deja estrictamente delimitado lo que es una nínfula y no lo vuelve hacer a lo largo de la historia pues el lector tiene la tarea de respetar dicho término y saber que cuando el autor lo vuelva a mencionar, se refiere a un personaje con las características ya mencionadas.

Al usar este tipo de descripciones, el encariñamiento con el personaje es casi inmediato, Nabokov logra que para las primeras cincuenta páginas Humbert Humbert sea como un conocido más, sobre todo por los pies de página constantes en donde explica porqué escogió cierto nombre, o el significado de cierta palabra, usualmente inventada por él. Conforme va pasando la historia, encontrar notas debajo del texto se convierte en una necesidad por querer sentir esta cercanía al personaje, que es el narrador, que al final de cuentas, es Nabokov. Al sumergirse en el mundo de Nabokov, es normal querer que un señor, extranjero, huésped de una casa en Estados Unidos, con antecedentes penales, logre estar al fin a solas con una niña de doce años con la que está profundamente obsesionado. Sentir alivio cuando desaparece la madre de la niña gracias a un accidente, y emoción cuando H.H. tiene que ir por ella al campamento de verano, es también parte de la experiencia Nabokoviana. Sucede lo mismo con La muerte en Venecia, cada vez que Aschenbach se retracta de interactuar con el niño polaco con el que está obsesionado es decepcionante para el lector y la vez que le alcanza a rosar el cabello es emocionante y hasta esperanzador por las ganas de querer ver la reacción del niño. En ambos casos, la historia narra la relación de un ser humano con otro, mas pareciera que ninguno de los dos autores haya querido usar la palabra amor (habría que definir la palabra amor también), pues las relaciones van más allá del típico amor correspondido o no correspondido.

Al igual que con las nínfulas, el acercamiento a las dos historias no debe ser el ordinario. A pesar de que los autores se encargan de que el acogimiento del libro hacia el lector sea gentil y por capítulos, es necesario comprender que el tipo de relación sobre la que se está leyendo no es el convencional. Thomas Mann lo pone así “Pero la pasión, como el delito, no se encuentra a sus anchas en medio del orden y del bienestar cotidiano; todo afloramiento de los resortes de la disciplina, toda confusión y trastorno le son propicios, porque le dan la esperanza de obtener ventajas de ellos” (Mann 83). Son historias de pasión, hombres que no lo planearon, víctimas del sentido de la vista que decidieron no poner trabas a sus sentimientos y dejarse llevar, hombres que hicieron todo lo que les fue posible en su momento para poder satisfacer la necesidad de compañía, ya sea con la simple observación del otro o a través de engaños y amenazas. ¿Qué tipo de hombres? Artistas, un escritor y un profesor, europeos, solitarios, creaciones de autores contemporáneos ambos nacionalizados estadounidenses.

A los dos personajes les ocurrió fuera de casa, quizá es parte de la experiencia de lo nuevo y lo desconocido, la necesidad de querer una aventura, además de como extranjero en otro país, una aventura sentimental. Salirse de las reglas, hacer algo que nunca habían hecho antes.

El asunto es que, de viajeros de paso, se convirtieron en esclavos de sus sentimientos. Que la razón de ser y de existir cambie o tal vez encuentre por primera vez su centro en torno a un niño o niña menor de edad es algo que solo un apasionado está dispuesto a aceptar. O será que la valentía de elegir tomar en serio los sentimientos sobre la razón los haya llevado a vivir la vida con más intensidad. O quizás la situación no les dejó otra alternativa, mas que actuar de acuerdo a lo que sintieron en ese momento sin tener que tomar una decisión sobre cómo actuar. Thomas Mann, incluye un fragmento del diálogo de El Fedón, momentos antes de la muerte de Aschenbach:

Porque has de saber que nosotros, los poetas, no podemos andar el camino de la belleza, sin que Eros nos acompañe y nos sirva de guía; y que si podemos ser héroes y disciplinados guerreros a nuestro modo, nos parecemos, sin embargo, a las mujeres, pues nuestro ensalzamiento es la pasión, y nuestra gloria y tal es nuestra vergüenza ¿Comprendes ahora cómo nosotros, los poetas, no podemos ser ni sabios ni dignos? ¿Comprendes que necesariamente hemos de extraviarnos, que hemos de ser necesariamente concupiscentes y aventureros de los sentidos? (Mann 106)

Es posible que estos personajes hayan vivido una mejor vida que cualquier otro ser humano pasivo con una vida regular. Como se dijo al principio, cada lector crea su propio libro. A pesar de que Nabokov incluye las definiciones exactas para ciertas palabras, jamás muestra escenas o hace alusiones a la moral o a los valores. Es verdad que H.H. pasa escondiéndose, él y a Lolita, para no ser denunciados ante la ley, pero cuando estaba a solas con ella no dudaba ni un segundo de que era lo que quería. Si Aschenbach y Humbert Humbert se hubieran conocido, habrían compartido su experiencia de obsesión desenfrenada hacia menores de edad pero dejando que la conversación fluyera alrededor de la belleza y los sentidos y no de los pensamientos terrenales y humanos. Hablarían de la naturaleza del hombre y del instinto animal y no de perversiones ni reglas. Es importante resaltar cómo las palabras están cuidadosamente pensadas y escogidas por los autores que nunca llevan al lector a sentirse en un ambiente gráficamente erótico.

Qué adjetivos serán los adecuados al momento de hablar sobre Gustavo Aschenbach o sobre Humbert Humbert. Atrevidos, inadaptados, extraños, enajenados, valientes, egoístas, orgullosos. ¿Será posible, como Nabokov, construir un mundo con significados propios y lograr que la gente cercana comprenda tales significados para así ser juzgados bajo nuestras propias reglas? A Mann y a Nabokov no les importa, sus personajes hacen lo que más desean y además logran contagiar al lector de esta ansiedad por saciar los sentimientos ya sea moralmente aceptable o no. Al final, las dos historias narran cómo un individuo se obsesiona/enamora de otro, sin embargo es la forma en que se narra la historia lo que hace que estos libros sean, como Lolita y como Tadzio, una compañía, no siempre agradable, para los sentimientos.

Bibliografía

Mann, Thomas. La muerte en Venecia. Editorial ANDRES BELLO. Tercera edición 2001.

Nabokov, Vladimir. Lolita. Editorial COMPACTOS ANAGRAMA. Séptima edición 2007.

Borges, Jorge Luis. Ficciones.

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