Él siguió viviendo

Hace siete años tuve que partir. En ese momento no sabía si volvería, tenía miedo y mucha ira contra el mundo, contra Dios. Hoy estoy regresando y aunque tengo miedo, no es el mismo miedo. Hoy tengo miedo de haber sido olvidada, hace siete años tenía miedo de olvidar.

Estoy emocionada de ver nuevamente mi casa con su color vivo y escuchar la fuente, a Pancho y Paco ladrando. Ha sido mucho tiempo de ver habitaciones blancas y escuchar el sonido de máquinas avisando que aún vivía, como si el dolor que sentía no me lo recordará.

La mayoría del tiempo no podía enfocarme en otra cosa que no fuera el miedo a morir y al mismo tiempo las ganas de dejar de sentir dolor. Sin embargo, en algunos momentos habían brotes de esperanza y en ese momento pensaba en la promesa de volver que antes de marcharme hice con lágrimas en los ojos y mentiras saliendo de mi boca, diciéndole que tenía la plena certeza de que regresaría.

Finalmente el avión va a aterrizar. Estoy sudando. No logro controlar mis extremidades. Anhelé tantas veces este momento, no puedo creer que ahora me esté acobardando. Respiro profundo, sonrio y me preparo para bajar.

Cuando recupero todas mis maletas veo entre toda la gente a mi amiga Mónica sosteniendo una pancarta que dice: “Estoy esperando a una sobreviviente”. No es la misma Mónica de la que me despedí hace siete años, ha cambiado. Está más alta, tiene el pelo rojo, un par de tatuajes en los brazos y un piercing en la nariz; aunque ya la había visto en fotos, me sorprendió verla y no porque Mónica cambió, sino por la sensación de haber desaparecido por mucho tiempo.

Llego a mi casa, es justamente como lo esperé por tanto tiempo. Esa sensación de seguridad, de que todo nuevamente va a estar bien. No puedo creer como estuve tanto tiempo sin entrar en mi habitación, sin tirarme a la cama y dar vueltas. El corazón se hincha de felicidad. Vuelvo a sentir confianza y tranquilidad… Vuelvo a sentir algo que no es dolor ni esperanza.

Después de unas cuantas horas me decido a salir de la casa, a enfrentarme al mundo… A encontrarme con esa persona por la que tanto he esperado. Quiero mostrarle que estoy bien, que podemos recuperar el tiempo que perdimos, que cumplí mi promesa y regresé.

Él me está esperando donde acordamos, en la banca donde compartimos risas y a veces llanto. En esa banca, debajo del árbol, donde escribimos nuestros nombres y juré que regresaría y él juró que me esperaría. Sin embargo hay algo que no calza, el no me está esperando de la forma que creí que lo haría.

Me saluda de una manera cordial, y yo trato de mostrar toda mi alegría. Empiezo a hablar de todo lo que he vivido, de todo lo que esperé por volver a verlo, por abrazarlo y sentir el amor que siempre nos unió, ese amor puro y sincero. Pero a cambio lo que recibo son cumplidos de mi apariencia, comentarios de lo fuerte que he sido y de lo mucho que se alegra de que esté bien, sana y que sea una sobreviviente del cáncer.

Yo no quiero escuchar eso. Quería escuchar que me había extrañado, que me quería abrazar y besar después de tanto tiempo. Escuchar que seguíamos siendo la pareja que duraría para siempre, como todos decían, pero no fue así.

Mientras hablamos llegó una mujer alta, delgada, de pelo oscuro y ojos audaces, él la abraza y sonríe, era su novia. En ese preciso instante me doy cuenta que me aferré a un recuerdo, a una historia de amor de un libro que ya había acabado. Luché tanto por volver a un lugar que hacía mucho tiempo dejó de existir, a unas cartas de una persona que nunca prometió nada y yo quise creer que sí. Yo puse mi vida y mis fuerzas en él, en esa promesa, porque yo estaba cansada, encerrada en un rincón de mi alma herida y con miedo.

Antes de despedirme solo le pregunté: ¿en algún momento nos amamos?, tenía miedo de escuchar la respuesta, pero aún así debía preguntar. El solo respondió: En ese momento estaba seguro que era amor, pero después de tanto tiempo, me es difícil afirmarlo.

Él tenía razón, mucho tiempo había pasado, no me había dado cuenta de eso. Ahora es tiempo de seguir viviendo. Le dije gracias… el no entendió porqué. Gracias por ser la promesa a la cual me aferré cuando todos me habían dejado ir.