Otra Brevísima Historia del Todo

Una gran fogata extendiéndose bajo un cielo impecable en las afueras de Alta Gracia, el mismo en el que decidimos quemar nuestras inhibiciones y defectos hace ya tanto tiempo. Una llamada inadvertida, una pregunta fuera de lo común: «¿Te espero con chocolatada o café?», amiga del norte, nos comprometimos a aprobar ese año. Brindis de colación, noche estrellada en salón alquilado, donde prometimos no cometer los mismos errores aunque la mala racha pronosticaba cinco años más. Esa noche, durante ese regreso, un amigo me confesó que muchos años después todo terminaría siendo un mal recuerdo.

Recuerdo.

Recuerdo de joven en pueblo de Traslasierra. Una promesa, ilusión óptica de ambigua intención; en un banco de plaza se encontrarían aún nuestras iniciales de haberlo escrito con otro material. Nos perdimos en un sendero empinado un verano, desembocaba a un cementerio de décadas de desuso. Nos protegimos bajo un árbol cuando comenzó a llover; tarde por las noches aún recordamos el sonido reverberante de las gotas sobre las hojas… y esperamos.


Esperamos.

Esperamos un cambio: ver el sol brillar, la resolución necesaria y un final feliz. Aquel cumpleaños un familiar me regaló una pluma dorada: «…que tus relatos siempre lleven moraleja», escribir como misión última y altruista. Libros de tapa blanda, una polaroid olvidada, un séptimo piso; me invitó un helado una tardecita de invierno, llegamos tarde a clases ese día y la profesora nos miró con desdén. Ese fue el último año que la vi. Un mensaje de texto, una pregunta inocente: «¿Qué es la felicidad para vos?», no supe qué responderle, no aún.

Aún.

Aún años después, inconscientemente evito esa esquina, esos bares, esas heladerías. Aún mantengo mi peor característica: el orgullo. Aún busco respuestas en biografías de otros. Aún. Tarde de Alta Gracia: una cartulina, una fogata y tres opciones (las primeras dos, descubrí después, eran las incorrectas). En una actividad alguien me dedicó anónimamente una oración: «Deberías pensar menos». Jamás un extraño me leyó de una manera tan fácil. Ese mes me compré una Polaroid usada y le pedí a la hermana de ella que nos tomara una foto. La llevo conmigo a donde vaya, en honor a su memoria.

Memoria.

Memoria, no como alimento de nostalgia, pero de aprendizaje. De no cometer los mismos errores (¿habrá terminado la maldición de los cinco años?). De recordar nuestros santuarios en cementerios olvidados en la lluvia. De llevar dentro nuestro a personas que marcaron el pasado, que nos cambiaron y que, mediante nosotros, vivirán y serán la voz de nuestra conciencia. Memorias que, simbólicamente, se manifestaron en un sueño.

Sueño.

«En el sueño volvía en el pasado cinco años. Una nueva chance, una nueva oportunidad; estábamos en el acto de fin de año y mis compañeros, cuando recibí el diploma, se pararon para aplaudir. Ahí, sentado en la penúltima fila había una figura de negro, que se levantó y siguió camino al atrio. Me encontré cara a cara con él y me susurró lo siguiente: “Mirá, mirá bien, porque ésto es y lo es todo”».

(ver primera parte)

One clap, two clap, three clap, forty?

By clapping more or less, you can signal to us which stories really stand out.