A Little Joyce

Ensayo sobre “Una pequeña nube” de James Joyce

Un dublinés perteneciente a la clase alta, que apodaban Little Chandler más por sus maneras que por su contextura física, se despide de sus compañeros de mesa de Kings Inn. Sale por Henrietta Street, dobla a la derecha en Capel Street, cruza el río Liffey por el Grattan Bridge, y se dirige al bar Corless (cerca del muelle North Wall) para reencontrarse después de ocho años con su amigo Ignatius Gallaher. Joyce no escatima en detalles, sobre todo cuando los considera imprescindibles. Esta descripción precisa de las calles, lugares y recorridos persisten a lo largo de toda su obra, definiendo una cartografía literaria de Dublín y sus habitantes.

A diferencia de la perspectiva romántica de lo urbano que nos plantea Woody Allen en su largometraje Medianoche en París (2011), con las calles y pasajes de la capital francesa evocando personalidades de una época pasada y mejor, Joyce nos muestra la mediocridad de Dublín, una ciudad europea que para él siempre fue y será igual (y para mal). En sus cuentos contornea una ciudad acartonada, estancada. Esta situación de parálisis de la ciudad es determinada por sus habitantes, que para Joyce cualquiera de ellos podría ser confundido con Little Chandler sin mayor problema. De hecho, él mismo fue en parte un Little Chandler hasta antes de la adolescencia, cuando recién comenzaba a rebelarse ante la autoridad religiosa y la tradición protestante (en la escuela lo apodaron Little James). Probablemente así pudiera haber sido la vida de Joyce de haberse quedado en Dublín, de haberse quedado a medio camino en sus convicciones. La única vez que Little Chandler salió de la ciudad fue para viajar a la Isla de Man (un cúmulo de tierra sobre el mar irlandés, justo entre Irlanda e Inglaterra).

¿Qué tienen en común los Dublineses de Joyce? Él mismo lo adelanta en el primer párrafo de “Las hermanas”, el primer cuento del libro. La parálisis. “Una pequeña nube” fue uno de los últimos cuentos escritos que completaron esta obra, en 1906, y las situaciones que se le presentan al protagonista se ven intercaladas por una serie de parálisis: se paraliza cuando llega a la puerta del bar para encontrarse con Gallaher, se paraliza cuando éste lo invita a tomar otro whisky, se paraliza cuando el hijo se pone a llorar, y también se paraliza cuando llega la mujer y no puede explicarle lo que está pasando.

En varios cuentos del autor se presenta ante los protagonistas el riesgo de elegir una vida constructiva, provocándoles una confusión o parálisis que se resuelve, epifanía mediante, dando lugar a un final de anti-clímax. Por ejemplo, en “Eveline”, la protagonista tiene la posibilidad de huir con el amor de su vida y realizarse como no pudo ni podrá hacerlo en Dublín, sin embargo, en el puerto, al momento de abandonar la ciudad, no puede hacerlo.

En este cuento narrado en tercera persona, Joyce demarca una dialéctica con límites cuidadosamente trazados entre lo tradicional y lo renovado, lo diferente, lo extranjero, considerado por la perspectiva dublinesa como peligrosamente inmoral. Para resaltar esto último, los únicos edificios que aparecen en el cuento son King’s Inn (una de las más antiguas instituciones legales de la burguesía irlandesa) y el Moulin Rouge (desde la dublinspectiva joyceana, centro de la inmoralidad europea).

Si bien para el pequeño Chandler Gallaher era inferior por nacimiento y educación, la actitud de su amigo se fue apoderando de él. En el recorrido por las calles reconstruye a un Gallaher talentoso, grandioso. Durante la conversación en el bar comienza a aborrecer a Dublín y recuerda su pasado allí como sobrio y carente de inspiración. Los ida y vuelta en la actitud de Little Chandler son representados en su forma de recorrer las calles, por un momento desciende lentamente por Henrietta Street, instantes después caminaba deprisa por la calle. Cuando lo importante no es el detalle, el narrador se vale de una suerte de acelerado cinematográfico resumiendo las historias de vicios y corrupción que cuenta Ignatius haber conocido fuera de Dublín. Mientras, lo que acompaña el transcurrir de la conversación entre ambos es el Whisky (quizás una alegoría a Joyce y los momentos en que realimenta el nexo con su ciudad natal). Cuando ya no hay alcohol de por medio, hasta que regresa el garçon con vasos llenos, se mantiene el silencio. Estas pausas nos permiten masticar la envidia que le genera a Chandler la vida de su amigo, verse como inferior desde la perspectiva de Ignatius, cuando éste le cuenta que anduvo por París y conoció el Moulin Rouge.

Cuando Little Chandler regresa a su casa, observa en una fotografía los ojos de Annie, su esposa. Siente que se casó con unos ojos fríos, serenos, faltos de pasión de la fotografía, y se pregunta a sí mismo si podrá escapar de esa pequeña casa (de esa pequeña ciudad). Es imprescindible prestar atención a las palabras, ya que Joyce no las desliza por casualidad. De ahí la dificultad que encuentran los traductores de su obra, evidente en los distintos títulos de este mismo cuento (en algunos casos “Una nubecilla”, en otros “Una pequeña nube”, originalmente en inglés A little cloud) y los títulos que se le dieron al libro (Dublineses, Gente de Dublín).

El autor tenía especial interés por los idiomas, las expresiones, los localismos. En este cuento se pueden encontrar varios ejemplos: tweed, parole d’honneur, garcon, cocottes, deoc an douris (en la lengua vernácula que reconstruye en sus obras). Joyce recomendaba leer Dubliners en voz alta y con acento irlandés. Lamentablemente sólo en el idioma original se puede apreciar la armónica sonoridad gracias a las palabras y el orden en que las dispone:

As he sat at his desk in the King’s Inns he thought what changes those eight years had brought. The friend whom he had known under a shabby and necessitous guise had become a brilliant figure on the London Press. He turned often from his tiresome writing to gaze out of the office window. The glow of a late autumn sunset covered the grass plots and walks. It cast a shower of kindly golden dust on the untidy nurses and decrepit old men who drowsed on the benches;

En el cuento la repetición vuelve a hacerse presente en el eco del llanto de su hijo, y podemos ver que aprovecha el discurso indirecto libre cuando el protagonista en la piel del narrador exclama ¡No se iría a morir! Viéndose Chandler identificado en el pequeño niño llorando y tomando las palabras de Annie como si las pronunciara para él, calmándolo. El menguante paroxismo no fue sólo del niño. Las lágrimas de remordimiento nos muestran el arrepentimiento, y denotan que todo volvería a ser como al principio. Como a lo largo de toda la obra del autor, los momentos de duda fueron sólo una pequeña nube precipitada en el llanto de su hijo que lo devolvió a su tierra, al polvo que ama (de un poema de Byron que Little Chandler no pudo terminar de leer).