Projekto Epsilono

Este es un borrador del primer capítulo de una novela que estoy escribiendo, cualquier sugerencia, corrección, crítica o comentario será bienvenido. ¡A leer!

We are made wise
not by the recollection of our past,
but by the responsibility
for our future.
- George Bernard Shaw

Capítulo I

Llevo dos horas y casi cuarenta minutos sin moverme de la cama. Marcos asoma una pierna desde arriba de la litera. Está vestido, así que seguramente se levantó para desayunar y volvió a acostarse.

Siempre meto una zapatilla eléctrica en la mochila, los hostels no suelen tener muchos enchufes en las habitaciones. Reviso la primera división de la mochila y mientras me doy cuenta que estaba vacía, recuerdo que la había guardado en la segunda.

Se cuelan por la persiana unos filamentos de luz, prefiero no prender la lámpara así no despierto a Marcos. Necesito tranquilidad, necesito escribir manteniendo la concentración. Cualquier distracción irrelevante puede hacerme perder minutos que más tarde podrían ser indispensables. Y todo tiene que quedar bien registrado y documentado. No puedo arriesgarme a olvidar ningún detalle.

Tanteo la sábana para encontrar el cable de la portátil. Me advierte que la batería está baja. Guardo este documento para no perder lo que llevo escrito. Y tengo mucho más para escribir. Un mensaje completo que transcribir, del futuro. Sí, del futuro.

“Sabrina — URGENTE modificaciones de la app” decía el asunto de un correo sin leer. Mejor cierro esa pestaña. No quiero distraerme. Miro el reloj en la pantalla. Ya pasaron tres minutos sin ninguna notificación en la tablet. Sospecho que terminó el mensaje.

¿Me creerías si te dijera que esta aplicación, que recibe un mensaje dividido en cientas de partes está conectada vía internet a una máquina en un laboratorio, diseñada para recibir paquetes de información del futuro? Yo tampoco. Para sonar más convincente voy a contar todo desde el principio. Esto empezó ayer …

El Parque Sarmiento es de unas proporciones extraordinarias. Debo haber recorrido más para llegar hasta el escenario que desde el hostel hasta la entrada del parque. Me metí por el sendero de cemento, caminando a la par de los postes de luz. A mi derecha unas fuentes, y un puentecito que llevaba hasta otro sector del parque. Las personas en grupos pequeños y grandes avanzaban como zombies siguiendo la música que detonaban los parlantes. Mientras, las ráfagas cortas de viento fresco relajaban el calor. Cuanto más me acercaba al sector designado para los recitales, más aprisionado me sentía, sobre todo por los zombies. Los alivios del viento eran cada vez más reducidos.

Ya a pocos metros del escenario, el hedor humano se convertía en algo insoportable. Sus brazos y codos bloqueaban mis movimientos. Deseaba ser un poco más alto, al menos hubiera podido respirar mejor. Y no quería ser de esas personas que se quedan sin aire y el cuerpo se les desmaya. Llamaría demasiado la atención, y era lo que menos necesitaba en ese momento.

Con los patos, el olor nauseabundo de las lagunas artificiales, las chimeneas de los carros de comida con el humo choripaneado; con eso no me incomodaba. Tanta gente, en cambio, me mareaba.

Sería más difícil explicarlo si no estuviera acostumbrado al vértigo. Afortunadamente lo estaba. La sensación que me ahogaba era vertiginosa. Los demás humanos me mareaban. Su presencia me mareaba. No hubiera ido a ese lugar saturado de gente si no fuera por el festival donde cantaba “mi” Tarja Turunen.

Protegiéndome de las poderosas miradas ajenas avancé sobre el cemento que ya quemaba mis zapatillas, resguardado bajo la gorra. Ayer el azar quiso que usara la verde, con el logo de un equipo de basket. ¿O era de baseball? (acabo de verificarlo: los Celtics son un equipo de basket de la ciudad de Boston, Estados Unidos).

Las defensas que la gorra me proporcionaba se estaban debilitando. El sol apuntando ininterrumpidamente me sofocaba. Sentía cómo los poros se agrandaban al tamaño de los agujeros de una nariz aguileña. Trataba de enfocar la mente en el escenario, donde la banda estaría por empezar a tocar. El staff de sonido parecía moverse en cámara lenta. Los observaba transportando parlantes que aparentaban ser más pesados que un rack de servidores.

¿Habría aumentado la fuerza de gravedad en esos segundos? En esos momentos la gravedad se había convertido en relativa. Desde mi punto de observación alcanzó niveles que de forma inminente iban a provocar un colapso del planeta sobre sí mismo. Cada movimiento del cuerpo me costaba, y además tenía que razonarlo. Los cálculos de posición inicial y posición final que se suponen automáticos debía resolverlos conscientemente. Ni siquiera tenía una computadora cerca para asistirme con la aritmética. La rotación de cada conjunción de mi cuerpo estaba paralizada, supeditada a mi capacidad de cálculo. Pretender esto y al mismo tiempo una caminata natural hubiera resultado en un búcle infinito. Los movimientos toscos de mis brazos y mis piernas — extremidades de las que apenas percibía sensibilidad — me alejaron de la multitud. Todos debían haber pensado que estaba loco. Hasta podía escuchar sus pensamientos, esas voces murmurantes me acompañaron hasta la bocina que tocó un taxista. Me paralicé en el acto. Las ruedas de goma pasaron a milímetros de mis pies. Miré alrededor. Estaba de nuevo en la entrada del parque. Ya no había otras personas, solo coches amontonándose en hora pico. Bueno, y la sofocante enana amarilla que no se movía de su lugar.

Aunque me llevara al camino más largo, caminé por la vereda que iba en la misma dirección que los autos. Bajé por la avenida controlando detalladamente la respiración. Respiración profunda. Uno, dos tres, cuatro, exhalo. Mi cuerpo empezaba a retomar su funcionamiento autónomo. Me deslizaba a paso rápido — el ritmo es algo que nunca llegué a controlar bien.

Ya tenía la mente relajada, como para mirar al futuro. Pensé en lo cómoda que iba a sentirse la cama: la suavidad de la sábana. Recostaría la cabeza en la almohada de algodón. Incluso antes podría darme una ducha. El parque me hacía sentir sucio. Los bichos debían estar haciendo una fiesta por toda mi piel.

Al hacer el check-in no me pidieron que complete los datos en sus formularios. Me preocupaba tener que hablar con el encargado — no hay nada más lindo que entrar al hostel y seguir de largo hasta la habitación sin interactuar con nadie -, pero por otro lado me entusiasmaba tener unas cuadras más para pensar cómo me iba a llamar durante esta estadía; de dónde era, de qué trabajaba. Siempre me gustó inventar estos personajes que tarde o temprano iba a necesitar.

Noté que muchos negocios estaban cerrados, sus dueños debían estar durmiendo. En pocos minutos me sumaría a ellos, en una tradicional siesta cordobesa.

”Le Grand Hostel”. Un mural enorme marcaba la entrada sobre el balcón. Después de subir por las escaleras y atravesar el patio, me metí en la habitación. Las persianas bajas no permitían el ingreso de ninguna luz. Con los dedos tanteando la pared por fin logré darle al switch. Lo primero que noté fue sobre la cama una mochila azul, que no era mía.

Deberías imaginarte mi sorpresa al ver una mochila ahí que no era mía. Pero eso no era todo, cuando logré desenfocar la mirada para observar toda la habitación, vi una portátil encendida. Tampoco era mía. Entré con los pasos indetectables dignos de un ninja, y me asomé por todos los rincones. Abrí las cajoneras, aunque hubiera sido ridículo que encontrara a alguien ahí. A menos que fuera un alien medio enano. Qué ridículo, pensé. A un ninja nunca se le pasarían esas imágenes por la cabeza. En el baño tampoco parecía haber nadie. Ja, pero podría haberse escondido en la bañera, detrás de las cortinas adornadas con peces de colores.

Era un escondite perfecto. Planté mi oído junto a unos dobleces de la cortina intentando escuchar algún tipo de respiración. Nadie. Puro silencio.

Retrocedí unos pasos y, desde la puerta, estiré el brazo para cerrar de golpe la tapa del inodoro con la esperanza de que el ruido sobresaltara al invasor. Salí del baño de un salto y asomé la cabeza. Sin embargo, nadie se sobresaltó.

Había agudizado tanto los oídos que creía escuchar el mecanismo del disco magnético de la portátil del invasor. ¡Estaba encendida! Ahora tenía un objetivo más interesante. De nuevo entré al baño y corrí de un golpe la cortina. Obviamente no había nadie. Con la amenaza disipada ya podía ponerme manos a la obra, a averiguar qué había en esa computadora, y lo más importante: de quién era y por qué estaba ahí.

Cerré la puerta de la habitación, trabándola con las cajoneras que encontré más cerca. No podía arriesgarme a ser descubierto nuevamente revisando pertenencias ajenas.

Apoyé los dedos sobre la tapa y con el pulgar hice un movimiento para desactivar la traba. Sosteniendo la base con la mano izquierda, levanté la tapa con la derecha. Con un pequeño movimiento en el touchpad se iluminó la pantalla. Cuatro consolas abiertas y una barra de estado muy delgada monitoreando los recursos del sistema, y el reloj. Parecía un Linux con escritorio Awesome o i3. El invasor desconocido sabía cómo usar bien una computadora.

Desde una de las consolas verifiqué los procesos que estaba ejecutando. En background: boinc-client, ¡el servicio del SETI!. Lo usa la organización de búsqueda de inteligencia extraterrestre para que personas de todo el mundo puedan colaborar con el procesamiento compartido de sus computadoras para analizar las señales recibidas en sus platos satelitales, en busca de patrones que pudieran significar que son producidas por vida inteligente fuera de este planeta. TL; DR: este invasor es un nerd.

El nombre de usuario mcs no me decía nada. Probablemente hubiera sido más desafiante descubrir su identidad ingresando comandos extravagantes en la consola, pero tenía su mochila a menos de un metro. Revisé uno de los bolsillos, y ahí estaba: su documento. “Marcos Balbiani”. Eso fue fácil. Un error de principiante que yo jamás hubiera cometido. Mis documentos: siempre encima. Y si dejara un DNI en la mochila, sería uno falsificado, con un nombre muy distinto al mío.

Ahora solo restaba ir a la recepción y preguntarle al inoperante del encargado qué hacía Marcos en mi habitación, cuando claramente solicité todas las camas. Al cobrarme no dudaron en aceptar mi pedido.

Con el documento del invasor de habitaciones arremetí hasta la recepción pisoteando por el patio. Tenían que percibir mi enojo, y no pensaba ser sutil.

Lamento que nadie haya oído mis pasos de furia, el escritorio estaba vacío. En un segundo intento de explicitar mi enojo, soné deu n golpe al llamador. El “cling” de la campanita se debe haber escuchado hasta la sala de esparcimiento, de donde salió un hombre de contorno corpulento que cubría toda la puerta.

La sombra se convierte en un hombre simpaticón que vistiendo unas bermudas y camisa floreada parecía más bien una señora. Mientras se acercaba, lo provoqué. “Cling, cling, cling”. “Hola señora” — se me escapó. Fruncí el ceño para no perder el enojo. También levanté el puño derecho en forma de protesta, espero que lo haya notado, porque estaba realmente furioso.

No pareció haberme escuchado.

Se acercó lentamente hasta el otro lado del escritorio, apoyó las peludas manos en el mostrador e hizo una mueca con la boca.

“¿Te gustó la campanita, Peter Pan?” dijo, al tiempo que sacaba medio pebete de jamón y queso de su bolsillo y se preparaba para deglutirlo.

“Cuando me registré pedí específicamente que se me reservaran todas las camas de la habitación, y acabo de verificar que alguien le asignó una a un tal Marcos.”

La señora masticaba el sandwich y las migas saltaban hasta la remera, y de la remera al mostrador.

“Alcanzame esa planilla”. Con cada sílaba salpicaba pequeñas bolas repugnantes de pan. Di un paso para alcanzarle los papeles encarpetados (no estaban a más de medio metro).

“Acá veo a un Marcos, pero no hemos registrado a nadie más en esta habitación.”

Había olvidado con el enojo que nunca llegué a completar el formulario de ingreso.

“¿Cómo es su nombre?”

Estuve a punto de responderle Peter Pan, pero me contuve. “Me llamo Pedro”, quizás entendería la ironía.

“Bueno Pedro, necesito que completes estos datos y firmes acá” me señala en el papel, soltando unas migas más. “Y acá, así lo completás tranquilo. Después cerrá la carpeta y guardala allá.”

Esas fueron sus últimas palabras antes de volver arrastrándose a la cueva. Inútil fue insistir, mi problema no iba a ser solucionado. Completé el formulario y volví a la habitación.

Necesitaba mi lugar, sin interrumpciones humanas para terminar con tranquilidad unos trabajos que se acercaban al deadline. Tomé mi sábana. El olor a humedad indicaba que hace mucho tiempo no se usaba. Desde cada una de las dos puntas y con un movimiento rápido explayé la tela. Las partículas de polvo volaron cubriendo toda la habitación.

Bajo la sábana improvisé un cubículo de concentración, detrás de los lockers. Solo restaba encender el portátil y ponerme manos a la obra.

Como todos los días abrí una consola con irssi para chatear, y otra con el navegador para revisar los correos en busca de nuevas modificaciones por codificar. Líneas y líneas de código ya fueron escritas para este proyecto que me pidió Sabrina. Tengo más clientes, pero la mayor parte del trabajo me lo provee ella. Lamentablemente no nos llevamos tan bien (a ella no le importa con tal de que le solucione los problemas a tiempo). Nuevamente, como todos los días, el primer mensaje sin leer que vi fue uno suyo. “URGENTE …”, así empezaban todos los correos que me enviaba. La urgencia suele ser algo relativo a eventos menos importantes, pero para Sabrina la urgencia era siempre absoluta.

Después de chatear unos minutos, abrí el emacs. Apoyé los dedos sobre el teclado elevando las muñecas con la celeridad de un pianista y empecé a proyectar sentencias de Python en la pantalla. Siempre la misma rutina. Terminaba una modificación y hacía un commit.

Ctrl-x, Ctrl-s, guardé los cambios. Preparé el comando para hacer el commit. Mientras revisaba el código, la entrada de alguien golpeando la puerta me dispara el comando del susto. ¿Sería el invasor? Cerré la tapa de la portátil lo más discretamente posible y aguardé en silencio.

El olor a humedad de la sabana sobre la cabeza, las piernas en posición de cama india, mi espalda contra la pared. Podía escuchar un leve “tac, tac, tac”. Era el disco de mi máquina. Empecé a calcular mentalmente si desde la distancia donde estaba la puerta y el presunto invasor el ruidito sería audible. Lo descarté enseguida, y si llegaba a tener el súper oído de Superman, que supiera donde estaba iba a ser el menor de los problemas.

A través de la sábana solo podía ver luces y sombras. Claramente la señora corpulenta no era. No podía distinguir si habían pasado varios minutos o apenas unos segundos. El hombre flacucho se había sentado sobre la cama donde dejó su mochila y su PC. Luego de un par de tecleos se levantó, y de un paso avanzó hasta mi cubículo. Dio media vuelta y volvió a la cama. A los pocos segundos avanzó nuevamente. Esta vez tiró de la sábana hacia arriba provocándome un escalofrío. Con la piel congelada preferí apuntar la mirada al piso. No podía fijar los ojos en el invasor, ese que había osado ocuparme la habitación.

“Permiso… ¿Todo bien?”, preguntó, seguramente ironizando ¿Cómo iba a estar todo bien? El sabía exactamente lo que había hecho. Sus palabras no hacían más que reafirmar el atrevimiento y provocarme.

“¿Qué hacé ahí escondido?¿Tené frío?”, insistió. El sarcasmo de Marcos no tenía fin. El flacucho se había acortado los rulos pero la cara me fue fácilmente reconocible.

Mis palabras valían demasiado como para gastarlas en alguien tan desconsiderado. Me avalancé sobre la sábana para reconstruir el cubículo y un zapato de cuero aprisionó la tela contra el piso. “Si no te molesta me voy a bañar, ¿tené una toalla? Le pedí una a Ignacio pero veo que no me la trajo.”

El invasor ahora pretendía impregnar su prepotencia en mi toalla, y yo no iba a permitirlo. “No”, le dije. Y pareció haber entendido el mensaje, porque volvió a dar media vuelta, sacó un bollo de ropa de su mochila y se metió en el baño.

Ya librado de Marcos, retomé la sábana. Una vez más en mi cubículo, empecé a preguntarme cómo haría para trabajar con tranquilidad en un entorno tan hostil. El repiqueteo de las gotas de la ducha salpicaban hasta mis oídos. No podía concentrarme y me preguntaba: ¿Debería interrogar a este individuo para cerciorarme de que no sea algo peor que una presencia molesta? ¿Será casualidad que terminó acá o está persiguiéndome? ¿Podría ser Sabrina, que envió un espía nerd para vigilar cómo trabajo? Siempre pensé que, aunque no me soportara, me tenía confianza, por más que mi trabajo suela calificarlo como insuficiente o incompleto. Recordarla despertó nuevamente mi responsabilidad por terminar el trabajo a tiempo. Manos a la obra.

Después del último commit de la tarde, desarmé el cubículo y guarde la máquina en mi mochila. La sábana nuevamente pasó a cumplir su función de cubrir el colchón. Marcos, tecleando en su portátil. Me acerqué para interrumpirlo. Era hora de comenzar el interrogatorio que en el futuro me salvaría de un quilombo. Primero debía mostrarme más simpático, mi papel anterior debe haberlo dejado preguntándose si era un psicópata o un asesino, y no es la mejor manera de empezar una conversación.

“Ehm… disculpame que no te presté la…”

“¡Todo bien!” me interrumpió. Giró su cabeza y sonrió como si le estuvieran por sacar una foto.

“¿Usas Linux?” le pregunté, tratando de generar un vínculo y ganarme su confianza.

“Gnu/Linux. Linux é el kernel, Gnu é el sistema operativo.”. A estos ya los conozco, pensé. Los fanáticos de la escuela de San Ignucio. Probablemente esté usando todo software libre. Estuve a punto de preguntarle si estaba usando Hurd (un kernel libre que sigue en desarrollo por años y parece que nunca va a estar completamente terminado), pero logré resistir la diabólica tentación.

“Claro, Gnu/Linux” respondí. Espero que mi sonrisa haya sido creíble. Intenté elevar no sólo las comisuras de los labios sino también los músculos del pómulo y el entrecejo.

Marcos volvió a girar la cabeza hacia la pantalla. Podía ver que estaba armando unas diapositivas en LibreOffice. Unos gráficos de líneas decoraban la página y datos que parecían indicar patrones numéricos. Arriba, el título: “Compatibilidad en mapa del SETI”.

“¿Trabajás con el SETI?” pregunté con un tono de voz un poco agudo, mostrándome inocente.

Giró su cabeza dos veces rápidamente. Me miró, miró de nuevo a la pantalla. Unas combinaciones de teclas y ya estaba mostrándome el monitor de actividad. “SETI@home”, “Searching for Gaussians”, “Recorded at: Arecibo 1.4GHz”. Al leer Arecibo recordé la película Contacto. Los platos satelitales, los paneles, la señal WOW, Jodie Foster.

“¿Vé esto? Son lo dato que recibo en una aplicación para analizar… “

“Claro.” acompañé sus palabras.

“… lo dato recibido desde el espacio. Alguien podría estar tratando de comunicarse con nosotro.”

“¿Como en la película Contacto?”

“Exacto.”

Se me escapó la risa cuando recordé la foto de Marcos en su documento. ¡Claramente intentaba parecerse al personaje de Matthew McConaughey en esa película!

“Pero no trabajo con el SETI”, continuó. “Estoy haciendo una investigación de forma independiente sobre la civilización Annunaki“, dijo, y empujó los grandes anteojos de marcos negros por sobre su nariz, que desde donde estaba yo no parecían tener ningún aumento. Me señaló su mochila. “Adentro tengo un libro sobre lo Annunaki, si te interesa.” Hizo un movimiento con su cabeza invitándome a buscarlo.

Era un libro con pirámides en la tapa y un cielo ardiente. En grandes letras presentaba al autor: Zecharia Sitchin. “¡Tengo todo lo libro de Sitchin!”, me dijo mientras continuaba armando unos gráficos en la PC.

Comencé a hojear el libro y noté varias palabras que se repitetían: “Dios”, “Sumerios”, “Nibiru” … le pregunté sobre esta última: “¿Nibiru?”

“Era un planeta. Lo babilonio lo llamaban Marduk, que significa “cruce” o “puente”. ¿Nunca escuchaste hablar del Planeta X?”

“¿El Planeta X? No…”, esta vez realmente no tenía idea de lo que me estaba hablando.

“El Planeta X es el duodécimo planeta, según lo sumerio. De acuerdo a la teoría de Sitchin, en Nibiru vivía una civilización alienígena de avanzada tecnología: los Anunnaki.”

Mientras Marcos me explicaba sus extrañas teorías de planetas desconocidos, me preguntaba cómo había terminado en una conversación sobre civilizaciones alienígenas. Lo único que pretendía era averiguar un poco más sobre él para evitar cualquier peligro. La historia que me contaba era difícilmente comprobable, pero siempre me gustó la ciencia ficción, así que le permití iluminarme con su sabiduría. Y, hasta ese momento, parecía inofensivo.

“De toda forma, mi teoría difiere un poco de la de Sitchin.” terminaba de decir al momento que una fémina se aproximaba hacia nosotros desde el patio. La mujer llegaba acomodándose un aro en la oreja. Llevaba una pequeña cartera color cuero que se le deslizó por el brazo y estaba a punto de caerse. La restituyó sobre su hombro y dijo: “Vamo Marco, que llegamo tarde.”.

“Ella es mi hermana, Alma.” dice Marcos. “Él es…”. La pausa se había vuelto ya demasiado larga hasta que reconocí que pretendía que le dijera mi nombre. “Miguel, pero acá para todo el mundo soy Pedro.”

“Ajá” dijo la fémina. Se acercó hasta su hermano y le cerró la portátil. “No llegamo”.

“Dejame guardar el archivo y hacer un backup por lo meno ¿O va a hacer vo la presentación sin la transparencia?“

La fémina ni se inmutó. Parecía tener intenciones de hablarme, no sacaba sus ojos de mi. Yo caminaba de un lado al otro de la habitación, deteniéndome solo para cambiar de dirección. Estaba considerando las posibilidades que tenía para esa noche: chatear o leer los interminables foros de Reddit. Comenzaba a decidir, creo, que lo mejor era bañarme y dormir un poco. Los ojos de la fémina continuaban su persecución.

“¿Qué está haciendo? ¿Quemando caloría?” me preguntó. Su ironía era diferente. Su voz era cálida, hasta un poco aniñada. Tenía el pelo arreglado y rasgos de serenidad bajo la frente. Me miraba embelesada y con ternura. Como una madre miraría a su bebé. Me intrigaba su actitud.

“Eh… no, estoy pensando”, le respondí.

“Ah… Miguel el pensador.”. Sueltó una risita. “¿Y qué estás pensando?”

Saqué mi portátil de la mochila. “Tengo mucho trabajo para terminar esta noche”. Era mentira, pero no quería parecer un nerd perezoso y vago. Recostado sobre la cama, coloqué la computadora sobre mi panza y empecé a teclear.

“Ya estoy listo.” dijo Marcos. Se levantó y con la mochila en la espalda se dirigía a la puerta. “Parece que Miguel el pensador trabaja con la computadora apagada”. Miro el monitor y me doy cuenta que la pantomima era poco creíble. No pude más que sonrojarme y acurrucarme contra un costado en silencio.

De reojo los observaba hablando en el patio, del otro lado de la puerta. Debían estar burlándose de Miguel el pensador, creía… ¡ja! Y no me llamaba para nada la atención.

Alma dio dos golpes en la puerta y pasó al interior de la habitación: “¿Queré venir con nosotro? No parece que tenga mucho que hacer y nosotro vamo a una conferencia sobre astronomía. Tenemo una entrada demá…”

Capítulo II

Continuará …

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