Y sin embargo, paré.

Estoy bloqueada físicamente. Lo que significa que estoy bloqueada mentalmente y me cuesta encontrar buenas sensaciones.

Hace tiempo hablaba de las tres cosas que me funcionaban para correr, para lanzarme a la carrera, la primera de ellas, la motivación, es la que parece fallar, sin embargo no por la falta de un objetivo sino por la sensación de que sin él no tiene sentido hacerlo.

Hay veces que pienso en toda esa gente que hace cambios radicales en su vida y cuya consecuencia es la afición extrema a algún deporte como el running o el yoga. Esos cambios son motivados en muchos casos por situación de enfermedad o carencia de bienestar. Yo he sido una afortunada, me ha gustado el derpote siempre. Siempre. Las cicatrices en mis rodillas dan buena fe de lo burra que era. A los 10 años practiqué balonmano, a los 11 taekwondo y a partir de los 13 por fin encontré un club donde empezar con el deporte más maravilloso del mundo: atletismo.

Lo que quiero decir es que hacer deporte siempre ha sido parte natural de mi estado mental, viene de serie, no he vivido una revolución para empezar. La contrarevolución, sin embargo, la vivo ahora que, por alguna razón que no logro encontrar, he parado.


Si me esfuerzo en buscar razones por las que no volver a moverme encuentro cientas, entre ellas el calor, la pesadez, la falta de tiempo, etc. Pero la que más me aterra es empezar y volver a abandonar. Si empujo mi motivación por algún objetivo absurdo e insignificante como prepararme para la próxime media maratón o perder peso, el riesgo de caer en el inmovilismo aparecerá de nuevo.

Tampoco sería justo infligirme algún tipo de hipocondría para hacer running crónico.

Así que he pensado planteármelo de otra manera y si funciona os lo cuento.