Capítulo 1

Para hacer una correcta exposición de la historia del idealismo continental –máxime considerando que la intención de Redding es en cierto modo también señalar los orígenes de las caricaturas continental y analítica – el autor expone en el primer capítulo algunas nociones de la física moderna: el análisis de las maneras en que diferentes autores respondieron a las nuevas teorías físicas será esclarecedor para los fines del texto.

Henry More (1614–1687) tenía creencias en entidades espirituales sobrenaturales. En contraposición a Descartes, More consideraba que si las sustancias espirituales fueran inextensas, serían nada. Así, para More la extensión no implicaba materialidad: los espíritus pueden moverse en el espacio y sin embargo son inmateriales.

Isaac Newton, quizás el personaje más relevante en la ciencia de la modernidad temprana, retomó ideas de More. Su física necesitaba dar cuenta de movimiento que fuera absoluto (no relativo a algún punto de vista), y por lo tanto de espacio que fuera absoluto, es decir, uniforme, infinito e incambiante. Newton propuso que el espacio tenía estas propiedades porque era una suerte de órgano sensorial divino: Dios “siente” las cosas en el espacio. Asimismo, la idea de espacio vacío quedaba al menos parcialmente solucionada: el espacio “vacío”, para Newton, en realidad está lleno de Dios. De manera similar, el tiempo para Newton es uniforme e infinito.

Newton tenía también un interés político con estas propuestas científicas, pues era común en la época equiparar el órden cósmico con el orden político. Si el espacio y el tiempo, fibra misma del mundo, son inalterables, entonces es probable que la estructura monárquica lo sea también.

Berkeley, uno de los máximos representantes del empirismo y el nominalismo, discrepaba de la postura newtoniana por no ser del todo coherente empíricamente. Para Berkeley, la noción de espacio que Newton presentaba era errada, pues la distancia no es espacial, sino sensorial. Lo que me separa de una pared no es una cierta cantidad de metros, yardas o pies, me separa una cierta cantidad de pasos (o de sensaciones de pasos que ocurren en la mente); del piso me separa una cierta sensación que llamamos caída; del futuro nos separa una sensación de duración. Postular que el espacio y el tiempo son entidades reales con existencia distinta es para Berkeley un engaño.

Leibniz también está en desacuerdo con Newton, pero por razones diferentes. Leibniz se compromete con dos principios metafísicos: el Principio de Razón Suficiente (que afirma que para todo suceso, evento o cosa que exista debe haber alguna razón que explique adecuadamente por qué tiene esas características o se llevó a cabo) y el de No-Contradicción (que afirma que todo lo que sea contradictorio, o implique o encierre una contradicción debe ser falso). Derivado del primero es el Principio de la Identidad de los Indiscernibles: si dos cosas cualesquiera tienen exactamente las mismas propiedades y características, son la misma cosa en realidad, pues no habría razón suficiente para que Dios decidiera hacer una copia exacta de algo. Leibniz piensa que si el espacio y el tiempo son uniformes e infinitos, y están conformados por una cantidad infinita de puntos e instantes, respectivamente, todos los puntos son exactamente iguales y por lo tanto son el mismo, negando la noción misma de espacio. Por igual, si todos los instantes temporales son exactamente iguales, como lo proponía Newton, son en realidad el mismo, y la noción de tiempo se desquebraja. Para Leibniz, tiempo y espacio son maneras en que nuestras percepciones se articulan (gracias a las normas preestablecidas por Dios) pero ello no quiere decir que tengan una suerte de existencia independiente.

Habiendo hecho estas distinciones entre las respuestas de Leibniz y Berkeley a la propuesta newtoniana la exposición de la historia del idealismo continental, comenzando por Leibniz mismo, puede ya hacerse más suavemente y con la posibilidad de señalar las diferencias reales entre esta tradición filosófica y la filosofía británica.

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