Capítulo 2

Desde el punto de vista de Paul Redding, es Leibniz el primer autor al que se puede caracterizar como un idealista continental. Recordemos que las características que propone Redding para distinguir al idealismo continental son el intento por reconciliar posturas disímiles, la influencia de nociones platónicas y aristotélicas, y la concepción del conocimiento como necesariamente cargado de perspectiva, para reconocer de qué manera Leibniz puede ser considerado como el primer filósofo de esta corriente.

Leibniz nació en Leipzig, actualmente parte de Alemania, en 1646, dos años antes de que terminara la Guerra de Treinta Años, una serie de conflictos bélicos con orígenes religiosos que afectó a gran parte de Europa. No es arriesgado suponer que Leibniz se dio plena cuenta de las consecuencias de la guerra durante su niñez y juventud; en todo caso el sistema filosófico de Leibniz se puede interpretar como un intento de reconciliar las religiones católica y protestante.

Otra aparente contradicción que Leibniz soluciona o pretende solucionar es la que había entre la filosofía aristotélica y la ciencia de Newton, que rutilaba por su poder predictivo pero era desafortunada en algunos aspectos filosóficos.

La propuesta de Leibniz es caracterizada por él mismo con la palabra «Monadología». En el sistema monadológico se afirma que la naturaleza está constituida por almas absolutamente simples e incorpóreas – mónadas – y que, salvo Dios y las mónadas, no existe cosa alguna. Dios, en su bondad y sapiencia, estableció ciertas reglas armónicas para que las mónadas tuvieran una suerte de interacción: una cosa simple no puede interactuar con otra al no tener «ventanas» o «puentes», pero Dios permite que a la acción de una suceda la reacción de otra, pues ello contribuye a la mayor perfección y bien en el mundo. Así, el sistema de Leibniz 1) retoma la noción neoplatónica de la concepción del mundo como enteramente constituido por almas que en mayor o menor grado se reflejan todas las unas en las otras, 2) retoma las sustancias individuales aristotélicas, y 3) da cuenta de la naturaleza de las leyes del movimiento descritas por Newton.

Las mónadas tienen todas percepciones y apetitos (solo a Dios corresponde tener conocimiento y voluntad), pero la claridad y distinción con que las mónadas tienen percepciones varía enormemente. Las mónadas dominantes de los seres humanos son incluso conscientes de que tienen percepciones y apetitos, mientras que las percepciones y apetitos de una piedra (más bien, de lo que un humano percibe como una piedra) son en extremo simples, confusas y oscuras.

Las mónadas tienen siempre un punto de vista, una perspectiva con diferentes grados de claridad y distinción; pero aquellas mónadas que son capaces de obtener y usar conceptos en cierta medida pueden mejorar o subsanar su perspectiva defectuosa.

Leibniz entra adecuadamente en la propuesta interpretativa que Redding ofrece: construye un sistema filosófico desde cero para de él deducir la explicación de los hechos materiales, trata de reconciliar posturas incompatibles en apariencia pero con méritos no desdeñables, retoma nociones de la filosofía antigua, hace una marcada distinción entre forma y materia (en cierto sentido la materia no existe para Leibniz) y le da un lugar solo secundario a la empiria y a las facultades no racionales del hombre.

Se pueden señalar, sin embargo, dos flaquezas del sistema de Leibniz (independientemente de observaciones y críticas de autores posteriores), a saber, que el pananimismo que representa la monadología dio pie a mística y supersticiones, y que parece que la explicación de la naturaleza del espacio y de los cuerpos es un tanto ad hoc o implausible.

En todo caso, la filosofía del autor tiene un respetable lugar en el estudio histórico de la corriente filosófica que nos atañe, tanto por ser un detonante para el pensamiento de autores posteriores como por sus propios méritos.

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