Queremos burlar a la muerte, ¿o no?

Es evidente que los avances tecnológicos de este siglo están capitalizados en gran medida por temas vinculados a la salud. Uno de ellos es el envejecimiento. Parece que es ahora cuando nos obsesiona la idea de ser inmortales para disfrutar durante más tiempo de los placeres que nos brinda la vida. Sin embargo, como contrastan milenios de historia, el ser humano siempre ha perseguido el anhelo de vivir eternamente, anhelo alimentado por creencias religiosas, mitos y leyendas. Esa inmortalidad que prometía la religión y que cuestionaba la ciencia, alcanza en los últimos tiempos una nueva dimensión gracias a numerosos investigadores y millonarios empeñados en que “todos” alcancemos la eterna juventud.

Durante este último siglo y más notoriamente en los países desarrollados, se ha experimentado un aumento innegable de la esperanza de vida. Esto se debe, entre otros factores, a las medidas higiénicas y de salubridad de comienzos del siglo XX, al descubrimiento de nuevos antibióticos y vacunas, al descenso de la mortalidad infantil y a la implantación de hábitos de vida más saludables. Es increíble como hemos pasado de vivir unos 50 ó 60 años en 1900, a vivir por encima de 80 en muchos países de Europa, estimando incluso superar la barrera de los 90 en 2030, según un informe de la OMS.

La fascinación por la longevidad es tal, que grupos de investigadores se dedican a estudiar la edad máxima de muerte natural en humanos, como el equipo de Jan Vijg, quien afirma que salvo raras excepciones, el límite está en 115 años, y que superar la barrera de los 125 sólo se daría en 1 caso entre 10.000. Todo esto, sin contar los últimos avances tecnológicos. 115 años no son suficientes para quienes buscan la eternidad, o al menos vivir hasta los 500, como Bill Maris, socio fundador de Google Ventures, quien expone que tenemos actualmente las herramientas suficientes para alcanzar esa edad y que espera “vivir lo suficiente para no morir”.

Antes de hablar de muerte tenemos que hablar de envejecimiento. Sobre su significado no hay una respuesta consensuada pero si hay definiciones cuanto menos llamativas. Una de ellas es la del polémico Ingeniero Mecánico del MIT, José Luis Cordeiro, quien afirma que el envejecimiento se puede curar (como una enfermedad) y que en 20 años veremos “la muerte de la muerte”. El famoso divulgador científico, Eduardo Punset, explica el envejecimiento a través de la vida como una “lucha de agresiones celulares y la capacidad regenerativa de las mismas”. Sea cual sea el enfoque, lo cierto es que actualmente podemos encontrar infinidad de publicaciones sobre el tema y empresas de fundación reciente que mueven millones de dólares anualmente.

Intereses como el de Bill Maris, ya comentado, y otros millonarios de Silicon Valley, han llevado la investigación sobre la inmortalidad a su época dorada. Varios son los reconocidos visionarios que han invertido en fundaciones o empresas que persiguen tal fin. Por poner algunos ejemplos: Peter Thiel, fundador de PayPal, ha donado grandes cantidades de dinero a la controvertida Sens Foundation Research y a la Halcyon Molecular ; Larry Ellison, CEO de Oracle, ha donado más de 430 millones de dólares a la investigación para retrasar el envejecimiento, con la sencilla intención de retrasar su propia muerte; Paul F. Glenn, CEO del fondo de inversiones tecnológicas Cycad Group, se dedica a financiar investigaciones de instituciones científicas como el MIT, Harvard, Princeton o Stanford y Dmitry Itskov, millonario ruso que con 32 años ha promovido la iniciativa 2045 para “ayudar a los seres humanos a alcanzar la inmortalidad dentro de tres décadas”.

Estos apoyos han propiciado el nacimiento de varias startups y empresas tecnológicas que se centran en entender las claves del envejecimiento y de las enfermedades asociadas, como el alzheimer, el cáncer o las enfermedades cardiovasculares.

Una de las más destacadas es la ya citada SENS, que a través de su fundador, el conocido biogerontólogo Aubrey de Grey, estudia los cambios en el metabolismo causantes del deterioro progresivo del organismo.

Otras, como la americana Ambrosia fundada por Jesse Karmazin, experimentan con el rejuvenecimiento de las células mediante transfusiones de sangre desde personas jóvenes. Esta empresa, que ya tiene más de 100 clientes, adquiere bolsas de sangre procedentes de personas menores de 25 años y las pone a disposición de aquellos mayores de 35.

El modelo se apoya en los resultados generados por investigadores de la Universidad de Stanford, quienes demostraron en 2014 bajo la dirección del neurocientífico Tony Wyss-Coray, que las transfusiones de sangre de ratones jóvenes a ancianos, revirtieron las alteraciones cognitivas y neurológicas observadas. Emplearon una técnica mediante la que dos ratones compartían el sistema circulatorio, conocida como parabiosis, y encontraron que los ratones viejos unidos a sus homólogos jóvenes, presentaban cambios en la actividad genética de una región cerebral llamada hipocampo, hallazgo interesante para tratar enfermedades como el alzheimer. También trabajaron con plasma sanguíneo de ratones jóvenes en ancianos (el componente líquido de la sangre que contiene proteínas y hormonas, pero no células), demostrando que se mejoraba significativamente su rendimiento en el aprendizaje y las pruebas de memoria.

La reprogramación celular es otra de las grandes promesas de la ciencia. Un estudio llevado a cabo por científicos del Instituto Salk de Estudios Biológicos en California, concluyó con un alargamiento del 30% en la vida de los ratones tratados. Los investigadores lograron revertir los signos del envejecimiento a través de la reprogramación de marcas químicas en el genoma, conocidas como marcas epigenéticas. Las hipótesis de estos expertos se fundaban en que dichas marcas, que controlan la expresión de los genes y protegen nuestro ADN, eran las principales causantes del envejecimiento, pero a la vez eran maleables llegando incluso a reducirse. Éste es el primer estudio en el que la reprogramación celular in vivo logra prolongar la vida útil de un animal vivo.

Está claro que no hay marcha atrás en la carrera contra el envejecimiento, pero es inevitable que varios interrogantes ronden por nuestra cabeza cuando tratamos este tema. Aún sabiendo que cuando esto se consiga, si se consigue, el mundo será “exponencialmente” diferente, es inevitable pensar en el diseño del modelo económico que debería aguantar megaciudades con predominio de adultos mayores, con recursos alimentarios y energéticos limitados, con sistemas públicos y de pensiones que ya están colapsando, etc. ¿Estamos preparados? ¿Estamos preparándonos? Como siempre, hablamos de ritmos con distintas velocidades.

Vanesa Gonzalo, Country Manager Uncommon Madrid y amante de la vida.

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Vanesa Gonzalo Sánchez

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