The internet of feelings

Cómo la tecnología influye en nuestras emociones

Hace unos días quedé con un amigo para ver una película. Agarré mi laptop y nos sentamos en el sofá. Abrí Netflix y ojeamos mis películas sugeridas. Ninguna nos convenció. Entramos en Mubi. Después de leer las 30 sinopsis decidimos que “meh”. Volvimos a Netflix. Buscar. Independientes. Nada. Documentales. Nada. Agarré mi Iphone. Notas. Pelisxaver. Encontré un enlace para ver una de ellas. Tardaba mucho en cargarse y no contábamos con mucha paciencia… A mi amigo se le ocurrió abrir su perfil de Netflix para ver su lista de películas guardadas. Sign out. Sign in. Lista de películas guardadas. Ya estábamos entre dos. ¿Comedia o drama? Drama. Había pasado una hora desde que nos sentamos. Click. Nos pusimos a hablar mientras empezaba y apenas pasados unos segundos mi amigo me contó que no había visto ninguna película de Wes Anderson: “¿En serio?, ¿ni Life Aquatic?”, le pregunté. “No”, contestó. “Pues tienes que verla, es súper divertida. ¿La buscamos?”.

Fotograma de The Life Aquatic with Steve Zissou (Wes Anderson, 2004)

El simple hecho de ver una película un domingo por la noche puede convertirse en una auténtica odisea hoy en día. Me imagino a mis padres, un domingo por la noche, eligiendo entre los tres canales que tenía la televisión en aquel momento (no fue hasta el año 1989 cuando llegaron los canales privados a España), mientras que nosotros, sin embargo, tenemos que emplear inmensas cantidades de energía en tomar muchísimas decisiones en poco tiempo para al final quedarnos con la sensación de que nos estamos perdiendo algo mejor, el ya conocido FOMO o fear of missing out.

Decide, decide, decide

El profesor de psicología Barry Schwartz describió en su libro The Paradox of Choice dos tipos de personas: los “satisficers”, que simplemente se quedan satisfechos o los “maximizers”, aquellos que buscan siempre lo mejor.

Y gracias a las ilimitadas opciones que nos ofrece internet, ya estemos hablando de Netflix o de un pad thai, siempre acabamos buscando lo mejor, aunque tardemos una o dos horas en encontrarlo.

Tinder, por ejemplo. Esta aplicación representa mejor que ninguna otra de lo que estamos hablando. Nos obliga, en pocos segundos, a decidir si queremos conocer a una persona o no con el plus de que el swiping consigue hacer de la toma de decisiones algo realmente fácil y divertido, entre otras cosas porque disocia las emociones relacionadas con ello mediante el uso de la gamificación.

Aziz Ansari y su famosa frase “Going to Whole Foods, want me to pick you up anything?” (Master of None, 2017)

De esta forma internet ha incrementado exponencialmente las posibilidades de encontrar pareja de una forma sin precedentes. De nuevo me imagino a mis padres, y ya no sé si hubieran sobrevivido a Tinder (egoístamente, espero que sí) y sin embargo, ahora tenemos la posibilidad de filtrar a nuestras posibles futuras parejas con criterios cuidadosamente seleccionados.

Internet y empatía

Porque en esta época en la que estamos hiper-conectados, la única manera de decir “no” parece que es no conectarse. Y este es otro interesante punto sobre interacciones sociales y tecnología. La manera en la que afrontamos el rechazo también ha cambiado. Ahora hablamos de ghosting o cortar toda comunicación con nuestro interlocutor de forma abrupta; icing, gélida pero menos cortante, implica responder de una forma mucho más fría y distante de la habitual, o la última (y más utilizada) simmering, que describe perfectamente Aziz Ansari en uno de sus monólogos sobre Modern Romance como “mostrarnos constantemente ocupados y posponer la cita hasta que la otra persona capte el mensaje”. De esta manera en el ghosting el mensaje es la ausencia del mismo, mientras que la clave del icing está en la forma y el simmering envía mensajes contradictorios, inciertos y confusos (espero, de verdad, que no practiquéis el simmering). De hecho, esta extraña mezcla “ni sí ni no, ni contigo ni sin ti” es cada vez más común en las relaciones actuales.

Pero entonces, ¿y la sinceridad?, ¿por qué evitamos la confrontación?, ¿acaso estamos perdiendo la capacidad de afrontar las consecuencias emocionales de nuestros actos?, o ¿es que la tecnología está llevándonos a emociones diferentes, aún desconocidas para nosotros?
GIF (giphy.com)

Buceando por internet y buscando alguna respuesta a estas preguntas me encontré con muchísimos artículos que hablaban de cómo internet nos está haciendo perder la empatía, empeorar nuestras relaciones sociales o perder el contacto con la realidad. Por ejemplo, Sherry Turkle, profesora del MIT, habla de cómo debemos poner a la tecnología “en el sitio que le corresponde” para poder desarrollar relaciones sociales de forma sana. Y de hecho, da consejos de cómo se debería educar a los niños con respecto a este tema. Pero, aunque no lo sea para ella, para muchas personas internet ya es la realidad. Ya no existe ese dualismo y “ubicar la tecnología en el sitio que le corresponde” suena más que obsoleto.

Como comentaban en Gum, el online magazine curado por los estudiantes de la Universidad de Glasgow:

“Internet es la mejor herramienta para educar a los demás y a nosotros mismos en la lucha por ser individuos más progresistas, compasivos y empáticos. Nada iguala las inagotables posibilidades de compartir información y cultura, de empezar nuevas conversaciones y diálogos y de interactuar tanto con las personas que viven a tu alrededor como con las que están al otro lado del mundo. Las redes sociales permiten organizarse a agrupaciones políticas o pueden involucrar a las personas en causas que están pasando a miles de kilómetros. El positive change que va a tener lugar en el siglo XXI va a estar representado online y también en el presente físico, no son exclusivos. La clave del cambio está en usar todos los recursos que tenemos disponibles, especialmente uno tan crucial como Internet”.

— Iranzu Monreal, diseñadora de servicios en Uncommon, además es nuestra científica de cabecera, combinación que se agradece con frecuencia.