Meditación poética

Una voz, todos los sentidos


Solo tenía noticias suyas a través de los 140 caracteres, que de cuando en cuando hablaban de su filosofía de vida, de su existir. Él estaba virtualmente frente a mí, siendo un desconocido. Su semblante alegre demostraba certeza y una especie de dulzura mientras que su acento sureño sonaba engripado.

El plan de aquel tiempo compartido era prepararse para un cambio interior de estación. Yo había estado internada en un largo ciclón de duda por lo que permanecí expectante pero indiferente. El resto de los participantes parecían familiarizados con la dinámica y bastante felices.

Se vino la hora de cerrar los ojos, de confiar en el proceso. Todo importaba y a la vez nada. Mi cuerpo estaba tan presente e incómodo como nunca antes, sin embargo mi mente se dejaba seducir. Cada palabra era como un latir que se escuchaba en cercanía a pesar de la distancia. Los cuencos vibraban al son de su relato, conformando conexiones inimaginables entre lo visible y lo intangible.

No pude atender a la concentración pues la poesía me buscaba. Deje de lado la visualización por el disfrute. Olvidé las horas y los pensamientos. Me quedé colgada en la caricia solsticial de su voz que me acunaba mientras la noche se llenaba de vida.

Fue tan profundo y breve, tan directo. Fue como un happening que sólo mis células recuerdan con precisión.


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