Nazis que escaparon a la justicia

Flavia de Farraces

Una joven, en una manifestación anti neonazi en Suecia (Getty)

Las fotos le muestran apacible y algo desconcertado ante la cámara, en el jardín de una casa de Minnesota, espátula en mano, como si se hubiese detenido en plena faena. Pero Michael Karcoc, carpintero jubilado de 98 años, es un comandante nazi que dirigió la masacre de 44 personas entre hombres, mujeres y niños en un pueblo polaco. La confirmación de Varsovia el pasado lunes de que se trata del cabecilla que ordenó “liquidar Chlaniow” es el último episodio de uno de los capítulos más aterradores de la historia reciente.

Antes que él, una larga ristra de ancianos han sido destapados desde principios de este siglo como sanguinarios secuaces a las órdenes de Hitler. Muchos huyeron a naciones sudamericanas como Argentina, Chile, Uruguay o Paraguay, en ocasiones con la connivencia de los gobiernos nacionales; y a Estados Unidos, que, según un informe elaborado por su Departamento de Justicia en 2010, se convirtió en un “refugio seguro” para los verdugos del III Reich.

Sin embargo, encausar a estos malhechores una vez descubiertos no siempre es posible, ya que resulta difícil hallar testigos vivos de los hechos. Incluso una vez franqueado este paso, su avanzada edad evita a muchos sentarse en el banquillo. En el caso de que finalmente se dicte sentencia, no hay demasiados países dispuestos a aceptar la extradición de antiguos nazis.

La ciudad argentina de Bariloche acogió al ex capitán de las SS Erich Priebke hasta 1995, cuando fue extraditado a Italia. Allí resultó condenado a cadena perpetua por su participación en el fusilamiento en masa de 335 italianos, que incluían a 260 presos políticos y a 75 judíos elegidos al azar. Su longevidad le salvó de ir a la cárcel y murió con 100 años cumplidos, dejando un testamento en el que aseguró no arrepentirse de nada y negó el Holocausto.

También en la Patagonia argentina se afincó el oficial de las SS Herbert Habel, que se hizo famoso por jactarse en una entrevista de que el propio Perón le había ayudado a recuperar su verdadera identidad tras entrar en el país con un nombre falso.

Criminales nazis que viven en la impunidad

El Centro de Investigación Wiesenthal, una institución judía con base en Los Ángeles, elabora una lista anual de criminales nazis vivos y susceptibles de ser perseguidos judicialmente. La recopilación señala al ex miembro de un escuadrón de la muerte que ejecutó a 33.000 víctimas: Helmut Oberlander, de 93 años y residente en Ottawa. El gobierno canadiense intentó revocarle la nacionalidad en varias ocasiones, pero el año pasado un tribunal falló a favor de Oberlander, que alegó haber sido forzado a actuar como traductor.

El listado incluye también a otro Helmut, de apellido Rasmussen y 92 años. Este antiguo guardia del campo de concentración bielorruso de Babruisk, donde 1.400 personas encontraron la muerte, admitió haber visto a judíos “asesinados y lanzados a fosas”, pero siempre negó su intervención en los crímenes.

También ejerció como vigilante en la prisión de Babruisk, Aksel Andersen, que huyó a Suecia tras el conflicto.

La guarida estadounidense de malhechores del III Reich

La organización judía también apunta al centinela en el campo de entrenamiento de las SS en Trawniki (Polonia) Jakiw Palij. Palij pasará probablemente sus últimos días en el modesto bloque de ladrillo rojo donde habita en el barrio neoyorquino de Queens. Aunque la justicia ha ordenado su expulsión, ninguno de los tres países europeos adonde podría ser enviado lo acepta en su territorio.

También en Estados Unidos, la capital del automóvil, Detroit, fue el destino elegido por el policía John Kalymon para asentarse durante la posguerra. Acusado de participar en la sangrienta represión de uno de los guetos judíos de Polonia, expiró hace tres años sin rendir cuentas por sus crímenes. En la vibrante y cultural Filadelfia falleció en 2014 el guardián de Auschwitz Johann Breyer, apenas horas después de que un juez reclamase su expulsión a Alemania.

El nazi Charles Zentai, de 95 años, acusado de golpear hasta la muerte a un adolescente judío y arrojar su cuerpo al Danubio, sí logró convencer al tribunal australiano que lo juzgó en 2012 de que la categoría de “crimen de guerra” no existía bajo las leyes húngaras en 1944. Este recoveco legal le permitió esquivar la extradición.