I-El Ñato
Dos blandengues hacen guardia en el Salón de Honor del Ministerio de Defensa. Entre ellos, descansan en un ataúd lustrado los restos de Eleuterio Fernando Huidobro. Dos banderas hay en la sala: la bandera uruguaya y la del Movimiento de Liberación Nacional. Junto al cuerpo de Huidobro, pasaban a la historia incontables momentos clave de la política uruguaya de los últimos años.

Por la fuerza de la biología, se está cerrando un ciclo en la historia del país. La generación que marcó la política de las últimas cuatro o cinco décadas se está retirando de la arena pública, llevándose consigo un bagaje de experiencias, ideas, y prácticas. Y aunque este proceso quizás pase desapercibido por su gradualidad, no se trata en absoluto de un evento menor.
El momento en el que se nace determina en gran medida la visión del mundo de las personas., porque cada generación está expuesta a diferentes realideades. La juventud, en particular, es uno de los momentos clave, porque es cuando se abandona el nido familiar, y se comienza a buscar el lugar propio dentro del colectivo más amplio que es la sociedad: el famoso camino exogámico. Los otros, pares, amigos, referentes, serán medulares en nuestro proceso de socialización, a partir del cual devenimos sujetos, siempre sujetados a una historia. Los hechos históricos que suceden a nuestro alrededor durante esos años dejarán una marca en nuestra práctica diaria por el resto de nuestras vidas. El contexto es texto en la configuración de la subjetividad.
Claramente no estamos diciendo que todos los nacidos, por ejemplo, en 1950, piensan idéntico; las generaciones son aún heterogéneas en términos de clase, género y raza. Y las personas no se marcan únicamente por los acontecimientos relevantes de su tiempo. Pero estos (y otros) determinantes son los lentes a través de los que vemos los sucesos que nos marcan.
En Uruguay, la generación que fue joven en 1968 ha definido la política de las últimas décadas. Claro que desde diferentes grupos sociales la juventud reaccionó de manera distinta a las revueltas estudiantiles del 68, pero estas marcaron a la generación en su totalidad, y desencadenaron maneras de hacer política que distinguen a esta generación de quienes vinieron antes y después.
Dentro de la izquierda, el 68 engendró una camada de jóvenes convencidxs de que la revolución socialista estaba a la vuelta de la esquina, y que era urgente tomar cartas en el asunto. Fue una camada que entró en sociedad en el auge de la Guerra Fría: la Cuba revolucionaria era un hecho constatable y la crisis de los misiles había amenazado con una inminente guerra nuclear.
Para esta generación de jóvenes izquierdistas, la lucha de clases era prioritaria. Llegar a una sociedad sin oprimidxs ni opresores requería rebelarse contra la sociedad burguesa y sus instituciones, incluyendo el Estado y la oligarquía blanquicolorada. El sistema “democrático” que conocían estxs jóvenes no era necesariamente un bien preciado, porque a la luz de los hechos no funcionaba: siempre ganaban los mismos y el pueblo no parecía prosperar. El sistema era, evidentemente, por y para unos pocos; y no sentían un particular apego por ese orden institucional..
Sólo cuando se tuvo que aprehender con marcas en el cuerpo lo que significaba carecer de democracia, quedó claro cuán importante es el Estado de Derecho. Luego de que esta generación sufriera el terrorismo de Estado en primera persona, de que sus derechos humanos fueran violados solo por querer cambiar el mundo, lxs izquierdistas terminaron de convencerse de la importancia de ciertas garantías institucionales, de que pese a ser imperfecta, esta democracia es la base indispensable sobre la que construir una sociedad mejor.
II. Tabaré
Como todos los lunes, el presidente Vázquez se encuentra en la Torre Ejecutiva reuniéndose con todos sus ministros. Afuera, en la Plaza Independencia, un grupo de autodenominados “cincuentones” se manifiesta con carteles de NO A LAS AFAP. A la salida, Tabaré hace el esperado anuncio: quienes lo desearan podrían optar por desafiliarse de sus AFAP y pasar únicamente al BPS.

La generación que aprendió mejor la lección democrática es, sin dudas, la generación del 83. Habiendo crecido en un país sin libertades y prácticamente sin conocer una institucionalidad que no sea la autoritaria, lucharon por la democracia. Para la izquierda evidentemente seguía importando la lucha de clases, pero dejó de ser prioritaria ¿qué lucha de clases llevarían adelante sin tener garantidos los derechos fundamentales? La urgencia era otra.
Voltear la dictadura, frenar el horror, resistir el autoritarismo y recuperar el Estado de Derecho. Lograr la libertad de los presos políticos (pertenecientes más que nada a la generación anterior). Y de ese modo lentamente rearmar un proyecto izquierdista que se entendía en ruinas. Pero hay un segundo acontecimiento, global, que también marcó a los que ahora son “cincuentones”: el colapso del socialismo real.
La generación del 83 entró a la vida política en pleno auge del neoliberalismo, y rondaban los treinta cuando cayó el muro de Berlín. El fracaso rotundo y estrepitoso que sufrió la izquierda en esos años los marcó a fuego, mucho más que a cualquier otro grupo etario. A nivel nacional, el Frente Amplio también debió desplazarse hacia el centro a medida que veía cada vez más posible la victoria electoral. Comenzaba a vislumbrarse como figura política un oncólogo de La Teja, más reconocido por su gestión en Progreso y la Intendencia montevideana que por sus convicciones ideológicas.
Es una generación que luchó por la restauración de lo que había antes de la dictadura. El puente de horror entre finales de los 60 y mediados de los 80 significaba lo ominoso: aquello donde no cabe posibilidad de símbolo. Un triunfo para la educación del miedo, que puede verse claramente ejemplificado en el primer intento de anular de la ley de caducidad, en 1989.
Una vez en democracia, las figuras políticas eran prácticamente las mismas del 73, y lxs jóvenes responsables de la democratización fueron relegadxs a un segundo plano por parte de los adultos que tanto más habían sufrido la dictadura. Los merecimientos, los pendientes, la famosa deuda simbólica a la interna de la fuerza política.
Pero el 83 engendró también la primera generación de izquierdistas que no creen, necesariamente, en el fin del capitalismo. A nivel internacional, no tenían referentes hacia los que mirar, más allá de los Clinton, los Blair, los Felipe González y todos los demás líderes de una socialdemocracia hace rato comprometida con el poder económico global.
III. Colibrís
Domingo de octubre, día de elecciones. Miles de jóvenes aguardábamos con cautela los resultados del boca de urna. Días antes, habíamos marchado por 18 de Julio, encabezados por una pancarta que decía “Uruguay no baja”. Pero ahora se rumoreaba que sí. Que sí bajaríamos, a pesar de todo lo hecho. Y cuando aparece en pantalla Luis Eduardo González, muchxs no podemos evitar pensar que esa misma persona había dicho hace cinco años que el Sí rosado ganaría. Pero en su última elección, el viejo no le erraría; Uruguay no bajó.

¿Y los que vinimos después? Podría decirse que tenemos otra relación con el socialismo. Crecimos conscientes de que el experimento soviético fracasó, y, luego de una década progresista en el continente, tenemos claro que está democracia tampoco basta. A nivel global, se ha dado el fenómeno de nuevas generaciones apoyando con fervor los proyectos políticos de viejitos del 68 algo trasnochados, que hablan de socialismo en pleno 2017: Bernie Sanders, Jeremy Corbyn, o incluso el Pepe Mujica.
Hay entonces una especie de entendimiento transgeneracional que se saltea un grupo etario, que se saltea justamente la generación que en Uruguay está empezando a ocupar la primera plana política por fuerza de la biología, la que vivió el supuesto Fin de la Historia. Pero los que estaban antes del auge neoliberal, y los que vinimos después, nos resistimos a creer que la política debe limitarse a gestionar el capitalismo y darle un rostro humano.
Asistimos a la consolidación de una generación de militantes de izquierda con marca propia. La llamada “generación no a la baja” marcó un antes y un después en las formas de ser y hacer desde la izquierda en el Uruguay del siglo XXI. Contra los más pesimistas pronósticos, que decían que su vigencia sería tan efímera como los tiempos electorales, lxs jóvenes parecen imponerse en el escenario político, desde un cuestionamiento profundo, tanto a postulados como a formas, tanto a la base ideológica como a la gestión.

Marcar con precisión los años o las edades de estos jóvenes sería partir errando, las generaciones en la historia se marcan por mojones que recordaremos como hitos, cambios medulares que generaron un antes y un después en el curso de los acontecimientos. A grandes rasgos podemos decir que hablamos de la juventud responsable de detener la afrenta más fascista de los últimos tiempos: la propuesta de bajar la edad de imputabilidad penal a los dieciséis años.
Las campañas electorales suelen ser breves (aunque parezcan eternas por su bombardeo mediático), adrenalínicas, y apelan a la irracionalidad y la emoción. La campaña no a la baja, en cambio, comenzó varios años antes del acto electoral, fue incipiente, tímida y a la vez crítica, profunda, formada. Cada uno de lxs jóvenes representantes de la comisión NALB fue debidamente formadx en argumentos que, desde diferentes campos del saber, explicaban la nocividad de la propuesta. Lxs jóvenes manejaban argumentos legales, médicos, psicológicos, sociales.
Llegado el año electoral, nos pusimos la campaña al hombro. Jóvenes de izquierda, uruguayxs, militantes políticxs, sindicalistas, militantes estudiantiles. Reclamamos y exigimos al Frente Amplio asumir dicha campaña como propia, en el entendido de tratarse de una campaña en defensa de los DDHH. Fue la juventud quien tomó las riendas del compromiso, formando compañerxs, haciendo charlas, talleres, informando, debatiendo, y poco a poco revirtiendo el apoyo de la propuesta en casi un 20%, marcando a toda una generación de jóvenes en el camino. Un grupo heterogéneo de sujetxs, hombres y mujeres, que hoy marcan agenda y no dudan en ser críticxs de la fuerza política de la que son parte.

Francoise Doltó planteaba: “Lo que se calla en la primera generación, la segunda lo lleva en el cuerpo”. Los jóvenes de la generación NALB son lxs hijxs y nietxs del terror, y en el complejo entramado de transmisión generacional de la memoria se constituyeron como sujetos militantes. La última dictadura cívico-militar nos marcó indirectamente, y hemos crecido con un agujero negro en la historia oficial, que tuvimos que ir rellenado a la fuerza, en el uno a uno de nuestrxs pares, en el íntimo relato familiar cargado de miedo y espanto, en las más variadas expresiones del arte y la cultura, para lentamente ir armando el puzzle de aquello que para muchas familias uruguayas continúa en el plano de lo indecible.
La marca parece tener la forma de una desmentida, la imposición del silencio y su contra cara, el imperativo de la palabra. La primera que viene dada, por padres, madres y abuelxs, por referentes que en sus reminiscencias más primarias, en un intento de cuidado callan, ocultan, omiten.
La segunda nace de adentro, puja por salir, mueve las fibras más internas y profundas como un imperativo desde las tripas. En ese sí pero no nos debatimos lxs jóvenes, y gana la fuerza de una verdad, que pide a gritos ser dicha desde el más oscuro silencio. Los tiempos del miedo quedaron atrás, porque a la juventud la caracteriza la enorme inconsciencia de las consecuencias de sus actos, la rebeldía, el cuestionamiento, la curiosidad y la creatividad.
Les llamamos entonces, lxs jóvenes de la segunda (a veces tercera) generación de la dictadura. Hijxs o nietxs de las víctimas directas del terrorismo de Estado, víctimas sin justicia, víctimas de crímenes de lesa humanidad que continúan impunes más de cuatro décadas después, por resolución del pronunciamiento popular. Y siendo así, somos jóvenes que, lejos de ganarnos el desánimo, redoblamos la apuesta de construcción de una sociedad diferente, de cara a la vida.
Crecimos con la izquierda al gobierno. El primer triunfo del Frente Amplio nos encontró en nuestra primera infancia o temprana juventud. Vimos la conquista de derechos, asistimos a una más justa distribución de la riqueza, transitamos instituciones un poquito menos instituidas y un poquito más abiertas a los movimientos instituyentes. Pasamos de las razias de la década del 2000 a la venta de marihuana en las farmacias. Llenamos las barras de un Palacio Legislativo embanderado en colores y conquistamos la ley de matrimonio igualitario, entre otros ejemplos que marcan el contexto en que fuimos deviniendo sujetos críticos, hablantes, militantes, voz y de a poco voto.

Algunos acontecimientos que para quienes nos preceden resultaron hazañas, para nosotrxs fue cotidianidad, justicia, “lo que tenía que ser”. Y nuestras demandas y postulaciones son tantísimo más sofisticadas que las que acostumbra el progresismo, e interpelan a toda la estructura de la izquierda-partido en Uruguay.
En un contexto de capitalismo exacerbado, con sus formas más sutiles pero a la vez más salvajes, puestas a jugar la escena de la vida cotidiana de todxs y cada uno de nosotrxs, se han caído las ilusiones que nucleaban y embanderaban a la izquierda sobre finales del siglo XX. Ya no hay reguladores enormes por fuera de nuestra existencia, que en un sueño mesiánico nos salvarán a todxs. Hoy no hay una utopía que cohesione y de sentido colectivo a la existencia.
Los tiempos de hoy son mucho más oscuros y pesimistas. Quienes sufrieron en carne propia el terror y el horror tenían intacto algo que hoy hemos perdido: el sueño. Habiendo crecido con el progresismo, las circunstancias muestran todo lo que aún está muy lejos de conquistarse. Porque hoy los jóvenes aspiramos a cambios medulares en las formas de ser y hacer que trasciende lo que nos fue dado.

El despiadado mundo capitalista de compra y venta, de todo y de permanencia de nada, ha atentando profundamente contra los cimientos de la familia moderna, principal institución reguladora de la vida en el siglo pasado. Dejándonos el desafío de reinventar el encuentro o de sucumbir como especie. Y en ese desafío nos paramos hoy, cuestionando toda norma, probando a ensayo y error nuevos encuentros con nuestrxs semejantes, que nos cohesionen
Somos una generación feminista, y sabemos que lo personal es político. Son los tiempos del amor sin propiedad privada, del cuestionamiento en el propio cuerpo a la monogamia y las imposiciones morales en la vivencia de la sexualidad. Los tiempos de amores compañeros. Son los tiempos de la lucha por igualdad, la real lucha por derechos humanos. En estos tiempos no hay espacio para liderazgos unipersonales, ni para fanatismos de banderas, ni para jingles vacíos de contenidos y desbordantes de emoción.

La juventud actual apela ya sin rodeos a la imperiosa necesidad de un cambio de sistema, de la base, y en todas sus formas. La búsqueda es por una construcción colectiva, en el todxs y en el entre-todxs. Sin tan pocos destacados iluminados y tantxs muchxs adherentes sin cuestionamiento. Una búsqueda que trae consigo reinventar el abrazo, la mirada y el vivir con el otro.
El desafío es enorme, ya no tan solo por la ferocidad del sistema que pretendemos deconstruir, sino fundamentalmente por las resistencias internas a las que nos enfrentamos desde la generación precedente, que en su búsqueda de supervivencia pactó, a costa de la causa misma.
El cambio es tanto de forma como de contenido. Es necesario redefinir todos los qué, para poder asimismo encontrar nuevos cómo, que se alejen de tomas de decisiones a puertas cerradas entre cuatro o cinco y pasen a funcionar en consensos colectivos representativos. Atrevernos a militar de manera distinta.
Renovación política no equivale a cargos, sillones y sueldos. Si los vicios son los mismos, si la línea baja idéntica y la base no es cuestionada tampoco sirve cambiar veteranos por jóvenes. Cambiarán dialectos, algunas preocupaciones, y mucha apariencia, pero poca esencia, y acabaremos en la misma crónica de una muerte anunciada. No se trata de bajar el promedio de edad de la fórmula presidencial, sino de construir un proyecto colectivo como generación.
Tampoco se trata de desplazar de manera ingrata a aquellos que nos preceden. La apuesta es siempre al diálogo y al hacer en el entre. Reconociendo el camino andado para proyectar el camino por venir. Debemos transformar de vuelta la realidad ya transformada. No se trata de salir en la foto, sino de tomar decisiones, elaborar programas, ejecutar planes de trabajo.
Para que una nueva generación comience a marcar el curso de la historia, la que la precede debe dar paso. Es un acto de generosidad y de altruismo, de solidaridad y compañerismo: pilares fundamentales del ser de izquierda. La coyuntura habla y arroja datos que no podemos caer en la soberbia de no observar.
El motor que nos movió hasta acá se viene apagando, nos sentimos alejados de los postulados que nos identifican y a la vez sentimos silenciada la voz que estamos gritando. No queremos perder la marca Frente Amplio, que el partido político se tradicionalice: apostamos a una renovación de la herramienta, que la revitalice y le devuelva su fuerza revolucionaria. Estamos dispuestxs y tenemos con qué. Y lo que es seguro, es que lo haremos de todos modos.

