Juguetes o limpia vidrios

Por Leandro Debesa

Su nombre es Thomas. Tenía tan solo 12 años cuando empezó a trabajar en la calle, vendiendo bolsas de consorcio, en 12 a la mañana y en Diagonal 80 a la tarde. No tenía muchos amigos; tampoco conocía muchos chicos de su edad debido a que no iba a la escuela, ya que dedicaba su tiempo trabajando para aportar una pequeña parte de dinero para ayudar a sus dos hermanos menores. Su situación, como así también la de sus hermanos, era precaria. Vivían cómo podían y donde podían. De acá para allá todos los días, caminando decenas de kilómetros, al rallo del sol en verano y congelándose de frío en invierno, solo para ganar algo de dinero, que le alcanzase para alimentarse y vestirse.

Muchos se preguntarán: ¿Donde están los derechos de los niños? ¿Por que tienen que afrontar esas cosas siendo tan jóvenes? La marginalidad infantil se vivió en ese entonces y más aún se vive hoy en dia, cada vez hay menos ayuda a los niños sin padres, sin educación y sin salud que viven en situación de calle. Se los aísla, se los mira como si no fuesen personas, se los esquiva, se los excluye.

Thomas, al igual que otros cientos de niños que viven una situación similar a esta, que carecen de recursos básicos, se tienen que adaptar solo para poder vivir. Tienen que madurar más rápido que cualquier otro joven, se tienen que convertir en padres de sus hermanos y tienen que cuidarse solos. En muchos casos, el joven se acerca a las drogas debido al mal momento que tiene que pasar, sin tener en que apoyarse, sin otra salida.

Hoy en día más de dos millones y medio de chicos de 5 a 17 años realizan actividades económicas o labores domésticas en nuestro país (cifra que va en aumento), obligados a contribuir con el sustento familiar, según un informe de 2015 de la Secretaria de Niñez y Adolescencia de la Nación. Esto no sólo los priva de disfrutar de ser niños, sino que además compromete su educación, su salud y su futuro.

Están por todas partes. Vendiendo artículos en el subte, limpiando vidrios y haciendo malabares en los semáforos, lustrando zapatos en las esquinas, cartoneando por las noche o cuidando a sus hermanos menores y ocupándose de las tareas del hogar. Son chicos que se vieron obligados a cambiar libros y juguetes por malabares y limpia vidrios.

“No me gustaba para nada ese trabajo y me cansaba mucho, la gente me miraba con cara rara y me esquivaban, pero lo hacía por la plata. Hubiese preferido trabajar de cualquier otra cosa, pero sólo sabia salir a caminar y ofrecer bolsas”. Recordaba Thomas de cuando era niño. “Todo lo hacía por mis hermanos, y mi hermano mayor también. Yo tenía 12 recién cumplidos y el tenía 15, pero pensábamos como si fuésemos adultos. Nos daba lastima ver a nuestros hermanitos tirados por ahí agarrandose la panza por el hambre”.

En cuanto a la legislación nacional, la ley 26390 de prohibición del trabajo infantil y protección del trabajo adolescente fue promulgada en 2008. Su principal modificación fue elevar la edad mínima de admisión al empleo a 16 años, prohibiendo su actividad laboral en todas sus formas, exista o no relación de empleo contractual, y sea éste remunerado o no. El año pasado, el ministerio de Trabajo de la provincia realizó 235 operativos para detectar el trabajo ilegal y en el 80¨% de los casos, encontró menores realizando actividades laborales.

En relación a la protección del trabajo adolescente, establece que no podrán realizar jornadas mayores a 8 horas diarias, que no podrán realizar trabajo nocturno, que tendrán descanso al mediodía y un mínimo de 15 días de vacaciones anuales pagas.

Cosa que claramente no se respeta, ya que cientos de miles de niños trabajan desde más chicos, y más horas de las que se debería.

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