En la cuadra

Fotografía Katherine Gomes

Fue uno de esos días donde había perdido la paciencia en mí y el interés en la humanidad. Me encontraba en mi escritorio leyendo poemas como mantras cuando escuché un ruido proveniente de afuera. Eran casi las once de la mañana. Me levanté a mirar por la ventana. Lo que vi no me sorprendió. La vecina estaba nuevamente haciendo de las suyas. Esta vez, al parecer se había transformado en lo que el exceso de religión reclamaba para sí. Gritos y ropa volaban con el viento. Su hijo cayó de rodillas a sus pies.

La señora Clemencia (que de su nombre no tenía mucho) siempre fue de las típicas beatas oscurantistas de familia. Viuda del Comandante Sifontes; organizaba vendimias para el enfermo de la comunidad, visitaba a los templos en Semana Santa y le daba sermones a la nieta que usaba minifalda. Incluso perdonó a Dios cuando entraron los encapuchados a la panadería y mataron a su hermano Florencio por el saco de azúcar que acababan de desembarcar. Nunca tuve contacto con ella más que un saludo cortés. Me parecía tan rígida desde que escuché a sus nietos llorando porque les descubrió un Tamagotchi y se los arrojó a la basura (para la doña eso tenía claras señales del “demonio”). Desde aquel día la veo como esas personas que hace cuatro siglos podían señalarte de bruja y hacer que te quitaran la cabeza en un patíbulo.

Su hijo menor, José David, era lo único de esta época en esa casa. Estudiaba arquitectura y tenía un buen gusto de la estética. Llegamos a tener conversaciones de camino en las mañanas cuando tomábamos la misma ruta a la universidad. La primera vez que hablamos yo leía a Hanni Ossott y él sentado a mi lado, dijo «si su vida está en hojas de biblia, debe ser una mujer especial». Le dije que sí y que cuando lo terminara se lo podría prestar. Un par de semanas después volví a verlo. Le comenté que había dejado en mi habitación el libro de aquella vez pero al volver en la noche, podía pasar frente a mi casa y se lo prestaba. Aunque fue cortés, no prestó mucha atención. Estaba metido en su teléfono celular enviando corazones desde su gran Smartphone sin temor a que un pasajero se levantara y lo pudiera robar. Esa noche fue por el libro.

La tarde siguiente, lo vi riendo con un chico fuera de un salón. De lejos lo saludé, nunca lo había visto tan alegre. Siempre tenía cara de pajarito caído del nido, pero esa vez, su sonrisa parecía un poema a la Luna. Volví a casa y el resto de la tarde leí. Tocaron la puerta, era José David. Me preguntó si tenía unos minutos para hablar. Dijo que le gustaba el libro y su verso preferido hasta el momento era «Se escriben poemas para los hombres que no pueden orar». Debo confesar que me alegró escuchar eso. Es mi verso preferido. Me había hecho sentir la necesidad de ponerle banditas en la piel.

El país estaba encendido en esa época. Recorrimos varias farmacias buscando medicamentos. Oré por un Dios. Por momentos deseaba tener la fe de la señora Clemencia que salía todas las tardes a organizar vigilias por la paz de la nación. Entre colas de mostradores José David me narró cómo ella fue criada en Los Andes tomando café en tazas de peltre caliente si se portaba mal. Cómo lo hizo leer versículos de la Biblia en voz alta una vez que lo encontró viendo cuerpos semidesnudos en la computadora. También me contó cómo eso era parte de sus problemas actuales (era cuestión de tiempo. La verdad, dicen por ahí, siempre sale a relucir).

El domingo siguiente, la señora Clemencia hacía labores del hogar y al llegar de misa comenzó a arrojar ropa en la lavadora. De un pantalón de José David salió una factura de hotel. Ardió Sodoma y Gomorra. Toda la cuadra escuchó las disculpas por un encuentro sexual. Ese día, mientras leía poemas escuché llantos pidiendo comprensión. Fue antes de haber podido siquiera aconsejarle. Solo hubo prejuicios que lo condenaban a una vida de pena. El «qué hice Dios. Qué van a decir en la iglesia». Su pecado fue decir la verdad. Amar a un hombre y ser el único de sus hermanos sin carrera militar en un país donde es común insultar diciendo «homosexual», donde ser LGBT es sinónimo de exclusión.

Dicen que el cielo es de los que sufren y de los que saben perdonar. Vi a José David alejarse con el libro. Estoy segura que cambió su formar de orar.

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