Maldito pájaro

Estaba en la cocina, raspando el pote del café mientras veía a una cucaracha caminando arriba de la lata de Baygón, cuando escuché un ruido maldito en la ventana.

Era un cuervo.

Abrí la ventana y lo dejé pasar. ¿Quién quita? ¡A lo mejor esta noche tengo cuervo para cenar!

El cuervo se posó encima de un busto de bronce de Oscar D’Leon — ¡En esta casa valoramos a nuestros héroes! — cuando de repente dijo: “Nunca más”.

Me quedé atónito. ¿Un cuervo me había hablado?

Sospechando que no era más que una alucinación, producto del hambre, le contesté:

— ¿Cómo es la vaina?

— Nunca más.

— Nunca más… ¿qué, pajarraco?

— Nunca más.

— ¡Ah vaina, vale! Ahora sí me acomodé yo. Anda, dime, pues: ¿nunca más qué coño?

— Nunca más.

— Anda, dime, pajarito — le dije, con la voz aniñada, tratando de ganarme su confianza, mientras arrimaba lentamente una silla para sentarme enfrente del inesperado visitante — ¿Nunca más qué?

— Nunca más.

Hmmm. Ese pájaro era duro. Pero no me iba a dejar con esa incertidumbre. Moviéndome lo más rápido que pude, le eché un zarpazo y lo atrapé.

— ¡Ja! Te tengo en mis manos, maldito cuervo. ¡Ahora me vas a decir qué carajo es lo que es con el bendito “nunca más” ese! ¡Habla, o vas para la olla!

No dijo nada. Quizás porque le tenía el pico apretado. En lo que me di cuenta que lo estaba asfixiando, solté un poco la mano. Entre mis dedos se asomó el piquito, para decir:

— Nunca más.

— ¡¡¿Nunca más QUÉ?!! ¿Nunca más Maryori me parará bolas? ¿Nunca más conseguiré un trabajo? ¿Nunca más podré llenar la nevera? ¿Nunca más comeré una comida decente? ¿Nunca más podré mudarme, estudiar, echar pa’lante, tener un sueldo que te permita ahorrar? ¿Nunca más tendré que pedirle al prestamista? ¿Nunca más podré ir otra vez al cine, salir de noche, hacer un mercado completo? ¿Nunca más conseguiré medicinas? ¡Dime, cuervo! ¡Dime algo, por favor! ¡¿Nunca más… qué cosa?!

— Nunca más.

En ese momento supe que no podría comérmelo. Un animal tan negativo seguro le caería pesado a cualquier estómago; especialmente a uno como el mío, tan habituado al hambre y sus exquisiteces. Me levanté, abrí de nuevo la ventana y ahí lo puse. Suavemente se irguió, sacudió sus plumas, y dijo:

— Nunca más… votes por un hijo de puta como este que está gobernando.

— ¡Ay, ya vete, animal del demonio! ¡Cómo si hiciera falta que me lo recordaras!

Pero nunca se fue. Ahí se quedó para siempre. Cagándose en la ropa de mi tendedero.

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