Maracaibo

Viví en Maracaibo durante mis primeros siete años de vida. Mi papá iba al Tablazo todos los días en lancha, y mi mamá iba al Centro de Desarrollo Infantil del Ministerio de Educación, donde veía y trataba niños especiales.

En la calle 61 las cosas siempre fueron muy tranquilas. La Qta. Angélica tiene un patio delantero grande donde jugué mucho con tierra, donde tengo mi foto desnudo de niño con la que casi todo venezolano cuenta, y donde había una de esas palmas gigantes que parecen un abanico.

De vez en cuando pasaba un heladero sonando las campanas que cuelgan del manubrio del carrito. Yo no conocí la marchantica hasta que nos mudamos a Caracas. Un día estaba jugando solo al frente de la casa, y se acercaba un heladero, ante lo cual solía gritar “¡Heladerooo!”, y quería comprar un helado, pero necesitaba dinero, así que recorrí la sala y la cocina buscando algo que se pareciera a monedas.

Conseguí unas monedas así que fui corriendo hasta donde estaba el heladero, pero él prontamente me dijo que con lo que yo tenía no podía comprar un helado. Más que porque no contaba con la cantidad suficiente de Bolívares, era porque le estaba dando Pesos colombianos. ¿Cómo podía saber esto? ¿Por qué habían Pesos regados en mi casa? Porque todas las vacaciones y diciembres las disfrutábamos en Colombia, específicamente en la frontera, en casa de mi abuela. Por lo tanto, las monedas serían de alguna vez que estuvimos allí, y que quedaron en alguna parte de la casa.

Así que finalmente tuve que desistir de la idea de un helado en ese momento, y no sería tampoco la primera vez que me encontraba con las situaciones particulares de ser hijo de inmigrantes.

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