Carta de amor a la siesta

Una oda a ese breve espacio en el que se recarga las pilas y se salva la sanidad

Juan Carlo Rodríguez
Jan 30 · 5 min read

Yo podría quizá criticarle muchas cosas a España, como su insistencia en el proteccionismo del español — así no evoluciona una lengua, mucho menos un país — pero hay tres cosas que jamás podré dejar de aplaudirle: su comida, su literatura clásica y su tradicional siesta. Si bien no es tan arraigada como tradicionalmente se cree — y de hecho fue creada en Roma, pues allí descansaban dos horas a la sexta hora del día — es común la imagen de un pueblito español, donde luego de la hora del almuerzo, todo se detiene, hasta los juegos de los niños, para que todo el mundo se dedique a reposar.

He ahí un fenómeno que debería rescatarse en esta locura de mundo. De hecho, en el enlace de la BBC que compartí arriba se reporta que cerca del 60% de los españoles jamás ha tomado una siesta, y actualmente sólo es practicada por 16,2% de la población. Que mejor aprendan de Nap York, un edificio de tres pisos en Manhattan, “the city that never sleeps” en donde por 12 dólares puedes tomar una siestica de media hora.

La siesta debería ser algo sagrado. No hay excusa para tomarse un mínimo de tiempo para cerrar los ojos, dejar que el cerebro descanse, y luego reactivarse y seguir la faena. Y en serio, son minutos. Mi papá, mi eterno héroe, me enseñó eso cuando me dijo que muchas veces, cuando tenía una oficina, cerraba la puerta y las persianas, ajustaba el reloj, y cerraba los ojos durante diez minutos. Yo me entrené para quince, pero en serio funciona cuando demasiado café no es la respuesta. (A nadie engaño, el café siempre es la respuesta.)

Los múltiples beneficios para la siesta no se pueden ignorar, y va más allá de quitar lo que los venezolanos llamamos modorra. De acuerdo con la Fundación Española del Corazón, dormir la siesta reduce cardiopatías, ayuda al aprendizaje, ayuda a resolver problemas y fomenta la creatividad. Esta última parte por supuesto me atrae más, dado que es esencial para mí estar ligeramente atontado de sueño para mi mejor escritura (por eso escribo temprano en la mañana o tarde en la noche, o justo al pararme de una siesta). Lo hacen los directores Joel y Ethan Coen, de Fargo y The Ballad Of Buster Scruggs, quienes dicen que parte de su proceso creativo es “mucha siesta”. William Gibson, escritor de Neuromancer, decía que “las siestas son esenciales para mi proceso. No los sueños, pero ese estado adyacente a dormir, la mente al despertarse”. Salvador Dalí solía dormir con una cuchara en la mano para que, al empezar a quedarse dormido, la soltara y su ruido lo despertara. Y luego está Philip Roth, autor de La Conjura Contra América y El Lamento de Portnoy, entre tantas otras, quien dice (tomado del blog de Austin Kleon, traducción mía):

Déjame que te hable de la siesta. Es absolutamente fantástica. Cuando era niño, mi papá siempre trataba de decirme cómo ser un hombre. Y cuando tendría como nueve años, me dijo “Philip, cuando quiera que tomes una siesta, quítate la ropa y arrópate con una manta y vas a dormir mejor”. Bueno, como con todo, tenía razón. Así que ahora hago eso y regreso de la piscina a la que voy y tengo mi almuerzo y leo el periódico y toma esta cosa gloriosa llamada siesta. Y la mejor parte es que cuando te despiertas, por los primeros quince segundos no tienes ni idea de dónde estás. Sólo estás vivo. Eso es todo lo que sabes y es la felicidad. Es la felicidad absoluta.

Piensen en la última siesta que tomaron en la que realmente pudieron dejarse llevar. Se echaron en su cama o en su sofá favorito. Cerraron persianas, quizá pusieron música suave (aunque hay quienes podemos sestear hasta con Metallica). Cierran los ojos y sólo se dejan llevar. A lo mejor suena la alarma, a lo mejor no. Pero se despiertan, o de zopetón, o gradualmente. Si son como yo, lo primero que hacen es ver el reloj. A veces hasta me pregunto cómo rayos llegué allí. Es un reseteo completo del cerebro. Se sienten frescos y listos para seguir. Quizá para terminar esa página, o seguir ese código.

El mundo necesita recuperar esos espacios para recargarse, como dije antes. El estrés es un lento asesino, y aún pensamos que sólo podemos ser productivos si estamos constantemente ocupados, sin nunca tener un espacio para descansar. Estamos durmiendo menos en las noches, tomando menos vacaciones, saliendo menos los fines de semana. Y no sólo por los problemas que hay en Venezuela, sino por diversas razones en el mundo. Y eso no sólo acorta la vida, sino que hace que la disfrutemos menos, por falta de tiempo y por falta de humor para disfrutarla. Se los digo por experiencia personal.

Consejos para una siesta efectiva:

1.- Si lo que quieren es quitarse la modorra, apliquen la de mi papá: escóndanse por un tiempo, ajusten la alarma del teléfono, y cierren los ojos durante quince minutos. Si tienen el tiempo, no dejen que pase de noventa minutos, o les costará dormir a la noche. La duración ideal es de entre 45 y 60 minutos; es la que más ayuda a la memoria.

2.- Para las siestas más breves, de 10 ó 15 minutos, no asuman una posición demasiado cómoda, o les costará más despertarse. Traten de estar semisentados. (Es posible que una de mis mejores siestas breves haya sido sentado en el baño de uno de mis trabajos anteriores, pero nunca lo admitiré.)

3.- ¿Quieren una siesta breve de verdad efectiva? Tomen un café negro justo antes. La cafeína empezará a funcionar veinte minutos después que la tomen, así que se sentirán más alertas al despertar. (He ahí razón número 12 para tomar café.)

4.- Trata de hacer una siesta una costumbre, pero que no reemplace tu sueño en la noche. Esas ocho horas (y sí, siempre deberían ser ocho horas) son el secreto para tu sanidad.

Salvador Dalí posa para un retrato en 1962 en el hotel St. Regis de Nueva York en febrero de 1962. (David Gahr/Getty Images)

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Juan Carlo Rodríguez

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Periodista venezolano. Lucho por encontrar equilibrio en un mundo desequilibrado. / Venezuelan journalist, struggling to find balance in an unbalanced world.

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