Gabriel Arriarán
Sep 11 · 3 min read

Delante, había un amigo del colegio apuntándome con una cámara de fotos. Atrás, fuera del marco de la foto, había un teniente del ejército peruano apuntándome con una ametralladora. No se cuantas veces me han apuntado con un arma. ¿Cuatro, cinco? Ahora recuerdo la primera, cuando tenía 14 años, y ésta, a los 18.

Cinco minutos antes de la foto habíamos estado bordeando las riberas del Chumbao, volviendo a pie de Talavera de la Reyna hacia el centro de Andahuaylas. Daniel por una orilla, yo por la otra. Las paredes de adobe que aparecen a mis espaldas, y el edificio de concreto tras de ellas, eran de una base militar.

Era julio o agosto de 1995. Habíamos venido haciendo por tierra la ruta por Los Andes hacia el Cusco: Lima-Huancayo-Huancavelica-Huamanga-Andahuaylas-Abancay-Cusco, como se viajaba por la sierra en aquella época: Por caminos sin asfaltar, en las tolvas de los camiones, en los techos de los buses, tumbados sobre los equipajes, listos para saltar si por alguna curva el vehículo se desbarrancaba hacia los múltiples precipicios que hay en los caminos del Perú.

Mucho menos que en los ochenta, pero Huancavelica, Ayacucho y Andahuaylas todavía eran zonas en permanente emergencia por los remanentes de Sendero Luminoso. Se cortaba el aire con una tijera en cada retén, o cada vez que salías a la plaza de Huamanga por la noche y veías a cuatro soldados armados hasta los dientes y cubiertos con pasamontañas haciendo guardia en las esquinas.

De vuelta a la foto: Al cruzar por la puerta del cuartel apareció un cabo a ordenarme que cruzara hacia el otro lado del rio. Pero no había por dónde cruzar, a menos que me metiera directamente al agua.

Se lo expliqué. Le dije que seguiríamos de largo. Cuando estaba por iniciarse una discusión — no pensaba meterme al agua ni cagando — apareció tras el cabo un teniente con una ametralladora apoyada sobre su hombro. Vi cómo el cañón del arma, de apuntar al cielo, hacía una parábola hasta apuntar directamente sobre mi estómago

«Cruza, conchatumadre».

El resultado fue esta foto mía corriendo y a punto de sacarme la mierda sobre la orilla opuesta. Muchos años después alguien, al ver la foto en Instagram, comentaría que había caminado sobre el agua. Por el miedo que pasé y lo rápido que corrí, sí, en efecto, podría decirse que caminé sobre el agua. Una ilusión, en todo caso, que se desvaneció cuando me destrocé una mano al caer sobre las piedras de la otra orilla.

La foto en sí fue más peligrosa que la situación del militar apuntándome con su metralleta. ¿Y si el cachaco se daba cuenta que al frente había un pelotudo con una cámara de fotos, considerando que era divertido que me forzaran a entrar vestido al río? Prefiero negarme a imaginar lo que habría sucedido si en vez de espantarnos lejos de ella, nos hacían entrar a la base.

Daniel, por supuesto, recibió la carajeada y la colleja correspondiente cuando perdimos de vista a los militares.Visto a la distancia, no lo culpo. ¿Qué podía saber un adolescente recién egresado de un colegio para niños ricos, de la tormenta de sangre que estaba por terminar en la sierra sur del país? Algún apagón, alguna noticia en la tele, rumores. Nada.

Yo mismo no lo supe realmente hasta que, varios años después, ya salido de la universidad, me pasé meses codificando testimonios de familiares de personas desaparecidas o asesinadas, víctimas de una guerra que sucedió en mi país pero que al mismo tiempo, a los 18 años, todavía no era mi país.

Y tal vez por eso habíamos emprendido ese viaje, aunque no lo supiéramos en un inicio. Un viaje exactamente inverso al que hacía mucha gente. En esa época, mientras muchos, y con justa razón, querían largarse del Perú como fuera, dos niños, casi, se habían internado en él, y estaban comenzando a conocerlo.

Veinticinco años después, al menos quedaron la anécdota y la foto.

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Literatura al mango: gabrielarriaran.com

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