Despachos desde «Frenson»

Una visita a la zona donde ningún hombre quiere estar

Juan Carlo Rodríguez
Jan 21 · 10 min read

No sé qué me esperaba al llegar allá, pero no era esto. Se veía una zona… normal. Acogedora, diría yo.

Al llegar me recibió Ernesto, un tipo flaco, moreno, quizá buenmozo si se peinara, coño. Me saludó y dijo que tenía un año aquí, desde que su mejor amiga lo invitó a una cerveza después de que él le declaró su amor.

— «Es que así somos las mujeres», me dijo, «nunca abandonamos al hermano que nos dio la vida» — me contó — . Luego al día siguiente amanecí aquí.

— ¿Pero dónde es aquí?

— Frenson.

— ¿Frenson?

— Frenson.

Esperé a que me explicara un poco más, pero no lo hizo. Solo me dirigió hacia una zona donde otros esperaban. Había de todo: jóvenes, mayores, flacos, gordos, catires, morenos. Todos sentados y mirando sus celulares, una imagen fija. Era casi patético, si no fuera tan familiar. Chamo…

Ernesto me introdujo al grupo, todos me saludaron con cierta efusividad.

— Siempre es grato tener a un compañero nuevo — me dijo Juan, un gordito que parecía apenas salir de la adolescencia — . Nos sentimos menos solos.

— Pero aún no entiendo dónde es «aquí» — dije, un poco desesperado.

Una mirada recorrió al grupo, una con los subtítulos «Este pobre güevón». Me molestó un poco, pero recordé que era el nuevo, así que callé y esperé. Ernesto se volteó y me preguntó qué era lo último que recordaba.

— Pues, salí con Magaly. Hemos sido amigos desde hace años, y ya estaba listo para declararme, cuando me dijo que tenía que confesarme algo.

— Ay — dijo un tipo que parecía el hijo de Clint Eastwood con la protagonista de la película Roma: chiquito y moreno, pero mandíbula cuadrada y bien vestido — . Ya vi por dónde viene.

Lo vi extrañado, más aún cuando todos los demás asintieron, y seguí.

— Em… En fin, me emocioné porque creía que sentía lo mismo que yo. Total, siempre había estado ahí para ella, coño, era una vaina incondicional. Y me vino a confesar que se había enamorado de un tipo que trabajaba con ella, que habían salido un par de veces, pero que estaba casado. Que yo que era un hombre bueno, «de esos que ya no existen».

— ¡Uuuuuu, justo en el pecho! — dijo alguien que no vi.

— …y que si la podía ayudar a decidir. Le dije como pude que lo mejor era dejar eso así, que solo se podía meter en problemas y…

Sentí una mano en el hombro. Volteo a ver un tipo alto que parecía modelo de Tommy Hilfiger. Era el único que parecía no pertenecer aquí.

— ¿Y que merecía un tipo que la quisiera tal como fuera? ¿Y se lo dijiste mientras la mirabas a los ojos, casi que llorando?

Lo miré atónito.

— ¿Cómo… cómo lo supiste?

Ernesto habló de nuevo.

— Porque todos los que estamos aquí dijimos lo mismo, o una variación. Porque todos fuimos traídos aquí por una u otra variación de lo mismo. Esto es… Frenson.

— Frenson… Frenson… Frenson… — susurró Juan solemnemente.

Mi cerebro no daba para tanto. No terminaba de entender. Pero luego miré a mi alrededor. Reconocía el fenotipo. Hasta que vi, ligeramente apartado del grupo, un hombre mayor, quizá unos cincuenta años, rubio, con barba de tres días. Había una nobleza en él que no delataba la tristeza en sus ojos. Llevaba una venda en el brazo izquierdo que vi mientras bebía de una taza de arcilla, revelada por el correr de la manga de su… ¿guayabera?… sí, vamos a llamarla así… amarilla. Había un aire increíblemente familiar en él, pero no lograba ubicarlo. Hasta que subió su mirada para verme directo a los ojos. Sonrió y levantó su taza para saludarme. Y en un instante de claridad lo reconocí.

— Ya va, coño, ¡¿ese no es…?!

— Sip — dijo Ernesto — . Es nuestro líder. Jorah Mormont. Ser Jorah Mormont.

— ¡Entonces esto es…!

— Sip.

— ¡La friend zone! — dijimos los dos a la vez.


Una vez superado mi shock, evalué con cuidado mi situación. Era evidente que no me iba a quedar aquí para siempre, ¿verdad?

— Sabemos lo que te preguntas — dijo Ernesto — . Todos sabemos que uno no se queda en Frenson para siempre, no. Solo pareciera que fuera así. Pasa que uno no sabe cuándo va a salir de ella. No es exactamente una prisión, tampoco un hotel con la puerta rotadora, pero vamos a estar claros, es el último sitio donde todos queremos estar. La urgencia no sirve de nada, eso sí, ni la voluntad de salir adelante.

— ¿Cómo así? — pregunté — . Entonces, ¿pensar en salir no me va a ayudar nada?

— Vamos a decirlo así, mi pana — dijo el modelo de la Tommy, nombre Adalberto (sí, yo tampoco entendí) — . ¿Tú te puedes desenamorar a voluntad?

Solté un largo «ooooh». Comprendí. Pero…

— ¿Entonces qué? ¿Vamos a estar aquí hasta que… dejemos de estar enamorados?

Todos asintieron solemnemente. Alguien hasta suspiró.

Me puse a pensar, algo que rara vez ayuda en esta situación. Recordé a Magaly. Nos habíamos conocido en bachillerato; ¿no es ahí donde siempre empiezan estos peos? Ella era la típica deportista pero que no se creía la gran vaina, ¿saben? O sea, no estaba pendiente del carajito con el mejor carro. Tenía un cuerpazo, pero no era una «flor delicada». Tampoco era ordinaria, simplemente hablaba natural. De hecho muchos pensaban que era lesbiana, hasta que empezó a salir con alguien de mi salón. Pero el tipo la dejó por una «cheerleader», a la que Magaly le partió la nariz de un coñazo cuando se enteró. Nos conocimos en la oficina del director, y por causas parecidas. Yo porque finalmente me defendí del chalequeo devenido en acoso del grupete de malandros del salón y le partí la nariz a su líder en una pelea. Una nariz rota nos unió, y por eso nos reímos. Nos hicimos amigos casi de inmediato. Luego de graduarnos se fue un año fuera del país, pero en lo que regresó nos reencontramos. Luego me tocó a mí irme por seis meses, pero al regresar, como si nada. Una y otra vez nos desaparecíamos y reaparecíamos en la vida del otro. Solía decir que era «el pana más bueno» que uno tenía, y cómo no hacerlo: le encantaban los deportes y las series, pero también le encantaba cuidarse y verse bien. Coño, MUY bien. Y sip, me di cuenta que the empepe was true; estaba enamorado mal. Y justo el día que me decidí a declararme…

Coño ‘e su madre, vale.

Me volteé a Ernesto y le pregunté cuál era su historia.

— Yo llegué aquí hace dos años. Mi amiga me agradeció ser «el hermano que la vida me dio» cuando la abracé después que el quinto — QUINTO — tipo la dejó con el corazón roto.

Voces de «ñelda», «demonios», «meretriz insuflada de sí misma» salieron del público. Ese último no lo entendí pero, coño, sonaba severo.

— Yo me quedé parado allí mientras ella se probaba un bikini nuevo y le mandaba la foto a un tal «Vikingo»— dijo Adalberto — . Y estábamos en su casa. Solos. Coño, yo hasta me perfumé, vale, eso no se hace — dijo con la voz quebrada.

— Pst, novatos — dijo el chiquito Eastwood, nombre Rubén — . Yo me quedé a dormir en su casa una noche de pea. Se rascó buena, y se pone a llorar. Me dice que está harta de que los hombres la dejen y la usen como si nada, que si es algo de ella. Yo dije al fin: «Puedo decirle». La abrazo, y le digo que no, que ella es maravillosa, que claro que hay un hombre que la va a saber apreciar, que la va a montar en el altar que se merece… y la coña se ríe. Se ríe y me da un beso — en el cachete OBVEEEO — y me dice «Ay, Rube, tú siempre sabiendo hacerme reír. Dios te guarde, me hacía falta… Y tan bello que me veas así, mi hermanito bello, Dios te guarde»… Y se quedó dormida en el sofá. Y yo aparecí aquí.

Y todos me empezaron a contar. Que aquel que vio cómo la amiga se caía a latas con el amigo que él mismo le presentó. Que el otro tiene que sonreír cuando le presentan a la «compañera de trabajo que seguro te gusta». Que la amiga lo admiraba mucho por caminar desde Venezuela hasta Argentina por un futuro mejor, que esperaba que ahí se encontrara la mujer que lo iba a apreciar, sin saber que lo había hecho por ella, y justo antes de presentarle al nuevo novio argentino.

Ya a la décima historia patética, no aguanté más, y me paré de un salto.

— ¡Pero ya va coño! ¿Esto es patético o qué? MIERDA, muchachos, que no nos queremos siquiera un poquito, es la vaina. ¿En serio todos estamos así?

— Desde el principio, amigo mío — dijo una voz gruesa detrás de mí. Volteé, y sí; el mismo Jorah Mormont me hablaba. Alto, grandes manos, con un porte digno, que no ocultaba la tristeza en los ojos.

— Miradme a mí, joven. Desde el principio amé a una mujer a la que me habían pedido matar, que espiara sus movimientos, y ella solo me vio como el consejero, como el aliado, pero nunca como el hombre que la tratara como bien se mereciera. Al principio, cuando desposó a Khal Drogo, lo entendía, digo, miren al hombre, hasta a mí me hacía pensar, «sí, ese es un hombre». Pero cuando murió el Khal, creí que me vería no solo como su protector, sino como su compañero. Pero no, llevó a Daario Naharis a su lecho. Daario Naharis, quien ni tuvo la decencia de mantener la misma cara de una temporada a otra. Y ahora está con…

— ¡Ya va! — dije.

Me miró extrañado.

— ¿Eso no es un spoiler?

— ¿Qué es un spoiler?

— Mmm, nada, olvídalo.

— Mi punto es, mi joven amigo, el amor nos ha hecho patéticos. Amamos a mujeres que no nos aman de vuelta, pero insisten en nuestra compañía. ¿Y por qué?

— Fácil — dijo Adalberto — . Nunca las hicimos sentir lo suficientemente inseguras como para parecerles atractivos.

Lo miré incrédulo.

— Ya va, ¿me estás jodiendo? ¿Qué tiene que ver la inseguridad? ¿No se supone que uno tiene que estar cómodo con su pareja? ¿Qué tiene que ver la inseguridad en esto?

— Hermano, creo que no conoces a las mujeres — dijo Ernesto — . ¿Por qué siempre se van con otro tipo que no es uno, el que ellas dicen que siempre ha estado ahí para ellas? ¿Por qué se van con el que nunca las llama pero no con el que no deja el teléfono? Porque están demasiado cómodas con uno, pues. Y uno sigue ahí, como un tarado, esperando a que se terminen de dar cuenta. Pero nunca lo hacen.

Entonces toda mi relación con Magaly se abrió a otra luz completamente. Finalmente entendí. Me paré y di vueltas, buscando una salida.

— ¿Qué hacéis, hijo mío? — preguntó Jorah.

— Cállate, tú eres el personaje de una serie, no eres real. Y tampoco este sitio ‘el coño. Me voy de aquí.

— ¿Cómo que no es real? No me jodas, claro que es real, míranos — dijo Ernesto.

— No, no es real un culo. Y te voy a explicar por qué. Sí, todos tenemos nuestras historias de amor y dolor cuando el amor no está correspondido. Pero entonces, en vez de apreciar a la caraja como un ser humano, la tratamos como una máquina tragamonedas que si le metemos amabilidad eventualmente saldrá sexo o algo así. Me acabo de dar cuenta de la vaina. Somos peor que los carajos que le parten el corazón porque al menos ellos de entrada se manifiestan lo que quieren hacer. Nosotros no. Nosotros fingimos seguir siendo los panas cuando lo que queremos es tirar, porque nos juramos que nosotros sí, nosotros sí las vamos a cuidar como se merecen.

— No me jodas, ¡¿y que no es verdad?! — chilló Rubén.

— No, no lo es. La vamos a cuidar como nosotros creemos se lo merecen, y la verdad es que de vaina escuchamos qué es lo que quieren. Solo estamos pensando en nosotros, coño. No estamos pensando en ellas. Así que me hacen el favor y se me van toditos a comerse un cerro de mierda. — Volteé a mirar a Jorah quien, curiosamente, sonreía — . Tú no, tú eres cool. Lo que no entiendo es qué haces tú aquí, considerando donde estás en la serie ahorita.

Y me puso una mano en el hombro y me dijo:

— Soy el guía que te saca de aquí cuando llegas a esa conclusión. Ve, hijo mío, sálvate.

Parpadeé una, dos, mil veces. Y de repente estaba en el restaurante otra vez. Magaly estaba allí, mirándome como a la expectativa.

— ¿Y entonces? — preguntó.

— ¿Mmmm? Ah no, ya va, ¿qué? Ah sí, el tipo.

— ¿Estás bien, gordo?

Ñoesumadre. Carraspeé.

— Sí, flaca, tranquila, es que me puse a pensar burda y nada, me fui un ratico.

Me miró extrañada, pero luego sonrió.

— Tú eres una vaina rara, vevé.

— No caigas en ese juego — le dije, absolutamente serio. Y su sonrisa se fue. Porque le estaba diciendo lo que ella sabía — . Me voy a poner burda de cursi, y te lo digo así: «No seas postre cuando puedes ser plato principal». Eso solo te va a llevar a un peo, y quien va a salir perdiendo eres tú. Quédate quieta, flaca, tú vales más que eso.

Se quedó mirándome y me miró con ojos del más auténtico agradecimiento. Y eso era todo lo que necesitaba.

— De pana que tú eres como mi papá y mi hermano, todos juntos, vevé. Dios te guarde, ¡qué suerte tener un amigo como tú!

Ves, eso no me hacía falta. Pero nada, ya aprendí.

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Juan Carlo Rodríguez

Written by

Periodista venezolano. Lucho por encontrar equilibrio en un mundo desequilibrado. / Venezuelan journalist, struggling to find balance in an unbalanced world.

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