El Proyecto Uranio contra El Proyecto Manhattan
El AS bajo la manga de Hitler
La guerra científica entre Hitler y los aliados por obtener armas nucleares

Antes de que comenzara la Segunda Guerra Mundial se libraba una guerra más impetuosa por el desarrollo de un arma perfecta, en el descubrimiento de la fisión nuclear de átomos por dos químicos germanos Otto Hahn y Fritz Strassmann en conjunto con la física austríaca Lise Meitner. Empezó la carrera por tener estos adelantos en el desarrollo de energía nuclear como para el impulso armamentístico de países, y el último era de suma importancia para el Tercer Reich. Con los grandes avances en la ciencia alemana se postulaba como el firme candidato para desarrollar la bomba atómica.
Una sola bomba de este tipo puede ser transportada en un barco y destruir todo un puerto y parte de un territorio circundante.
Albert Einstein tenía una alarmante preocupación por los avances de científicos alemanes en el desarrollo de una nueva generación de bombas, se presentó ante el propio presidente de los Estados Unidos a exponerle la amenaza a la que su país se enfrentaba si los nazis desarrollaban esta tecnología. «Una sola bomba de este tipo puede ser transportada en un barco y destruir todo un puerto y parte de territorio circundante». Con estos términos ponía en debate los planes de desarrollo de la bomba atómica por parte de sus enemigos. No obstante, el presidente Franklin Delano Roosevelt dio vía libre unos meses después para el comienzo de su proyecto nuclear, el cual llamó Manhattan; lo cual era una operación civil-militar encabezada por el científico estadounidense Robert Oppenheimer junto con las mentes más brillantes de la época. Su sede principal estaba en Álamos, Nuevo México, donde el proyecto comenzaba con más de ciento veinticinco mil personas con el más estricto secreto. La meta principal era ganarles a los nazis en el desarrollo de la bomba atómica. Oppenheimer entregó cuerpo y alma al proyecto ya que sabía que los Estados Unidos se jugaba una vía rápida para acabar la guerra o, por el contrario, la aniquilación total.

La balanza estaba cuesta arriba para los estadounidenses, ya que los científicos germanos le llevaban meses de diferencia; como también, la ciencia alemana — así como la austriaca — estaban años luz en términos de ámbitos científicos al resto del mundo. Los físicos alemanes eran eminencias, muchos de ellos con Nobeles de Física muy superiores a otros países. Si Hitler lograba focalizar todos sus esfuerzos para persuadir a los científicos a la causa nazi, las consecuencias podrían ser fatales. Pero claro, sus prejuicios raciales iban a imponerle un bache insalvable para obtener la ventaja.
Peter Debye, un fisicoquímico neerlandés ganador del Premio Nobel en 1936, estaba frente al reputadísimo Instituto Nacional del Kaiser Guillermo de física a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. A pesar de su reputación, la opresión llegó hasta su instituto, en el que le exigían que dejara todos sus proyectos por realizar y se enfocara a las aspiraciones de los militares alemanes; además le demandaba que dejara su nacionalidad neerlandesa imperando la alemana. Debye no lo dudo dos veces y se fugó a los Estados Unidos, privando a Alemania de su formidable talento. No fue el único: la fuga de cerebros era incesante. Los nazis estaban convencidos de que su superioridad estaba en peligro por la infiltración de información por parte de la nuevas Universidades Judías, para el momento realizaron purgas de intelectuales; con una simple sospecha te enviaban al exilio. Esto junto con el miedo irracional que imponía el régimen nazi, que puso tierra a la ventaja intelectual que tenían. Muchos de los científicos que se dieron a la huida fueron directamente al Proyecto Manhattan y otras empresas científicas estadounidenses. Así la balanza se inclinó por parte de los aliados en la guerra silenciosa que vivían.
Hitler nunca supo que el desarrollo de la bomba nuclear era una carrera, no sabía de los planes de los aliados para el desarrollo del arma ni tampoco que ellos tenían información de sus avances.
Tras la renuncia de Debye, Hitler depositó su confianza en otras de las mejores mentes alemanas, Werner Heisenberg, Premio Nobel de Física y unos de los hombres fuertes en la ciencia alemana. Nadie dudaba de los avances de Heisenberg en la física teórica, pero en la experimentación sus contrapartes llevaban la ventaja. Al ser más teórico que práctico instauró cierta duda en sectores de la oligarquía nazi que lo veían como poco factible para el cargo. Aun así, fue nombrado como nuevo director del Instituto del Kaiser Guillermo de Física, entre sus órdenes directas estaba explorar las posibilidades de la fisión nuclear para el desarrollo de armas capaces de ganar la guerra para Alemania. Hitler nunca supo que el desarrollo de la bomba nuclear era una carrera, no sabía de los planes de los aliados para el desarrollo del arma ni tampoco que ellos tenían información de sus avances. Mientras que el proyecto Manhattan se fortalecía con las nuevas incorporaciones de científicos europeos exiliados.

En 1939 ya la comisión de armas del Reich estaba reuniendo a los científicos, para el comienzo del PROYECTO URANIO. Unos meses con eminente físico austriaco Paul Harteck encabezó el grupo de trabajo del cual formaban parte otros ilustres científicos como Walther Bothe, Wolfgan Gentner, los cuales habían investigado las enormes posibilidades que la energía nuclear ofrecía en el ámbito militar. Todos estos científicos fueron reclutados por el nuevo director del Instituto del Kaiser, para llevar a cabo los planes armamentistas de Alemania. El primer problema a resolver era hallar el material para la realización de la bomba, durante meses de investigación en el Uranio 235, pudieron diferir de las ventajas del plutonio para provocar la fisión, esto era un notable avance; lo que no sabían era que la contraparte al otro lado del océano tenían meses trabajando con el plutonio y le llevaban la ventaja.
Los científicos del Proyecto Uranio habían dado los primeros pasos, ¿pero el resto? Heisenberg enfatizó en la ampliación financiera para darle el impulso necesario al proyecto, pero para 1942 las cosas para Alemania no iban bien. El Tercer Reich tenía insuperables comicios en sus frentes, las finanzas estaban en rojo. Con esto se le echó tierra al proyecto dándolo así por desmantelado por falta de recursos, que pasó a depender del Consejo de Investigaciones del Reich, que era una institución totalmente militar, perdiendo así progresivamente la fuerza a medida que la derrota nazi se avecinaba. Entre tanto, el proyecto Manhattan ultimaba detalles, y ya la bomba estaba próxima a estar en disposición de las fuerzas armadas. Los alemanes ya deban por sentado la fabricación del reactor para 1945. La guerra estaba básicamente perdida.
Es cierto que los militares estadounidenses estaban ansiosos por saber si los alemanes habían triunfado en su propósito.
Según expertos, los alemanes no habían desarrollado la bomba, ni siquiera el reactor que muchos dicen que fue destruido por los aliados, versión que hasta el momento no ha salido a la luz. Muchas de estas teorías dicen que los alemanes estaban cerca de tener bombas nucleares, con los lanzamientos de los misiles balísticos sobre Gran Bretaña; es cierto que los militares estadounidenses estaban ansiosos por saber si los alemanes habían triunfado en su propósito, pero después de la guerra se darían cuenta que estaban a años de conseguirla. Así lo confirmaron los científicos del Proyectos Uranio, según ellos Alemania tenían las capacidades de desarrollar el arma, pero como veían tal fin como una aberración, atrasaron los planes de Hitler. Lo cierto era que la economía alemana no tenía la capacidad para auspiciar tal proyecto, que a los Estados Unidos le costó dos billones de dólares para la época.
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