El culto al fuego

Fernanda Rio
Sep 8, 2018 · 4 min read
New furniture can make a palace, but it takes old furniture to make a home. Not merely old in itself, but must be old to us, old in associations and recollections.
Jerome K. Jerome

I
Desaparición

En una fiesta me contaron que el platanal que coseché en mi infancia ya no existe. Mi escuela tampoco. Mi casa tampoco. Mi papá tampoco. Y de alguna manera, la gente de esos días, aunque los tuviera frente a mí bailando, tampoco existe. La vida, las personas, los pensamientos y los sueños que tenía desaparecieron o mutaron, veo su opacidad reducirse hasta convertirse en fantasmas. Ya no sé qué existe, qué está. Cada día es más difícil entender qué es eso que realmente se encuentra frente a mí, a qué debo temer. Miraba a mi mamá mientras bailaba. Por primera vez pensé en esas arrugas que se forman en los bordes de sus labios, las grietas que dibujan el vértice de sus ojos, el cabello marchitándose y las interminables noches que he tenido el miedo más profundo y crudo, que me hace sentir cada hueso como papel, de ver todo desaparecer como vi a mi papá y a mi casa y al platanal. El miedo de perder a mi mamá también.

Pero ella estaba ahí, feliz, viviendo como no lo hacía en meses, siendo eterna, siendo hogar.

II
La fuente

Estoy en una casa desconocida y la habito. Nada de lo que toco es mío. Por la mañana me parece inútil ir a mi casa. (¿Cuál es la dirección de esa casa? ¿Cuál es la ruta?) Siento que desciendo sin importarme mucho cómo vaya a salir del descenso. (¿Y si mañana sólo desapareciera?) Lentamente me separo de las cosas que estaban ahí hace sólo un mes, se desprenden de mí como otra piel (¿Cuántas veces podrás hacer esto?) Floto como un objeto afectado por la inercia, atrapado en una sucesión de hechos que lo empujan a mantener una dirección errónea (¿Qué es erróneo?) Nada me pertenece. Y no quiero quedarme. La atracción magnética de algún lugar que una vez me hizo feliz se enreda en mi tórax, en las plantas de los pies. Me arrastro, me arrastra. Pero ahí no hay nada.

Eso lo descubrí antes, cuando fui hacia la fuente, al centro (la fundación, el amor) y sólo encontré una hojarasca.

III
Habitaciones amuebladas

Me dijo que tocara en esta casa “café con puerta negra”. Horrible. No pude contener el asco que vino a mí cuando la miré. No era esa, ni la siguiente. Llegamos a la casa donde estaba el cuarto que iba a mostrarme, donde, si todo salía bien, debería vivir para el próximo mes. Entramos. Esta es la cocina, compartida, pero nadie la usa. Está equipada, tiene su estufa, su horno, su micro. Claro que nadie la usa, aquí no vive nadie. Subes estas escaleras ¡ay! déjame apagar esa luz… Paredes amarillas y lozas azules, tan folklórico, tan rústico, muebles de madera, lagartijas mal pintadas de colores extravagantes en cada pared. ¿Qué tienen estas casas amobladas que las hace tan decepcionantes? ¿De dónde sacan estos muebles y estas decoraciones? Es estar atrapado en el mundo de las habitaciones amobladas: todas son iguales pero distintas a las demás habitaciones del mundo. Y este sería tu baño, y este tu clóset, que compartirías, y este baño completo, con su regadera y su espejito, también compartido. Y el refrigerador, ese está aquí afuera entre los dos cuartos y en cuanto te mudes la chica del otro cuarto, Nancy, quitaría sus cosas. Si, okay, perfecto, muchas gracias, lo voy a pensar, está bien. Miento y miento. Sólo puedo pensar en salir e ir a mi cama, a lo que más se le parece en esta ciudad. Cerrar los ojos y olvidar las habitaciones horribles en las que uno no puede construir un hogar.

IV
El hogar

Mi mamá me decía siempre que los seres humanos podemos acostumbrarnos a todo excepto al dolor. Hoy llegué a mi nuevo departamento. El quinto de este año, sólo tengo dos maletas y una cafetera como cuando llegué a la ciudad. Me acostumbré a vivir así, de cosas de otros. Ahora parece muy normal aprender el camino a casa y seguirlo cada noche para llegar a una cama que aunque no es mía es lo más parecido a una casa que tengo en esta ciudad. No es que el problema siga siendo el hogar, cada vez me preocupa menos donde viviré. Ahora me preocupa mucho más no querer vivir en ningún lado. Aún siento ese vacío inexplicable cuando miro de frente a un lote vacante donde antes había una casa en el cerro de La Paz. Es como si, ahí donde crecí y vi morir a mi padre, hubiera sido mi única casa.

Hace unas semanas regresé. Me paré de puntitas frente a ella después de recorrer las calles aledañas lentamente. Todo era tan pequeño, las casas, los árboles, las banquetas. Todo era como una maqueta del pasado, una simulación. Ese era mi hogar y desde ahí contemplaba el mundo. Ese ha sido mi único hogar y ahora todos los demás son estadías provisionales. Tal vez, una persona pueda acostumbrarse a todo, excepto a perder su hogar.

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Pedazos de textos.

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