El 1 de julio de 1916 comenzó la batalla del Somme. Entre las 7:30 horas y las 8 horas se produjeron 57 000 bajas, 19 000 de ellas, ingleses. El 7º de Greentbwade perdió 15 oficiales y 336 hombres en 3 minutos de batalla.
Una compañía del 11º de East Landcashies de la 94º brigada, entró en Serre a las 19:15 horas. Ninguno volvió con vida.
Los hombres del 1º de la 5ª y del 1º de la 7ª del «Sherwood Forester» que consiguieron llegar a las trincheras alemanas murieron todos. La mayor parte del 88º no llegó a las alambradas enemigas y murió en tierra de nadie.
Compañías enteras compuestas por clases enteras de amigos universitarios, fueron diezmadas en menos de un cuarto de hora, antes de las 10 de la mañana habían muerto cerca de 60 000 muchachos. Algunos pelotones al completo del sector inglés murieron nada mas levantar la cabeza fuera de las trincheras cuando se dio la orden de atacar. Quedaron inválidos dos poetas reconocidos, un escritor del grupo de Bloomsbury se desangró en un cráter, otro artista y amigo de Virginia Wolf murió acribillado, y un pintor del grupo prerrafaelista de Londres murió a dos metros de empezar la carrera.
La batalla del Somme fue la más famosa de la Gran Guerra porque quedó inmortalizada en pinturas, poemas, grabados y escritos de creadores que participaron en ella, jóvenes con los mayores talentos que quedaron marcados para siempre; pero no fue la más sangrienta en número, ni la más encarnizada de aquella guerra: batallas como la de Verdun la superaría en horror con creces, 377 200 franceses murieron y otros 337 000 jóvenes alemanes también, y las batallas con gas y cloro venenoso añadirían horror a otras que consecutivamente se producían según llegaban los reemplazos. Se tomó la costumbre en algunos sitos del frente de limpiar las trincheras con compañías de lanzallamas. En algunos puntos del frente de Ipres, ciudadanos belgas que habían vivido toda la vida en la zona, se perdieron al no encontrar la situación de sus pueblos desaparecidos por completo de la faz de la Tierra, sin dejar rastro alguno, gracias a un bombardeo de semanas.
El 18 de noviembre se ponía fin a la batalla del Somme: 600 000 muertos ingleses y franceses 440 000 alemanes muertos. Total de bajas 1 040 000 muertos. El mariscal de campo Sir Douglas Haig arquitecto de la carnicería había conseguido mover solo 8 kilómetros el frente de batalla con esta ofensiva. Pero declaró a sus subordinados que estaba contento con los resultados logrados. Estaba convencido de haber sido elegido por Dios para hacer mucho bien y beneficio en este momento de la historia.
La Primera Guerra Mundial, fue la guerra de poetas que escribieron envueltos en la sangre de las trincheras, la guerra de poetas como Isaac Rosenberg o Wilfred Owen que dejaron de escribir tras el horror. Fue la guerra de Lawrence de Arabia, orgulloso estudiante de Oxford alistado con el grado de teniente por el servicio secreto, lanzado a su cruzada en Palestina y convertido en príncipe tras perderse en el desierto. A su vuelta a Londres viviría tan amargado que no acaba de saberse si se suicidó con su famosa motocicleta.
Fue la guerra donde se dieron casos de verdadera camaradería con el enemigo, siendo el más sonado la tregua de Navidad de 1915, donde a lo largo de un frente de kilómetros, ingleses y alemanes en un momento que cantaban villancicos decidieron hacer contacto, para intercambiar fotos, regalos y jugaron un partido de fútbol. Cuando el alto mando se enteró, pensó en fusilar masivamente a los infractores, que llevaban horas celebrando la Navidad con el enemigo, pero se limitaron a cambiarles de sector.
Fue la guerra del Oswald Boelcke (un joven aviador con 30 derribos que inventó la primera escuadrilla de combate alemana de la historia) maestro en el arte de pilotar aquellos aviones con 23 años, y de von Richthofen, el «Barón Rojo». En realidad su aristocrática familia le había puesto el nombre de Manfred Albrecht Freiherr von Richthofen, para dejar claro desde el principio a quien se estaban dirigiendo. No quiso tener un importante mando en tierra y se alistó como piloto voluntario, derribó a 80 enemigos, y ante un tribunal militar que le estaba amonestando por haber sobrevolado territorio enemigo para dejar caer una corona de flores, sobre uno de sus abatidos enemigos durante su entierro en señal de respeto, se puso de pie y espetó al tribunal: «Ustedes no entienden nada, los míos nos hemos alistado voluntariamente en esto, es nuestro momento, y lo más importante que no entenderán jamás, es que yo soy un caballero». Se giró sobre sus talones y se fue, nadie del tribunal se atrevió a mandarle venir por insubordinación. Un mes después el Barón Rojo moriría derribado por un anónimo soldado desde tierra mientras peleaba en el aire. Cayó en campo enemigo y fue enterrado con todos los honores militares por el escuadrón contra el que combatía, incluso una compañía australiana fue traída a la base para rendir honores militares a su enemigo muerto a los 26 años (Boelcke su maestro, el que le enseñó a volar murió al chocar con un compañero con 25 años). El ataúd de Manfred von Richthofen fue llevado y cubierto de flores por los pilotos del escuadrón 209 que él tanto había diezmado, y el epitafio que grabaron en su tumba: «Aquí yace un valiente, un noble adversario y un verdadero hombre de honor. Que descanse en paz», dejó a las claras lo que pensaban los adversarios sobre sus oponentes.
En la batalla del Somme, en las estribaciones de La Boisselle los fusileros de Northumberland, a los que pertenecía el teniente Emerson, se levantaron como un solo hombre de sus trincheras a la hora cero. Cuatro batallones completos avanzaron en columnas a paso lento sobre tierra de nadie. A las 7:43 el fuego de barrena se interrumpió y los alemanes salieron de sus refugios. Diez minutos más tarde el 80% de los cuatro batallones se desangraba en el fango y había dejado de existir.


