Feliz cumpleaños, abue

Foto por Mark Kamalov en Unsplash

La luz penetra ocre dentro de la habitación y pinta en ella calma momentánea. Pequeñas elipses danzan en las paredes conforme el sol, que avanza hacia el horizonte, evapora y juega con las gotas aún colgadas de la ventana. Una delgada columna de luz es especialmente notoria. Con motas de polvo revoloteando en ella, la columna avanza a lo largo del brazo del sillón de abuelita hasta caer en Carmela.

Carmela no ha crecido en años. Mide veinte centímetros y sus ojos, azules y penetrantes, siguen sin fatiga. Su piel, plástica y brillante, no envejece y sus pocos cabellos parecen inamovibles. Venga viento o marea, Carmela sigue sentada sobre los muslos de abuelita y cuando la luz destella sobre su piel ella abre los ojos.

De nuevo, como si fuese la primera vez, abuelita murmura en el dialecto que solo ella y Carmela comprenden. A lo lejos se distingue la leve coordinación entre el temblor de las manos de abuelita y el movimiento de sus labios. Asumo que sigue regañando a Carmela, la muñeca, pero ahora solo observo.

— Abuelita — le digo — , hoy es mi cumpleaños, ¿sabe?

Ella me escucha, pero sigue concentrada en la pequeña muñeca de plástico. Sus dedos, largos y refinados, aún sostienen las manos de Carmela.

— ¿Sabe cuántos años estoy cumpliendo? Estoy cumpliendo veintiún años, imagínese. Pero yo me siento igual que ayer.

»Usted también está cumpliendo años. ¿Sabe cuántos está cumpliendo? ¡Noventa! — le digo mientras río y le acaricio la rodilla.

Espero a que absorba lo que acabo de pronunciar y luego vuelvo:

— ¿Cuál cree usted que es la diferencia entre veinte y noventa, abuelita?

Ella finalmente vuelve la mirada y me mira titubeante. Abre la boca, saca levemente la lengua y luego la cierra. Repite el proceso varias veces hasta que regresa la mirada con Carmela y dice:

— Lo que pasa es que si uno estuviera acostumbrado ya no sería tan difícil.

— ¿Acostumbrada, abue? ¿A qué no está acostumbrada? — le pregunto rápidamente, sorprendido por la puntualidad de su respuesta. Abue, por supuesto, no responde. Creo que espera a que yo entienda; tal vez no hoy, o mañana, pero que conforme a la eventualidad de la vida, yo entienda. Quizá, que entienda que la vida no espera a que nos acostumbremos, y que la verdadera diferencia entre cumplir dos décadas y cumplir nueve radica en que uno se da cuenta de eso con el tiempo. Uno lo vive. Porque solo se tiene un año para acostumbrarse a vivir el siguiente, y es difícil encontrarse a sí mismo entre el correr y el ajetreo.

La realidad es que ella habla menos ahora, de labios para afuera, pero dice tanto más en su silencio. Porque ya no vive solo en sí misma, sino que vive en sus hijos, en las historias que vienen de ellos, ahora más frecuentes y específicas, en las llamadas tarde y en los mensajes de apoyo. Sobre todo, la veo en las historias espontáneas. Y trato tanto más de apreciar las pequeñas frases que se cuelan entre la niebla de su débil memoria.

Hoy, abuelita y yo cumplimos años y, en medio de la suave tarde que la tiene a ella durmiendo y a mí escribiendo, intento fútilmente adelantarme setenta años en mi historia para comprenderla.

Felices noventa, abue.
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